PUNTA DE CUCHILLO

Blando, canelón

Pau Arenós

La cordialidad de las fiestas se llama canelón. Aunque algunos ingenuos lo situarían en la casilla del aprovechamientos –carnes macilentas de segundo uso–, la verdad es que se trata de un enrollado imperial, no por la calidad de la farsa, que admite trufas y fuagrás y cualquier otro sobreprecio, sino por el trabajo que requiere. Los canelones no se improvisan, sino que se planifican en tableros de guerra como si fuera el juego del Risk. Todo canelómano tiene su estrategia.
Hablo de afabilidad porque es un plato íntimo, sin aristas, idóneo para paladares con y sin dientes. El canelón une generaciones. La picadora y el agua hirviendo, y la necesaria concurrencia de la bechamel, ablandan la materia y facilitan la masticación.
En el 2015, la asociación GremiCarn celebrará los 200 años de la vianda. Es un objeto tan bien pensado que merecía estar en el Museu del Disseny. O como amable monolito en la plaza de Catalunya.
En estos días, dejo en otras manos la preparación de las suntuosas tuberías. Huelo en el horno las bandejas de la pasta rellena que cocinan los hermanos Torres y aunque su abuela no es mi abuela hay algo íntimo que nos une.