EL LIBRO DE LA SEMANA

Crítica de 'Una mujer': duelo por la madre

Annie Ernaux decanta una verdad literaria en 'Una mujer', tras el fallecimiento por alzhéimer de su progenitora

La escritora francesa y premio Formentor Annie Ernaux. 

La escritora francesa y premio Formentor Annie Ernaux.  / CATI CLADERA

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Publicada por vez primera en Francia en 1987, la narración —no es una biografía ni una novela, sino «quizá algo entre la literatura, la sociología y la historia», se justifica la autora al final—, la obra, decíamos, arranca con un fallecimiento, el de la progenitora de Annie Ernaux (Lillebonne, Normandía, 1940): «Mi madre murió el lunes 7 de abril [de 1986] en la residencia de ancianos del hospital de Pontoise». Este camusiano inicio incardina a 'Una mujer' en la tradición de libros dolientes, surgidos de la separación definitiva, cuando la guadaña corta para siempre el cordón umbilical con el ser único que nos alumbró, un trance que ha dado hermosos frutos en las manos de Georges Simenon, Albert Cohen, Richard Ford o Soledad Puértolas; también, a su manera, en las de James Ellroy. Son obras todas que pretenden aplacar el dolor de la ausencia, ajustar cuentas imposibles con el pasado, redimir quizás una culpa, suspiraren una despedida serena o bien escrutar la figura materna, porque no siempre la convivencia estrecha implica conocimiento.

Fiel a su estilo, despojado de lo superfluo, en el puro hueso, Ernaux se propone ir en busca de una verdad literaria que «solo puede alcanzarse mediante palabras», y dibuja a la postre un grabado a punta seca de la madre, desnuda de nombre, un retrato en el que afloran —es marca de la casa— los argumentos de género y clase social. Campesina y obrera en una fábrica de margarina y en una cordelería, la madre, como la generación que vivió las fatigas de la posguerra, conoce «todoslos gestos que hacen posible a uno arreglárselas con la pobreza». La mujer, que se lava las manos antes de tocar un libro, deposita su empeño en huir de la miseria, en convertirse en la dueña de una tienda de comestibles, y proyecta en la hija la satisfacción de sus propias carencias: «Ella servía patatas y leche de la mañana a la noche para que yo estuviera sentada en un anfiteatro oyendo hablar de Platón». Tras este esfuerzo ímprobo, que acaba transformando a la hija en una pequeño–burguesa de urbanización, ya no queda espacio confortable para la madre: es una desclasada.

Experiencia íntima, memoria colectiva

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Duros de leer, por su aspereza, los fragmentos que miran de frente a la calavera, a sus cuencas vacías —el precio del féretro, el color de la tapicería, el casete de órgano que pone el cura en el magnetofón, los hastiales del hoyo—, y aquellos que desgranan el descenso a las tinieblas del alzhéimer, un terrible proceso que abordó después en 'No he salido de mi noche' (1997), también recuperada por Cabaret Voltaire hace tres años. Solo el talento de Ernaux, sabia decantadora, podría destilar así la degradación de la enferma, de todo aquel a quien la enfermedad devora: «No tenía más sentimientos que la ira y la sospecha». Una vez más, la prolífica autora francesa, galardonada el año pasado con el Premio Formentor de las Letras, emplea el humus de la experiencia íntima como caja de resonancia que eleva su eco hasta la memoria universal.