04 abr 2020

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La situación política en Catalunya

El bien de todos y el interés de algunos

Joaquim Coello

Los dirigentes deberían buscar la formación de gobiernos de mayorías amplias en tiempos de crisis

Llegamos en Catalunya al final de una legislatura hundidos en una crisis económica profunda y poniendo en cuestión seriamente la viabilidad del modelo social que nos hemos procurado desde la llegada de la democracia y el inicio de nuestro autogobierno.

Nuestra sociedad está constituida por una amplia clase media con niveles de renta moderados y niveles culturales y educativos altos. Es esta sociedad socialmente progresista y económicamente conservadora, con una preocupación por la cohesión social y la búsqueda de posiciones de consenso lejos de los extremos. Nuestra economía está basada en la pequeña y mediana empresa, pero la socialdemocracia como modelo político ha hecho crecer últimamente la función pública en empleo y presencia social. Es esta sociedad representativa y heredera de una burguesía desarrollada desde el siglo XIX donde la familia tiene importancia y los valores tradicionales de la cultura y la ética, antes la religión, ocupan un lugar central. Muchas personas procedentes del proletariado de la primera y segunda mitad del siglo XX, autóctonos e inmigrantes, forman parte ahora de esa gran mayoría en la medida en que el crecimiento del nivel de vida y el acceso a mayores rentas han transformado esa clase trabajadora en clase media. Los valores del catalanismo social y cultural, con un pragmatismo e interés por los hechos e ideas próximas más que por principios trascendentes y lejanos, le dan fuerza y, a pesar de las sacudidas de la historia, no se pasa de la histeria a la depresión ni del todo a nada, contrastando esto con España y constituyendo un factor de estabilidad.

La lucha política se vehicula mayoritariamente a través de dos grandes partidos, representativos, uno más a la derecha y el otro más a la izquierda, de esa gran mayoría de centro que es por dimensión e influencia el grupo determinante de la sociedad catalana. Parecería, pues, que lo que está más cohesionado a nivel social estaría más disgregado a nivel político, y esto aporta moderación al debate partidario porque las diferencias son más de motivos, de táctica, que de ideología y estrategia. En tiempos normales, la alternancia entre estos dos grandes partidos, que para gobernar tienen que hacerlo casi siempre en coalición o con pactos explícitos o implícitos de legislatura, es la base del debate y contribuye a la estabilidad del sistema.

Pero ahora las circunstancias son diferentes porque la precariedad económica, el riesgo de la moneda, el peligro de deflación, la dificultad de financiación de nuestro endeudamiento, el problema social que supone el paro, el distanciamiento de nuestro país respecto a Europa; todo ello puede en efecto conducir a un cambio profundo de nuestra sociedad y del nivel de independencia y libertades de los ciudadanos.

Si esto se juzga un riesgo, y lo es, sería lógico que más allá de la inevitable confrontación política en las elecciones lo que está cohesionado socialmente también lo estuviera políticamente, de forma que las reformas estructurales y no estructurales que precisamos pudiesen llevarse a cabo con amplias mayorías parlamentarias que eviten confrontaciones sociales ahora especialmente negativas.

Las elecciones deben ganarse en base partidaria, pero los gobiernos deben gobernar en base de país, es decir, para todos, y es este conflicto el que hay que resolver con generosidad tanto por parte de quien las gana como de quien las pierde.

Hay que recordar que el peso de Catalunya respecto al PIB nacional es del 20% como lo era el de Alemania respecto de la UE de los 25, que Catalunya y Alemania son claros contribuyentes a las economías de España y Europa y que la influencia de Alemania en Europa es determinante y la de Catalunya en España es escasa. No hay duda de que esta influencia depende de muchos factores, pero el comportamiento de Catalunya y la referencia y ejemplo que supone tiene importancia respecto a cómo se nos valora y considera. Una política como la que se propone, imposible en España por el enfrentamiento radical de los partidos de derechas e izquierdas, constituiría un hito que contribuiría a hacernos ganar el peso que no tenemos. No es este un efecto colateral menor.

Si lo más importante es el país, y este está socialmente cohesionado, deberían buscar los políticos conformar gobiernos de mayorías amplias en momentos de crisis como el actual. Nada impediría una vez constituida esa coalición que partidos más minoritarios entraran en este gobierno de concentración nacional que lleve a cabo las reformas necesarias en los ámbitos laboral, financiero, fiscal, educativo y de investigación que precisamos. Podrá argumentarse que muchas de estas reformas son más de ámbito estatal que autonómico, pero en beneficio propio lo mejor que podemos hacer para ayudarnos es demostrar y explicar cómo pueden crearse consensos y acuerdos que en el ámbito de la política estatal son impensables, porque es verdad que las dos Españas son un fuego del pasado que ahora no arde con llamas, pero todavía le quedan rescoldos. No es, en efecto, la hora del tacticismo.

Ingeniero.