El anuncio del final del terrorismo

Vivir sin ETA

El proceso de paz no ha concluido, y hay que hacer esfuerzos para que no descarrile ni se cierre en falso

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Vivir sin ETA

LEONARD BEARD

Jesús Eguiguren, al saber que ETA declaraba «el cese definitivo de su actividad armada», no sintió alegría, sino tristeza por los compañeros muertos. La misma reacción de mucha gente, sobre todo en el País Vasco, al recordar a los ausentes y el sufrimiento causados por más de cuatro décadas de lucha armada. Por eso no ha habido ningún estallido de alegría. Hace tiempo que la sociedad vasca había amortizado a ETA, estaba harta de tanta ignominia y horror en nombre de la «patria», y pesan demasiado los muertos y la angustia de vivir bajo el chantaje. El fracaso del último proceso para un final dialogado de la violencia, brutalmente abortado por ETA con el atentado de la T-4 de Madrid, dejó un poso de desesperanza que explica la contención emocional con que se ha recibido el comunicado de quienes se habían convertido en el principal obstáculo para la convivencia y la construcción nacional.

En Catalunya la reacción ha sido igualmente de contención y prudencia. También aquí pesan demasiado los muertos: los 21 de Hipercor (el peor atentado de ETA) en junio de 1987, los 16 de los cuarteles de Sabadell (1990) y Vic (1991)... y así hasta 19 más, entre ellos el añoradoErnest Lluch (2000), dos concejales del PP, un mosso d'esquadra, un guardia urbano y varios miembros de los cuerpos de seguridad del Estado.

Y está claro que en el entorno de ETA también hay dolor y sufrimiento. La guerra sucia (el GAL y, antes, otros grupos paramilitares) se cobró más de 65 víctimas, a las que hay quien añade los muertos en enfrentamientos con la policía o la Guardia Civil o en las comisarias y las cárceles hasta superar largamente el centenar. Y la muerte siempre deja dolor entre los familiares y amigos aunque no se compartan las acciones del desaparecido. La guerra sucia fue la peor contribución a la lucha contra ETA, porque, como afirmaCarmen Gurruchaga,«nada ha legitimado más a ETA, ni le ha proporcionado más activos humanos desde que actúa contra un Estado democrático, que la existencia del GAL y la demostración de que fueron creados por los aparatos del Estado», porque, concluyenGemma ZabaletayDenis Itxaso, «la legitimidad de la lucha antiterrorista siempre reside en la primacía de la ley frente a la barbarie. Los fines nunca justifican los medios». Quizá este dolor común puede ser la base de la reconciliación, pese a la asimetría de la violencia tanto en magnitud (829 víctimas en la nómina de ETA) como en responsabilidades.

Y ahora, afortunadamente, deberemos acostumbrarnos a vivir sin ETA. No será fácil, porque hasta ahora siempre había condicionado la dinámica política. A partir de la lucha antiterrorista la derecha construyó un discurso que solo tenía por objetivo desgastar a los sucesivos gobiernos socialistas, ya fuera utilizando impúdicamente la guerra sucia (contraFelipe González), las víctimas, el Estatut (el «Estatuto de ETA») o la amenaza a la unidad de España (contraJosé Luis Rodríguez Zapatero). Gran parte de la izquierda cree que no se puede ser de izquierdas e independentista, cuando en realidad lo que no se puede es ser de izquierdas y negar el derecho a la autodeterminación. La izquierda aberzale rechaza -soy de los que creen que sinceramente- los medios (la violencia) pero no los fines: el reconocimiento de Euskal Herria como nación y el derecho a decidir del pueblo vasco. Y, en democracia, todas las aspiraciones no violentas son legítimas, pero no se pueden imponer más que por la fuerza de los votos. En suma, los vascos -y los catalanes y los españoles- tienen derecho a ser lo que quieran y decidan ser.

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Pero el proceso de paz no está cerrado y habrá que hacer todos los esfuerzos posibles para que no descarrile. No está de más recordar las palabras de representantes del Sinn Féin a una delegación del PNV (Belfast, 1995): «Nuestra apuesta por el proceso de paz es una apuesta de fondo y convicción. Somos toda una generación de republicanos los que hemos apostado por esta vía, si, por lo que sea, falla, como el problema de Irlanda del Norte persistirá, será otra generación la que tomará el relevo y adoptará las decisiones que estime convenientes». Toda una advertencia para el Gobierno que surja de las elecciones del 20 de noviembre: no hay que cerrar en falso el proceso de paz ahora que ETA ha dejado de matar. Y preocupa que el PP, que nunca ha destacado por su sentido de Estado, esté en disposición de hacerlo o que su entorno mediático y asociativo y el núcleo duro del partido se lo dejen hacer aMariano Rajoy.

Los regímenes democráticos ejercen la justicia y no la violencia. Por lo tanto, hay que aplicar la ley con exactitud pero con suficiente generosidad como para hacer posible la reinserción de los violentos sin herir la sensibilidad de las víctimas, que merecen todo nuestro reconocimiento y no pueden caer en el olvido. Hay también que agilizar las vías del diálogo para resolver el conflicto vasco e impulsar políticas de reconciliación. Solo así llegará el desarme y la disolución de ETA y se podrá garantizar un futuro de convivencia y libertad donde todas las opciones políticas sean posibles dentro del marco democrático. Claro que, quizá, entonces volverá un sabor amargo a la boca al pensar en tantas muertes inútiles y absurdas en nombre de la nada. Catedrático de Historia Contemporánea (UB).