Entrevista

Martín Caparrós: "El peronismo es la máquina más perfecta para acumular y conservar poder"

El escritor argentino, uno de los grandes periodistas de la lengua española, reportero e historiador, acaba de publicar 'Sarmiento', novela en la que revive a uno de los más míticos próceres de su país

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Juan Cruz
Juan Cruz

Periodista y escritor.

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Martín Caparrós llega de la lejanía en la que vive, Torrelodones, y se sienta ante el periodista con un tesoro raro en sus manos: se ha metido en la cabeza (y en los papeles) de un prócer inigualable de Argentina, Domingo Faustino Sarmiento, que fue presidente de su país y además fue un intelectual, un escritor, un polemista y un poeta. Este Sarmiento que aquí está narrado por sí mismo en la ficción de Caparrós ('Sarmiento'Random House, 2022) es como si el propio mito de la historia argentina estuviera contando, con el español de hoy, una historia que en ningún momento parece de Caparrós sino suya. Como si el prócer hubiera revivido en su pluma, como si su sintaxis se hubiera trasplantado en un escritor de hoy. Sarmiento nació en un pueblo, San Juan de la Frontera, en 1811, vivió hasta 1888, presidió su país entre el 12 de octubre de 1868 y el mismo día de 1874. La escritura de Caparrós y la misma vigencia del personaje transmiten la impresión, al lector, al periodista, de estar hablando ahora, en este bar de Madrid, con el propio héroe singular de aquella Argentina que hoy le resultaría extraña al propio Sarmiento que la soñó. Caparrós, nacido en Buenos Aires en 1957, es uno de los grandes periodistas de la lengua española, reportero e historiador de su país, novelista también, es autor de un libro importante para entender la Argentina de la que procede ('La historia'). Sus penúltimos libros, en la Biblioteca Martín Caparrós de Random House son la novela 'Sinfín' y su ensayo latinoamericano 'Ñamérica'Desde hace una década vive en España.

¿Qué le reprochaba Sarmiento a sus antecesores que ahora pudieran considerarse ‘defectos’ argentinos?

En su época la Argentina estaba muy dividida en provincias y cada una tenía un caudillo, que solía ser el mayor terrateniente del lugar. Cada vez que un caudillo tenía un enfrentamiento con algún otro caudillo, hacía levas obligatorias y así todos sus trabajadores peleaban para defenderlo. Eran gente como Juan Manuel de Rosas, Facundo Quiroga y tantos otros. Esto hacía que la Argentina fuera un conflicto permanente. Sarmiento quiso acabar con esto porque así el país era ingobernable. Su idea central era educar a toda esa gente para que no se dedicaran sólo a seguir al patrón y, por otro lado, repartir un poco las tierras. Era una especie de idilio de crear una clase media. Era todo muy utópico, pero mejor eso que nada. Su modelo era la costa Este de Estados Unidos, donde él había sido embajador, y vio a granjeros con tierras propias y con acceso a la educación. De hecho, Sarmiento fue elegido presidente estando en Estados Unidos como embajador: se tomó un barco para volver a Argentina a ver qué había decidido el Colegio Electoral y, cuando hizo una parada en Brasil, se enteró de que era presidente porque lo recibieron con salvas. En fin: su modelo era Estados Unidos. Pero hay que recordar que, en el siglo XIX, Estados Unidos era otra cosa, algo distinto a lo que es hoy, todavía no era la gran potencia económica y militar, pero sí había logrado ser una gran democracia. Y esa era la fuente de inspiración de Sarmiento.

¿Por eso lo llamaban loco? ¿Por la excentricidad de su aspiración?

Sí. Y lo curioso es que su antecesor, Bartolomé Mitre, también era un humanista. Mitre hizo una traducción de la Divina Comedia y escribía cosas. Es decir: eran políticos con una gran cultura. Pero Sarmiento no era ingenuo. Él simplemente pensaba que, si el pueblo se educaba, no iba a ser traído y llevado por los caudillos.

¿Y fructificó esa semilla educativa de Sarmiento?

Sí, tardó un poco, pero durante buena parte del siglo XX Argentina tuvo un gran nivel educativo. Suena un poco vanidoso o muy argentino [risas]. Pero así fue, sí. Yo recuerdo que, cuando era chico, nadie soñaba con llevar a sus hijos a un colegio privado. Todos queríamos estar en escuelas públicas. El colegio privado era para los chupacirios o para los brutos que no conseguían acceder a una escuela pública. La escuela pública, fíjate qué importante, creó un sentido de pertenencia como Nación. Hoy, en cambio, la escuela pública está completamente minada. Sólo van a la escuela pública los que no pueden ir a otro sitio. O sea: es lo contrario a lo de antes.

