Hotel Cadogan

Bombones rellenos de anfetamina en un caserón del Ulster

Caroline Blackwood fue un pájaro bello, extraño y volandero cuyo talento resultó eclipsado por una biografía pirotécnica

Caroline Blackwood.

Caroline Blackwood. / EPC_EXTERNAS

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Olga Merino
Olga Merino

Periodista y escritora

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Tanta devoción profesamos en el viejo Cadogan por la lluvia escenográfica, los sándwiches de pepino y los caserones destartalados que, arracimados en el jardín, hemos chapoteado de placer, cual piara en el lodazal, con la lectura en voz alta de ‘La anciana señora Webster’, reeditada por Alba en su colección Rara Avis. Pues eso fue su autora, Caroline Blackwood (1931-1996), un pájaro bello, extraño y volandero cuyo talento, en el periodismo y la narrativa, resultó eclipsado por una biografía pirotécnica, salpicada de amantes y maridos -entre ellos, el pintor Lucian Freud, quien la retrató en varias ocasiones-, de hijos, escándalos, juergas con la bohemia y galones de vodka. Una perla negra, lady Blackwood. Rara y vulnerable

Hija de un marqués, fallecido en combate, en las selvas de Birmania, y de una de las herederas de la fortuna Guinness, la cerveza negra como la turba de Irlanda, la autora tuvo una infancia de pobre niña rica de la que se resarció al cumplir la mayoría de edad, con locas idas y venidas para exasperar a mamá, a la que solo parecían conmover los envites en el bridge. Blackwood dejó una obra breve pero exquisita, de entre la que sobresale esta novela corta o más bien ‘memoir’, «una caja de bombones rellenos de anfetamina», según la definición de un crítico del ‘Sunday Times’, que a punto estuvo de llevarse el premio Booker en 1977. De corte gótico y pinceladas de sátira negra, ‘La anciana señora Webster’ entrelaza los perfiles de cuatro mujeres de la misma estirpe: la bisabuela, la dama del título, una efigie esculpida en azabache victoriano; la abuela que, loca de aburrimiento y desesperación, acaba creyendo en las hadas; la frívola e imprevisible tía Lavinia; y la desnortada narradora. Cuatro mujeres unidas inextricablemente por la casa grande del Ulster, Dunmartin Hall.

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Hemos gozado con los paseos en Rolls Royce por la playa de Brighton, con la criada añosa con un parche en el ojo, pero, sobre todo, con los pasajes que se desarrollan en esa mansión de la dislocada aristocracia angloirlandesa, una heredad con «la tristeza y la magia de algo intrínsecamente condenado por la altura de sus antiguas aspiraciones coloniales». Los criados y el mayordomo sirven la mesa calzados con botas de agua para sortear las goteras. Un disfrute. No se pierdan tampoco, por cierto, ‘Últimas noticias de la duquesa’, su crónica sobre Wallis Simpson, la divorciada que hizo tambalear los cimientos de Windsor.

   

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