28 may 2020

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CULTURA DE CORONAVIRUS

Los libreros entonan el 'resistiré' con convencimiento

El desconfinamiento de la letra impresa, con ventas por encima de lo previsto, confirma las librerías como comercios de primera necesidad

Elena Hevia

Librerías en fase 0, así se preparan para la nueva normalidad. / ZML

Si algo bueno ha surgido del enclaustramiento colectivo al que nos ha sometido el coronavirus ha sido la evidencia de la necesidad de los libros. Quizá los habíamos relegado pero han surgido con potencia, situados en el centro de nuestra cotidianidad, para ayudarnos, ellos tan viejos y tan sabios, a sobrellevar inquietudes y desgracias. Leíamos los libros que teníamos en casa e inevitablemente pensábamos en quienes nos los facilitaban en la normalidad, los libreros, en especial los sufridos libreros de barrio de las pequeñas o medianas librerías siempre en el filo del abismo amenazado por los gigantes “amazónicos” que, como defiende el editor Enrique Murillo, todavía sigue siendo el “auténtico sostén del mundo del libro”.  
Con las librerías funcionando en estado de alarma, con cita previa de los lectores que ya no sabían cómo hacer frente al síndrome de abstinencia libresca (hay que recordar que las bibliotecas siguen cerradas), distancia social y con medidas de seguridad higiénica, la gran mayoría de los libreros certifica que aunque hayan tenido que recurrir a los ertes, o a los créditos del ICO, han podido salvar los trastos con bastante dignidad -tiempo habrá para hacer el recuento de los que no lo han logrado- y en muchos casos recibir oleadas de cariñoso apoyo de los fieles clientes. Porque ¿qué es una librería sin clientes fieles? 

De momento el clima es de euforia tras la mascarilla. Lo certifican en Documenta, veterana librería que ya en el 2014  logró plantarle cara a la gentrificación trasladándose de Ciutat Vella al Eixample gracias al micromecenazgo de sus clientes. Ahora, sin contar los pedidos de Llibreries Obertes, que facilitaba la compra de antemano durante el confinamiento, han aumentado sus ventas en un 32% y se han abierto un 26% de nuevas cuentas por las que los clientes pagan una mensualidad. También en +Bernat a dos pasos de Francesc Macià  brindan con cava. Los primeros días de la crisis sanitaria, la librera Montse Serrano decidió crear unos vales de apoyo traducidos en compra anticipada a través de su base de datos y un 60% de los clientes respondieron sin dudarlo hasta el punto de que la librería de Mercedes Milà (bueno, en realidad ella es solo una de los muchos socios) ha recaudado hasta un 50% de las ventas habituales.

Negocio de proximidad y humano 

Identica pasión se ha despertado en los clientes de La Carbonera, creada en regimen de cooperativa de 200 suscriptores hace dos años, por tres jóvenes alrededor de la treintena (Mar Redondo, Carlota Freixenet y Aitor Moreno) en el barrio de Poble Sec. Como dato definitorio de su vocación 'indie' sus presentaciones han llegado hasta la Sala Apolo y son muy activos en lo que respecta a una cultura de barrio comprometida y cómplice. Como el local es pequeño, estos días de fase 0 los clientes pueden entrar de uno en uno, aunque no tocar los libros. Si la cita es de un cuarto de hora, solo cabe recoger el pedido, pero si se alarga a media hora (así está establecido) ahí está la librera acompañando como ángel de la guarda. “Es decir, ejerciciendo de libreras, como hemos hecho siempre”, puntualiza Mar Redondo. Y es que, todo hay que decirlo, en las pequeñas librerías, jamás se han convocado multitudes, es un negocio de proximidad y sobre todo humano. ¿Las pruebas? “Muchos socios subscriptores nos pedían que les cobraramos por anticipado las cuentas de todo el año. Otros clientes hicieron aportaciones voluntarias. Además, los propietarios del local no solo nos rebajaron el alquiler, sino que poco antes de que se declarara el estado de alarma se gastaron un montón de dinero en libros”, cuenta emocionada Redondo.

