03 abr 2020

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Tiempo de relevos en todos los campos de la vida ciudadana

La dura carga del sucesor

Jordi Ferrerons

La comparación en negativo con el predecesor difícilmente se borra del imaginario colectivo

Debe de tratarse del alma atormentada de culé de la vieja escuela, pero no puedo evitar darle vueltas al hecho de que existe un señor que, sin que él ni nadie lo sepa aún, sustituirá algún día a Pep Guardiola en el banquillo del Barça. Reconozco que abordar ahora este tema es de pésimo gusto, pero es algo que ocurrirá tarde o temprano y uno no puede más que lamentar la mala suerte de quien accederá al cargo con el estigma, obvio pero demoledor, de que haga lo que haga se le comparará con Guardiola y su extraordinaria y felizmente inacabada lista de éxitos.

En todos los ámbitos de la vida, la figura del predecesor puede resultar un peso insoportable o, al contrario, proporcionar una ventaja de salida: todo depende del éxito o el fracaso y, especialmente, de la percepción pública sobre el desempeño de quien ocupaba anteriormente el puesto. Así, Mariona Carulla, sucesora de Fèlix Millet al frente del Palau de la Música, parte con una imagen de intachable probidad en comparación con el historial delictivo de su antecesor. Tampoco le costará al flamante presidente de la CEOE, Juan Rosell, construirse una reputación de gestor solvente si se toma como referencia el currículo empresarial de Gerardo Díaz Ferrán. En sentido opuesto, Bobby Robson: los tres títulos conseguidos en su única temporada en el Barça quedaron sepultados bajo el peso del carisma, la brillantez y el estilo de Johan Cruyff a pesar de que no había ganado nada en sus dos últimos años.

Analizado bajo ese prisma, el nuevo presidente de la Generalitat, Artur Mas, inicia la legislatura bajo una luz favorecedora en cuanto a oratoria y dinamismo en comparación con José Montilla, y también en cuanto a la cohesión y homogeneidad de su Gobierno respecto al tripartito. Sin embargo, siempre habrá unos cuantos incorregibles que sucumban a la tentación de tomar como referencia a su gran mentor, Jordi Pujol, y sus 23 años de presidencia. Los tiempos son otros, el contexto ha cambiado enormemente, pero los grandes referentes permanecen.

Cuando Joaquín Almunia reemplazó a Felipe González al frente del PSOE en 1997 y, tras la renuncia de Josep Borrell, acabó siendo candidato a la presidencia del Gobierno, todos los esfuerzos de su equipo de comunicación se concentraron en construirle a toda prisa una imagen propia y en alejar la sombra del expresidente. Vano intento: el PP ganó. Tres años después de su retiro de la primera línea política, la figura de González, incluso vapuleada y maltrecha por los escándalos de los últimos años de su presidencia, se mantenía como santo y seña de una buena parte del electorado.

Ahora existen dudas sobre cuál va a ser el candidato socialista en las próximas elecciones generales: muchos piensan que el crédito de José Luis Rodríguez Zapatero está agotado y parecen inclinarse por Alfredo Pérez Rubalcaba. Si fuera así, desde su partido se destacarían su oficio, su firmeza, su dominio de la escena y un carácter poco dado a los vaivenes en sus criterios y opiniones: en este caso, el predecesor serviría como palanca en positivo.

Fijando la vista hacia la derecha, Mariano Rajoy inició su andadura al frente del PP de forma balbuceante, sin conseguir despegarse de la presencia ominosa de José María Aznar y con el estigma de la derrota en unas elecciones que su partido daba por ganadas. A partir de ahí, Rajoy intentó separarse de la figura de Aznar pero, paradójicamente, haberlo logrado le ha supuesto más dolores de cabeza que ventajas. Una vez iniciada la batalla por su sucesión, no sería muy aventurado pronosticar que quien salga vencedor nacerá investido de un aura de locuacidad e hiperactividad si se toma a Rajoy como referencia.

Sin dejar el terreno de la hiperactividad, Joan Laporta se benefició de haber puesto fin a un periodo convulso en la presidencia del Barça. Sus predecesores (Joan Gaspart, Enric Reyna) encabezaron una dinámica depresiva y autodestructiva que contrastó con la juventud y el dinamismo de Laporta, quien consiguió llevar al club a cotas de éxito extraordinarias. A pesar de ello, en los últimos años de su mandato muchos socios aspiraban a una gestión menos adrenalínica: se dibujaba el perfil de Sandro Rosell como el candidato que conseguiría aunar el triunfo con el sosiego. En cambio, ahora que es presidente se echa de menos la bulimia mediática de su predecesor.

Existen casos de verdaderos profesionales en la dura tarea de sobrellevar el peso de ser el sucesor. Tal vez el más llamativo sea el del canario Luis Molowny, quien, entre 1974 y 1986, sustituyó nada menos que a cuatro entrenadores (Miguel Muñoz, Miljan Miljanic, Vujadin Boskov y Amancio Amaro) en el banquillo del Real Madrid. Molowny falleció en febrero de este año, por lo que su candidatura a la sucesión de José Mourinho es imposible. En cualquier caso, sí podemos avanzar sin arriesgarnos que el sustituto de Mourinho será percibido como un caballero muy educado. Periodista.