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La rebeca, una chaqueta para todo

'Dress code' de las abuelas, el poder y los iconos 'millennial', hay pocas prendas tan ubicuas como el cárdigan o rebeca

Núria Marrón

Joan Fontaine en la película ’Rebeca’.

Joan Fontaine en la película ’Rebeca’.

La chaqueta 'indoor' por excelencia, la de punto con botones, es algo así como el significante vacío del armario: una prenda tan anodina como funcional que, libre de connotaciones, se ha convertido en una especie de glutamato monosódico de la indumentaria. Así, la pieza que se ponen la abuelas «cuando refresca» es la misma que le ha servido a Anna Wintour, jefa del Vogue, para realzar su dress code del poder y la que ha acompañado a Phoebe Waller-Bridge, antiheroína de 'Fleabag', en su advenimiento como referente aspiracional millennial. Hay pocas prendas tan ubicuas, transversales y polisémicas.

Como tantas otras cosas, la popularidad de las rebecas –llamadas así en español porque a Hitchcock le gustaba que Joan Fontaine las conjuntara con su cara de rubita aterrorizada en la película homónima– se debe a Coco Chanel. En su afición por samplear vestuario masculino, la diseñadora determinó, en la década de los 20, que aquellas
chaquetas que habían acompañado al séptimo conde de Cardigan en la guerra de Crimea –de ahí su nombre en inglés– eran más cómodas que los malditos jerséis que, al ponérselos, le arruinaban el peinado. 

Desde entonces, la chaqueta de punto es esa prenda neutra que, paradójicamente, se mimetiza y potencia el carácter de quien la lleva. El 13 de julio de 1962, por ejemplo, reapareció en la playa de Santa Mónica cubriendo de aciago erotismo a una desnuda –y enferma– Marilyn Monroe en la que fue su última sesión de fotos. Y tres décadas más
tarde, Kurt Cobain se llevó una roídamente grunge –luego se supo que de mortaja– al 'unplugged' que se emitió seis meses después de que se volara la cabeza. El último cárdigan estrella lo lució Katie Holmes a finales de verano, cuando lo conjuntó con un sujetador a juego y un paparazzi captó el instante en el que llamaba a un taxi y se escoraba para dejar ver la ropa interior. El bradigan, además de constituir un pelotazo publicitario para la actriz, también ha sido el primero de su especie en erigirse en artefacto viral.

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