El más cercano a Sarmiento fue Alfonsín, el primer presidente de la democracia después de la última dictadura. Tenía un poco la misma idea: una sociedad civilizada por ciertas igualdades"

¿Sarmiento tuvo herederos en Argentina? Es decir: ¿algunos de sus sucesores siguieron sus ideas?

Cuesta establecer una relación, pero… creo que el más cercano a Sarmiento fue Alfonsín, el primer presidente de la democracia después de la última dictadura. Llegó a la presidencia en el año 83 y tenía un poco la misma idea de sociedad que tenía Sarmiento: una sociedad civilizada por ciertas igualdades. Si lo social y lo económico estaban igualados, eso iba a traer la calma a la Argentina. Se parecían los dos. Además, los dos también tenían una buena oratoria y eso. Lo que pasa es que Sarmiento también era un gran escritor y… es muy difícil que un político también lo sea.

¿Y entre la época de Sarmiento y la época de Alfonsín hubo un desierto o qué?

Hubo cambios. Pero eran cambios que exigían sometimiento a un caudillo, ya no a un caudillo terrateniente sino a un caudillo político. O militar, luego.

Gente como Evita y Perón

Sí. Perón se hizo caudillo porque en los 30, con la emigración del campo a la ciudad, emergió una nueva clase social argentina que no tenía los derechos que le correspondían. Perón fue secretario de trabajo antes de ser presidente y por eso él intuyó que a esa gente que estaba marginada había que darle un lugar y una identidad. Evita es otra cosa. Es más mito que otra cosa. Bueno, también trabajaba por los desfavorecidos, pero a la manera de la beneficencia. Iba y regalaba cosas y la quería la gente y, bueno, su vida y obra ya la contó mejor que nadie Tomás Eloy Martínez.

¡Claro! Y, ya qué lo menciona a él y a sus libros de ficción y realidad, ¿cómo han ayudado a entender el siglo XX argentino las historias de ficción?

Tomás para mí es un gran maestro y él siempre fue muy generoso conmigo. Pero lo que a él más le gustaba era haber inventado la historia, en el sentido de haber hecho síntesis de acontecimientos que después la gente creía que eran ciertas. Santa Evita es un libro de ficción, pero la gente se lo ha tomado como la biografía oficial.

¿Y usted se ha inventado muchas cosas para contar la vida de Sarmiento?

No mucho. Traté de ser lo más cercano posible al personaje, incluí fragmentos de cartas y textos suyos, pero lo que no quise hacer fue darle al libro un lenguaje decimonónico. Porque me parecía que no tenía sentido, ¿no? Los hechos y ciertos dichos y demás están tomados de muchos de sus escritos, eso sí.

Volvamos al peronismo.

Uy, con lo bien que íbamos [risas].

En 2002, la astucia de Néstor Kirchner fue darse cuenta de que, después del fracaso neoliberal, con la crisis del corralito, para volver a conseguir el poder había que oponerse al neoliberalismo e involucrarse con la izquierda"

¿El peronismo es igual que el kirchnerismo?

El peronismo es la máquina más perfecta para acumular y conservar poder. Eso ha pasado por las etapas más diversas: del populismo al guevarismo y luego al esoterismo armado y luego a un intento de socialdemocracia y luego al neoliberalismo y así sucesivamente. En 2002, la astucia de Néstor Kirchner fue darse cuenta de que, después del fracaso neoliberal, con la crisis del corralito, para volver a conseguir el poder había que oponerse al neoliberalismo e involucrarse con la izquierda. Entonces: el kirchnerismo es otra metamorfosis del peronismo, nada más. Y así lleva más de 70 años de existencia el peronismo.

Vamos ahora con la escritura. A la suya y a la de Sarmiento. En términos positivos, ¿la escritura de Sarmiento contaminó la suya en el curso de esta escritura?

Para mí el mejor libro de Sarmiento es Facundo, donde hace una especie de sociología de los caudillos y de los gauchos, porque ahí hay una energía extraordinaria: te pinta espacios y personajes de una manera maravillosa. En mi novela La historia hay un fragmento escrito a la manera del 'Facundo' de Sarmiento. Y aquí la influencia de 'Facundo' también está. Supongo que lo que me ha permeado de su escritura son sus formas imperiosas y dubitativas. Porque Sarmiento era una de esas personas que decía: no terminan de apreciarme como merezco. Por un lado, es temeroso o dubitativo porque piensa que no van entenderlo y, por otro, es impetuoso porque quiere demostrar quién es.

Sarmiento se burla de sí mismo y practica la autocrítica, quizá porque es un escritor.

