02 abr 2020

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Tras el hallazgo de una escultura de Julio César intacta

El exceso de la belleza

Joaquim Coello

El debate sobre el arte no solo consiste en definir lo bello, sino en cómo se transmiten sentimientos

Tradicionalmente, el arte ha sido asociado al poder de la política, la religión y la economía. El paradigma del arte es la belleza y no se entiende la estética directamente asociada al arte como otra cosa que no sea la representación en su grado máximo de la belleza, concepto que ha ido cambiando a lo largo de los años en razón de modas, culturas y estilos.

Es obvio que el arte es capaz de avanzarse a las tendencias estéticas del momento, o sea, a aquello que se considera bello en cada circunstancia histórica, y por eso las vanguardias generan verdaderas revueltas en los valores artísticos. Así sucedió con el impresionismo, el expresionismo y tantos otros movimientos artísticos, pero el canon permanente que no ha sido sometido a discusión es la estructuración de la actividad artística alrededor de la belleza como valor supremo.

A principios del siglo XX, este objetivo queda puesto en duda por las ideas de Duchamp, que presenta como obra de arte un urinario o la imagen de la Mona Lisa con bigote y asociada a un texto crítico y obsceno. Se plantea por primera vez el hecho de que el arte no está necesariamente atado a la estética y que, por lo tanto, arte y belleza son dos valores diferentes e independientes.

La corriente del dadaísmo en los años 20 ataca directamente a una sociedad que había sido capaz de producir la hecatombe de la primera guerra mundial y plantea por primera vez la negación de la belleza como base del arte. Será el primer movimiento artístico en hacerlo.

En los años 60, Warhol y el Pop Art convierten en arte cosas banales y el problema que se le plantea a la filosofía es por qué una caja de esponjas para la limpieza o una lata de sopa son en un caso arte y en el otro simplemente el reclamo publicitario para vender un determinado producto. Todo eso conduce inevitablemente a la disociación del arte y de la belleza, y a la postulación de que cualquier acción humana puede ser una obra de arte porque lo que es feo u ordinario puede ser el origen y el soporte del arte. Los artistas de la segunda mitad del siglo XX ya no quieren reconstruir y reinventar la realidad para hacerla más bella; lo que desean es sorprender, sublevar a la sociedad, épater les bourgeois, y por ello buscan los ingredientes más allá de los atributos estéticos.

El concepto de belleza ha sido objeto de consideración filosófica desde Kant y últimamente con especialistas como Fry, Danto y Moore. Para Kant, la belleza es un concepto absoluto y se deriva de la moral, porque no puede haber belleza en la maldad, la mentira y la deslealtad. La duda de si la expresión máxima de la belleza se encuentra en la realidad natural o en su representación, se resuelve en favor de la segunda porque de la representación de la primera se pueden eliminar aquellas partes que son imperfectas. El arte la recrea y la reinterpreta.

En el lecho del Ródano se ha encontrado una cabeza de mármol de Julio César, escultura que data del siglo I antes de Cristo, expuesta en el Museo de Arles de la Provenza. La escultura se realiza cuando Julio César tiene unos 40 años y posee la frescura de una obra que, hundida en el barro del río, no ha sido desgastada por los 2.000 años transcurridos. La cabeza de Julio César transmite la impresión de un hombre poderoso, sometido a presiones políticas y vitales, que tiene conciencia de su responsabilidad, que debe administrar con equilibrio porque sus decisiones, de las que él es consciente, son trascendentes para Roma y, por lo tanto, para el mundo de la época. El visitante del museo contempla la escultura y siente la fuerza que se desprende del hombre que representa. Comparte las inquietudes que aquel Julio César llegado a su plenitud representa. No es la belleza la que se deriva de la escultura, sino la fuerza y la presencia de una imagen de la cual percibimos la autoridad, la voluntad y la inteligencia, que nos llega del fondo de nosotros mismos por la capacidad de sugerir que tiene el artista.

Los filósofos buscan sin descanso una definición de lo que es el arte, pero no encuentran el modo de conceptualizar la fuerza, la presencia y la proximidad que la escultura hallada en el barro del río tiene hoy para un espectador 20 siglos después de las vicisitudes que vivía aquel Julio César concernido y reflexivo, en unas circunstancias graves, pronto trágicas, que llevan a su muerte a manos de sus colaboradores políticos y amigos que quieren hacer desaparecer a un líder poderoso, cautivador e inquietante. Es cierto que el arte no es solo la belleza, pero la respuesta dada por el Pop Art o el dadaísmo se nos antoja ahora como anecdótica por constituirse en ejemplo de definición de lo que es arte, porque, como pretendía Hegel, el único atributo del arte es que consiste en la creación del hombre como vehículo de lo que este desea, piensa, sueña e imagina, y que a través de la obra de arte se transmite a los otros; o sea, la capacidad de generar sentimientos, aquellos sentimientos mejores que todo hombre lleva dentro. Ingeniero.