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Marx y Lenin, en el trastero de la historia

JOSEP Pernau

Que me perdonen los entusiastas de Borís Yeltsin, al que ahora ensalzan como el hombre que consiguió acabar con el comunismo en Rusia. Lo comparo con el futbolista que consigue el gol de la victoria con el rebote de la pelota en el culo. No era un disidente como Sajarov o Solzhenitsin. Tenía un pasado marxista-leninista tan limpio como el de los camaradas más fieles a la hoz y el martillo. Pero las reformas de Mijaíl Gorbachov habían allanado el camino. Elegido dentro de la ortodoxia más pura, Yeltsin supo intuir que el cambio era irreversible. Puso las estatuas de Marx y Lenin en el cuarto trastero de los saldos de la historia, al que fue a parar también el nombre de Unión Soviética, después de que los popes desenterraran la Santa Rusia; condenó dogmas como el de "la propiedad es un robo" y le salió bien. Ahora se le rinden honores. Muerto le tratan mejor que en vida.

Dos expresidentes norteamericanos estarán presentes en el funeral. George Bush, padre, y Bill Clinton. Por lo visto, Washington quiere contribuir al mito de la heroicidad. Los pueblos necesitan mitos, y en el de la proeza democrática del camarada Yeltsin colabora Estados Unidos. Todos quieren tapar ahora una verdad que tiene muy poco de gloriosa: la de que el comunismo se desmoronó solo, sin necesidad de cohetes, y que, como máximo, le bastó un discreto empujón. Se comprende que Estados Unidos apoye ahora la versión épica. Durante medio siglo se tejió un sistema de espionaje en torno a Moscú que se acreditaría como el más inútil de la historia. Se decía que en Rusia hasta las moscas era colaboradoras de la CIA. Nadie se olió lo que iba a ocurrir. Hasta Yeltsin se debió de quedar sorprendido de lo poco que costó que el imperio se viniera abajo.

Temas: Karl Marx

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