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En sede vacante

Sharon Stone, el desierto y las encuestas

Josep Maria Fonalleras

Todas las encuestas, todos los trabajos sociológicos tienen, aparte de las altas dosis de certeza científica que viene avalada por las universidades que dan prestigio al estudio, una también elevada cantidad de aproximaciones a la realidad que, como mínimo, son dudosas. Una de las últimas que he visto asegura que el estado de bienestar más excelso llega en cuanto has cumplido los 50. Las preocupaciones y el nerviosismo, el aturdimiento y el estrés empiezan a ser menos importantes de lo que parecían y, una vez superada la comprobada crisis de los 40, resulta que entras en una especie de nirvana de alta graduación espiritual. Como pueden comprender, yo, que ya los tengo, he leído el estudio con voracidad y entusiasmo. Este tipo de noticias te reconfortan, porque cuesta muy poco incluirse en un grupo que promete tantas satisfacciones. Si otro estudio hubiese asegurado que la vida sexual mengua a partir de esa edad, en seguida habría pensado que la investigación científica es errónea y tergiversada, convencido de que han utilizado parámetros equivocados o de que han trabajado con un grupo de personas que no puede ser que representen a toda la humanidad. Puede afirmarse, pues, con severidad universitaria, que acabo de entrar en la franja del Cándido de Voltaire, aquel estado un poco flojo, un poco bendito, en el que la vida se contempla como el mejor de los mundos posibles. Hay que asegurarlo, pese a las preocupaciones de cada uno, porque así lo certifican los entendidos.

Pero hoy leo que la vida amorosa de Sharon Stone (con 50 cumplidos) es «como el desierto del Mojave». Esto me desconcierta y me deprime. Si la Stone, que es quien es y no debería pasar pena, tiene esta perspectiva tan árida de la existencia, ¿qué vamos a pensar los demás, aun viviendo instalados en la felicidad oficial?

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