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dos miradas

Maldito sea tu nombre

Emma Riverola

Padre que te llamaste de muchos, el pasado vuelve para escupir en tu traición. La luz va a alcanzar el fondo de tu vergüenza. Demasiado tarde para algunos, para aquellos que fueron incapaces de crecer con una infancia robada. Pero muchos aún lo verán. Centenares de supervivientes presenciarán el derrumbe del silencio. Ese cómplice muro protector de tu vileza.

Maldito sea tu nombre. Maldito sea, aquí en la tierra y también en el infierno. Ese averno que tú anunciabas desde el púlpito. Esas tinieblas en las que hundiste a tantos. Un laberinto de soledad y desconfianza del que aún, después de décadas, tratan de escapar.

Hiciste con ellos tu voluntad. Poco te importó que fueran niños. Lo pudriste todo. Abusaste de sus cuerpos y de sus almas. Envenenaste sus corazones. Corrompiste la piel inocente. Y eyaculaste la culpa de ser una víctima. Ofendiste e hiciste creer que perdonabas. Les amenazaste con el pecado mortal. Amor, esperanza, verdad, fe, perdón… manchaste las palabras más sagradas y les dejaste huérfanos de ellas.

Que la justicia te condene a comer el resto de tus días el pan que tú les diste. Que sepas lo que es llorar debajo de las sábanas, callar ante los que amas, sufrir la garra del miedo en el estómago, odiar tu propio cuerpo. Sentirte nada. Que el fuego eterno acoja tu alma y la de todos aquellos que te han encubierto. Y que nos libre de vuestro mal. Amén.

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