ESTRENO EN EL MALDÀ

'El silenci dels telers': discriminación femenina y resistencia en las colonias textiles

Las actrices Maria Casellas y Andrea Portella dan voz a las mujeres que contribuyeron al desarrollo industrial de Catalunya

La experiencia familiar de una de las actrices nutre un montaje inspirado en el libro de Assumpta Montellà que da título a la obra

Maria Casellas (derecha) y Andrea Portella en un momento de ’El silenci dels telers’. 

Maria Casellas (derecha) y Andrea Portella en un momento de ’El silenci dels telers’.  / CLAUDIA PORTUS

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Las colonias textiles catalanas que dejaron de funcionar en los años 80 reviven en El Maldà con 'El silenci dels telers', una obra de ficción hilvanada a partir de historias reales de mujeres que trabajaron en esas fábricas del Berguedà. Dos actrices, Andrea Portella y Maria Casellas, recorren cien años de historia en un montaje inspirada tanto en el libro 'El silenci dels telers' de Assumpta Montellà como en las vivencias de Casellas, descendiente de una familia de tejedoras que conoce bien Viladomiu Vell, Viladomiu Nou, Cal Pons, Cal Rosal, Cal Metre y Cal Bassacs.

"Mi madre, mis abuelas y sus hermanas trabajaron en muchas colonias de la zona", explica Casellas, originaria de Gironella e impulsora de esta creación con dramaturgia de Anna Maria Ricart y dirección de Ferran Utzet. Casellas interpreta a mujeres que fueron críticas con el sistema de explotación capitalista de las colonias, mientras que Portella da voz a aquellas que siempre vieron más ventajas que inconvenientes. Un debate que, según la actriz, sigue abierto. "Entonces, como ahora, la mayoría de gente valoraba la paz social y la estabilidad". 

Las colonias eran pueblos en miniatura. Los trabajadores vivían junto a la fábrica en pisos fácilmente visibles desde la torre del propietario de la empresa y desde la iglesia. "El amo y el cura lo controlaban todo". Las familias podían vivir en casas baratas, mandar a los hijos a la escuela y tener médico a cambio de cobrar sueldos bajos y de tener que ir todos los domingos a misa. "Si te adaptabas a las normas podías ser relativamente feliz. Para muchos que venían de 'pagès', su bienestar aumentó", explica Casellas. Aunque las normas fueron cambiando, enfrentarse al sistema tenía consecuencias nefastas. "Los amos expulsaban a toda la familia si uno de ellos causaba problemas. Perdían el trabajo, también la casa". 

Ellos al café, ellas al 'safareig'

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La desigualdad entre sexos estaba más que asumida. A diferencia de los hombres, que se reunían en el café, ellas acudían al 'safareig'. "La zona para lavar era su espacio. Ellos nunca entraban allí". Tampoco podían prosperar en la empresa. Los cargos de director, encargado y contramaestre eran siempre masculinos. Ellas, como mucho, podían pasar de las máquinas de hilar a las tejer. "Necesitaban sus manos pequeñas para pasar a través de los hilos y atarlos si se rompían". A partir de los 8 o 9 años una niña podía empezar a trabajar en la fábrica. "Las máquinas hacían mucho ruido y muchas acababan sordas".

Anna Maria Ricart, que visitó a antiguas colonias y se entrevistó con extrabajadoras, resume: "Era un mundo cerrado". Y aunque nos parece muy distinto al nuestro, señala: "Ahora nos hacen creer que trabajamos por gusto pero seguimos formando parte de un engranaje capitalista, controlados y con sueldos míseros, aunque creamos que somos más libres".