Digitalizarse o morir 

Aseguran los libreros que de este encierro también han aprendido algunas cosas. Está claro que la utilización de las redes sociales ha sido un buen instrumento y en ocasiones, la línea que separa una librería de la vieja escuela¬ -la que gestiona y sabe bién qué libros tiene entre manos, pero solo eso, lo que no es poco- con los nuevos negocios convertidos en dinamizadores culturales. A falta de presentaciones o talleres de lecturas físicos, las librerías han aguzado el ingenio a través de presentaciones de instagram. En La Carbonera no quieren volver atrás: “Una de las nuestras señas de identidad son los actos en la librerías así que mientras esto siga no abandonaremos las recomendaciones por las redes sociales. Lo bueno de estos días es que la gente ha comprendido que si compra 'on line' a través de Libelista nos está comprando a nosotros”. 

En Tarragona ya se encuentran en fase 1, más cerca de la nueva normalidad respecto a la compra de libros. Allí la librería Adserà (junto a La Capona, una de las grandes librerías de la ciudad)  muestra menos restricciones a la hora de que los clientes toquen los libros aunque las mascarillas y el gel desinfectante sigan a la orden del día. “Nuestra web, que pudimos crear gracias a una subvención del govern, ha sido decisiva en esta crisis. Teníamos en stock unos 39.000 títulos diferentes y eso nos ha permitido ofrecer un buen servicio a través de la venta on line” explica la experimentada Gerti Adserà que sigue regentando la librería que fundaron sus padres en 1966. 

La librera Oblit Baseiria, en su coqueta librería de Gràcia, Casa Anita.  / MANU MITRU 

El subidón de estos días, las ventas, de nuevo el contacto con los lectores, no invalida que los libreros, gente tan resiliente como avispada, no piense en el futuro, cuando pasada la euforia vuelvan a encontrarse con los problemas de siempre multiplicados por diez.  A la librera Paula Vázquez de la flamante librería Lata peinada (cumplió un año en pleno confinamiento) especializada en literatura latinoamericana, se le complicaron las cosas doblemente. Poco antes del 14 de marzo se fue a Argentina con su socio para casarse allí y la crisis no le permitirá volver por lo menos hasta septiembre y mientras tanto teledirige la apertura del local desde Buenos Aires. Sus cifras de venta hablan de un 10 a 15% en ventas anticipadas, una proporción que se repite en gran parte de las librerías. Vázquez, argentina, y por lo tanto acostumbrada a las crisis, asegura que “del laberinto se sale por arriba”, en referencia a echarle narices  al gran reto de mantener una librería. “Nuestra suerte es que al ser extremadamente especializados, tuvimos una gran respuesta inicial”. 

Que compre la administración 

El arma secreta de Casa Anita, coqueta librería especializada en libro illustrado con patio interior, es su cercanía al Mercat de la Llibertad de Gràcia. Mucha de la gente que acude a comprar víveres ha visto sus puertas abiertas y aunque no se pueda entrar a fisgar, son muchos han solicitado una cita. La librera Oblit Baseiria, gran conversadora, cree sobre todo en la cercanía, de ahí que no le convenza volcarse a internet. “No es que no crea en la venta on line pero lo mío es una librería física”. El orgullo le viene de haber logrado hace cinco años que se le respetara el contrato de arrendamiento que, indefectiblemente, acabará a fines del 2020. Este plazo le ha servido para preparar la compra del local, aunque esta crisis no se lo ponga fácil. 
“Si tenemos que hablar de medidas oficiales, creo que en el sector del libro hay una que es relativamente fácil. Que el goven compre libros a las librerías con destino a bibliotecas públicas y bibliotecas escolares, así se mantiene la cadena del libro alimentando a distribuidoras, comerciales y editores para que cada uno tenga su cachito”. 

Hace unos años la revista 'New Yorker' colocaba en su portada una ilustración de Adrian Tomine en la que una mujer recoge en la puerta de su casa un paquete de libros de Amazon mientras su mirada se cruza con la del librero que está abriendo la puerta de su pequeño negocio situado precisamente debajo de su casa. La pérdida de esta cultura de barrio, de la supervivencia del pequeño comercio de calle, tan arraigado en nuestra mentalidad mediterránea, es una a enseñanza que Oblit Baseiria cree que terminaremos aprendiendo gracias a esta crisis. “Se trata de entender por qué das dinero a gente que ya tiene mucho, de pararte a pensar en la locura que supone pedirle en estos días a la plataforma que te traiga algo tan prescindible como un decantador de vino”.