22 oct 2020

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Historias

El general anófeles

El diminuto insecto, transmisor de la malaria y la fiebre amarilla, constituyó el principal enemigo de la tropa durante la guerra hispano-estadounidense de 1898

Olga Merino

El mosquito anófeles y la guerra de Cuba.

El mosquito anófeles y la guerra de Cuba. / MONRA

A partir de agosto de 1898 los barcos de la Compañía Transatlántica comenzaron la repatriación de las tropas desplazadas a Cuba, carretadas de soldados evacuados en 14 expediciones, hombres cadavéricos que arribaban a los puertos con un pie ya en el otro barrio. La revista satírica ‘La campana de Gràcia’ publicó en aquellos días una caricatura de Cristóbal Colón con un breve chiste al pie: 'En Palos comenzó y acabóse a palos', una frase que resumía el fin de la aventura colonial, el descalabro, el terrible cansancio acumulado tras años de desgaste durante una campaña en la que el tiempo y las razones jugaron a favor de la causa cubana. Sostiene el historiador Manuel Moreno Fraginals que la célebre frase pronunciada por Cánovas del Castillo poco antes de morir -“hasta el último hombre y hasta la última peseta”- prueba precisamente que los unos y las otras estaban ya en las últimas. Fue una época fea, “un tiempo de mentira, de infamia”, dejó escrito Antonio Machado.

Los refuerzos enviados desde la península no estaban hechos a la isla y caían devorados por los mosquitos -el bicho adora el calor, los climas húmedos, las aguas estancadas- a las pocas semanas de su llegada. De los 45.000 soldados españoles muertos en la guerra hispano–estadounidense, más del 90% sucumbieron a las enfermedades transmitidas por el insecto zumbón, mayormente la fiebre amarilla y la malaria. Lo cuenta el historiador canadiense Timothy C. Winegard en ‘El mosquito’ (Ediciones B), un ensayo que demuestra hasta qué punto un artrópodo diminuto, del tamaño de una pepita de uva, ha intervenido en el curso de la historia.

Si el rigor de la estación más cruda jugó a favor de los rusos en las campañas napoleónicas y durante la invasión nazi -el general Invierno, lo bautizaron-, otro tanto podría decirse del verano caribeño y sus mosquitos, convertidos en grandes estrategas: el general anófeles, transmisor de la malaria, o su excelencia el general ‘aedes aegypti’, culpable de propagar la fiebre amarilla.

Escribe Winegard que, a finales de junio de 1898, cuando los norteamericanos desembarcaron en Cuba -aguardaron a que la breva estuviese madura para intervenir-, solo el 25% del contingente español de 200.000 soldados estaba en condiciones de combatir a consecuencia de las picaduras envenenadas. Y cómo escuecen, las condenadas. Son las hembras las que pican, mediante un asombroso engranaje de mecánica biológica, según el cual, en apenas diez segundos, perforan la piel, succionan la sangre e inyectan anticoagulante. Los machos no tienen más interés que el néctar y el sexo.

De las Antillas también procedía el ‘El gran turco’, el barco que, en pleno apogeo del comercio colonial, fondeó en el puerto de Barcelona el 17 de junio de 1821 con la tripulación enferma y una carga letal en las bodegas: una epidemia de fiebre amarilla, también conocida entonces como el ‘vómito negro’, causante de 6.244 víctimas en una ciudad de 100.000 almas. Las hembras solo necesitan el agua que cabe en el cuenco de las manos para depositar sus huevos.

Los mosquitos han acompañado a mercaderes, viajeros y militares desde que el mundo es mundo, y conforman, según Winegard, la especie más exterminadora jamás conocida: 52.000 millones de personas muertas desde que la luz se apartó de las tinieblas. Han encontrado mosquitos fosilizados en una gota de ámbar con sangre de dinosaurio infectada de malaria en la tripita. Quizá el cuento de Monterroso debería contarse de otra forma: 'Cuando despertó, el mosquito todavía estaba allí'.