Probablemente. Uno de los privilegios del escritor es concebir cierta distancia para poder mirarse a sí mismo y, por lo tanto, es capaz de mofarse. De lo que escribió él, también me gustan mucho sus relatos de viaje. Estuvo exiliado durante la dictadura de Rosas en Chile y armaba tanto lío con sus declaraciones en la prensa que le dijeron: mire, le vamos a pagar un viaje por el mundo para que averigüe cómo son los sistemas educativos modernos. Y estuvo tres años de viaje [risas]. Pero, bueno, eso le sirvió para escribir sobre la parte personal de sus viajes, cartas a sus amigos y eso y… ahí se permitía reírse de sí mismo.

¿Se ha divertido usted escribiendo este libro?

Sí. La pasé bien.

¿Y hay algún episodio del libro que le costó escribir?

Probablemente cuando escribí su historia durante la fiebre amarilla. Fue una epidemia muy fuerte en Argentina y él decide retirarse de Buenos Aires para, estando a salvo, poder dirigir la manera en que iba a sobrellevar algo así. Eso se lo criticaron muchísimo y quedó como un cobarde que había huido. Y él supo que eso iba a ser una mancha en su vida y en su presidencia que se iba a recordar para siempre. Y eso lo tuve que escribir varias veces, no me salía.

¿Este libro le ha ayudado a perfilar el carácter argentino?

Me parece que no. Porque Sarmiento decía que él era provinciano en Buenos Aires y porteño en las provincias. Él pensó que eso le podía construir una identidad, porque en ese momento no se sabía bien qué era ser argentino. Pero la identidad empezó a conformarse por la gran ola de migración de finales del XIX y principios del XX, cuando llegaron gallegos, sicilianos, calabreses… Entonces: lo que hoy somos viene de ahí.

Lo que me impresiona ahora de los argentinos es que tienen mucho malestar, mucha irritación. Cada vez que voy me encuentro con eso, y me choca"

¿Y qué es un argentino?

Es difícil decirlo. Es difícil encontrar un rasgo nacional que nos hermane a todos. Mira: viviendo aquí, en los últimos cuatro años, he descubierto que los españoles les atribuyen cierta elocuencia a los argentinos. Elocuencia mala, para engañar. Yo no había pensado en eso. Sí había pensado en la vanagloria de los argentinos, en el chiste ese de que un argentino se sube a lo alto de un monte para ver cómo se ve la ciudad sin él. En eso sí había pensado y me parece más cercano. Pero más allá de eso, pienso que lo argentino está conformado por lo italiano. Por eso siempre que voy a Italia les digo que todo lo malo de Argentina es culpa de ellos [risas]. Bueno, lo que me impresiona ahora de los argentinos es que tienen mucho malestar, mucha irritación. Cada vez que voy me encuentro con eso y me choca, me impresiona. Por supuesto que hay razones: inflación, desempleo, marginación, etcétera. Pero la actitud ante eso hace que la vida sea más difícil todavía. Hay mucho enfrentamiento y… no sé.

Hábleme sobre la relación de Sarmiento con la prensa.

Sarmiento era un hombre de prensa. Trabajó de periodista buena parte de su vida. Lo que pasa es que la prensa del XIX era muy distinta a la de hoy. La del XIX era, sobre todo, opinión y…

Como ahora.

Ahora se disimula [risas]. Pero en ese entonces nadie esperaba que un periódico te contara hechos. La gente quería artículos de opinión. Y Sarmiento había hecho eso durante muchos años. Lo que pasó es que el diario de Bartolomé Mitre [La Nación] lo atacó y eso le pareció intolerable y él se vio movido a atacar también.

Y como político, ¿cómo era Sarmiento frente a sus adversarios?

Era bastante explícito. Mitre y él eran muy amigos, hasta que un día se sintió traicionado. Un día Mitre dijo que el mejor anagrama de Sarmiento era ‘mentirosa’ y eso le dolió mucho a Sarmiento. Y él dijo que el mejor anagrama de argentino era ‘ignorante’ y… así estuvieron un tiempo. Pero fue una pelea de hermanos distanciados.

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¿Qué le enseñó escribir este libro?

Repensar la historia argentina de este periodo para entender lo que vino después. Leí mucho para conocer cosas que no sabía. Y, mira, el mayor descubrimiento que hice fue la figura de Aurelia Vélez, la amante de Sarmiento durante los últimos 25 años de su vida. Era una señora de buena familia porteña y la casaron con un primo segundo al que no quería y luego estuvo con Sarmiento. En el libro yo trato de insinuar que la primera persona en la que está escrito no es la primera persona de Sarmiento sino la de Aurelia, que Sarmiento le contó esas cosas y ella las escribió. Es una manera de rendirle un homenaje, ¿no?