Crítica de teatro
'Bros', de Romeo Castellucci: civilización, barbarie y tenebrismo
El idolatrado director italiano sobrecoge el Festival Grec con un ejercicio plástico sobre la violencia institucional.

Bros / Stephan Glagla

Una larga década ha transcurrido desde la última visita a Barcelona de uno de los grandes popes del teatro contemporáneo, Romeo Castellucci, ausencia difícil de justificar y compensada en parte por esporádicas visitas al Temporada Alta de Girona. Allí se estrenó en noviembre 'Bros', pieza que pasó por el Festival Grec y que el maestro José Carlos Sorribes definió en estas páginas como “poética, de sugerente plasticidad, hipnótica”. No es para menos, porque este arrebato casi místico se expresa a través de cuadros vivientes, con imágenes perturbadoras que tejen una tela de araña que conecta cultura y violencia, civilización y barbarie.
Discurso y forma son un todo. El material humano se compone de más de una veintena de intérpretes –muchos de ellos voluntarios no profesionales– vestidos con el típico uniforme policial de las películas estadounidenses. A través de un pinganillo reciben instrucciones individualizadas para componer todo tipo de acciones, desde simular torturas hasta escenificar un ataque de convulsiones colectivo. Todo resulta secuenciado y limpio, incluso en los momentos que se recrean pinturas complejas como 'Los fusilamientos del 3 de mayo', 'La lección de anatomía' o 'La balsa de la Medusa'. Impacta especialmente el movimiento grupal, y destaca la escena de idolatría de una inquietante marioneta humanoide. Una hermandad perturbadora, estos 'bros', de lectura orweliana.
El teatro es un espejo
Pero no conviene obsesionarse con las interpretaciones, para Castellucci el teatro es un espejo y cada cual encuentra su imagen mental en un universo tenebrista y denso. Comienza la obra con un sermón cuya lengua no entendemos. Lo pronuncia un viejo asceta que parece sacado de una pintura de Caravaggio, recurso de conexión con el Antiguo Testamento de Jeremías y las maldiciones seculares que encierra. Sangre, fluidos y mucho ceremonial, los polis nos muestran lonas con intrincados mensajes en latín. También enseñan fotografías que nos remiten a una idea de cultura, de los orígenes de Grecia y Egipto hasta referentes modernos como Beckett, exhortación al absurdo entre otros muchos motivos dispersos.
Sin diálogos, el cuerpo humano y sus significados son la pregunta y la respuesta, plúmbeo lenguaje escénico del barroco contemporáneo. También hay tecnología: una pantalla arrinconada que no muestra ningún mensaje claro, y ese enorme dispositivo de emisión de sonidos que recibe al público, máquina antidisturbios que anticipa la pesadilla de la violencia del hombre hacia el hombre. Tampoco hay esperanza en el final, con la inmaculada aparición de un niño que hereda la porra policial para perpetuar el castigo.
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