14 jul 2020

Ir a contenido

EDITORIAL

Revuelta en la calle contra Sarkozy

Francia vivió ayer la sexta jornada de huelgas y manifestaciones contra la reforma de las pensiones. Los franceses son los europeos que más pronto se lanzan a las calles para protestar -este año son ya nueve las jornadas de movilización contra el Gobierno-, lo que es un signo de vitalidad democrática, pero también una expresión de conservadurismo y resistencia para preservar ante todo los derechos adquiridos, sin tener en cuenta los cambios de la sociedad.

La jubilación legal a los 60 años es un derecho adquirido desde que la implantó Mitterrand a principios de los años 80, pero desde entonces ha aumentado la esperanza de vida y se ha reducido considerablemente la relación entre el número de trabajadores activos y el de jubilados, por lo que el sistema público de pensiones corre el peligro de colapso. Eso sin contar que Francia es el país de Europa en el que la edad de jubilación legal es más baja. No tiene sentido, pues, que se mantenga el límite legal inamovible mientras se va a aumentar en todos los países, desde España a Alemania, el Estado más rico de la UE.

Pese a esta situación privilegiada, las protestas en Francia han alcanzado niveles desconocidos en otros países. Pero lo que hace diferente esta movilización de otras similares es el paro en las refinerías y el bloqueo de algunos depósitos de combustible, que amenzan con desabastecer el país. El resto -transporte aéreo y ferroviario, estudiantes de instituto e incluso las operaciones caracol de marcha lenta de los camioneros- es más habitual. Los paros en el sector privado son escasos y el movimiento tampoco ha cuajado en la universidad. Apenas una decena de universidades, de un total de 83, no empezaron hasta ayer a votar para sumarse a la protesta estudiantil, que, por otra parte, está siendo pervertida por la infiltración de jóvenes violentos de los barrios conflictivos, una derivación preocupante.

¿Por qué una reforma inevitable suscita una oposición tan desmesurada? Posiblemente porque Sarkozy no se ha tomado la molestia de explicarla al país con la pedagogía necesaria y ha querido aprobarla demasiado rápido, y también porque la protesta expresa el malestar de fondo contra toda la política socioeconómica del presidente francés.