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Ahora que tengo 30 años

Najat El Hachmi

Cuando tienes 30 años hace 12 que puedes decidir el futuro de tu país, conducir un coche, cambiarte los apellidos y vivir según tu propio criterio: si estudias o no y qué, si trabajas y en qué, dónde quieres vivir, con quién, si quieres comprar o alquilar un piso. A raíz de esta última dicotomia nos reunieron el pasado miércoles a un grupo treintañero en el programa Banda ampla, de TV-3. Estamos en el momento crucial, nos dijeron, de decidir cosas que nos afectarán el resto de nuestra vida. Así pues, ¿qué hemos estado haciendo hasta ahora? ¿Deambulando sin rumbo? Algunos quizá sí, pero otros llevamos años tomándonos la vida seriamente mientras tenemos que escuchar que es corta, que tenemos que aprovecharla al máximo. Este «al máximo» es para muchos una eterna dilatación de la adolescencia. Ser alegres, felices, si es posible no muy responsables y «disfrutar» de la vida cuando tienes 30 años es un imperativo social ineludible. Si no lo cumples, es que eres un amargado que no sabe divertirse o que te han tratado tan mal que te has convertido en así de duro. No sé cuándo empezó esa definición estanca, pero si una cosa quedó clara en el debate es que el grupo no tenía otra cosa en común que la cifra mágica. Había quien se había emancipado hacía 10 años, quien hacía tres y quien todavía vivía con los padres. Los había con hijos, sin, con pareja, solteros, más pobres y más ricos, con buenos trabajos estables, con trabajos precarios, en el paro y en activo.

Así pues, ¿qué significa tener esa edad y no otra? Cualquiera diría que el año de nacimiento marca el estatus social de forma inversamente proporcional, justo lo contrario de lo que ocurría antes, que a más edad, más estatus. ¿Qué diferencia existe entre alguien de 30 años que lucha por sobrevivir y alguien de 40? Ah, sí, que entre los primeros hay unos cuantos que pretenden creerse esa ficción de la eterna adolescencia para seguir viviendo del cuento, ya sea enlazando carreras universitarias ya sea pretextando mil condicionantes para no irse de casa mientras ganan tiempo a la espera de aferrarse a la siguiente liana, la de la crisis de los 40. Peor para ellos, mira.

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