La rueda

Cuando te quitan la corbata

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Otra vez la corbata, ese estrecho trozo de tela, se ha convertido en protagonista. En medio de una crisis como pocas, cuando el paro se empeña en permanecer encima del 20%, una de las últimas discusiones vividas por nuestro Parlamento antes de cerrar por vacaciones ha sido la corbata. No voy a entrar a discernir si quitársela ahorraría energía. Menos aún si la imagen de la política se arreglaría, a estas alturas, con o sin esa frágil pieza de vestuario. De eso ya discutieron largamenteJosé BonoyMiguel Sebastián.La corbata, a la que en tantas ocasiones hemos dado por muerta, ha vuelto a demostrar que las cosas de apariencia poco importante, incluso inútil, desatan las mayores broncas y marcan a las personas.

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Tengo varios amigos que, en los últimos meses, han ido quitándose la corbata. No tienen calor y tampoco plaza de diputado. Son directivos cuarentones, sobradamente preparados, a los que un día los llamaron de personal y les ofrecieron un cheque con 20 o, en el mejor de los casos, 45 días por año de servicio, deseándoles suerte. Sin corbata al cuello parecen otros. Parecen trabajadores en paro. Como esos a los que elconsellerFrancesc Xavier Menaauguró que «no tendrán nunca trabajo porque no tienen predisposición a trabajar o no tienen competencias para hacerlo».

Demasiadas veces olvidamos la importancia de las cosas insignificantes y la fuerza del individuo. Las personas, sin necesidad de organizaciones, gobiernos, partidos o corporaciones, son capaces de todo. De rehacerse, tirar para adelante y cambiar el rumbo de la vida entera. Caen enormes empresas, como Enron, Arthur Andersen o Lehman Brothers, y sus trabajadores, tras el tiempo de depresión y duelo que conllevan las catástrofes personales, despiertan un día en otra fábrica, en otro despacho, incluso en un país diferente. Han sobrevivido. Esas grandes marcas, sin embargo, murieron para siempre. Claro que trabajarán. Con o sin corbata, son competentes.