Toma pan y moja

Cuando salíamos a cenar

Hubo una época increíble en la que cenábamos largo y tendido en casas de comidas atestadas y reíamos a carcajada limpia en una orgía de aerosoles

Cuando salíamos a cenar

En aquellos tiempos, cuando los océanos separaron el Atlantis y surgió el amanecer de los soles de Aries, hubo una época increíble en la que los barceloneses cenábamos fuera. Solo los ancianos lo recordamos. Y siempre nos toman por locos cuando apelamos a la nostalgia y lloramos la efervescencia de un pasado hedonista en el que, al caer la noche, salíamos al mundo exterior más emperifollados que la Castafiore, con hambre canina y mucha jarana que quemar.

Y cenábamos largo y tendido en casas de comidas ruidosas, atestadas e incómodas. Y reíamos a carcajada limpia en una orgía de aerosoles. El vino corría a hectolitros, la embriaguez colectiva convertía la división de la cuenta en un problema irresoluble de matemáticas. Parece que hayan pasado un par de glaciaciones desde entonces. Pensar en cenar fuera se ha convertido en un crudo ejercicio de arqueología emocional.

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