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CRÓNICA DE MÚSICA

Vladimir Ashkenazy ilumina el Auditori

El legendario músico ruso dirigió a su compatriota Boris Belkin en Prokofiev

Pablo Meléndez-Haddad

El director Cladimir Ashkenazy

El director Cladimir Ashkenazy / KEITH SAUNDERS

La temporada de la OBC en l’Auditori continuó contando con el legendario pianista y director Vladimir Asheknazy en el podio al mando de un gran violinista de una generación posterior, el ruso Boris Belkin. En los atriles, el emblemático 'Segundo Concierto para violín y orquesta' de Prokofiev, estrenado en Madrid con la Sinfónica de esa ciudad y bajo la dirección de Enrique Fernández Arbós. Todo un reto en el repertorio para violín y orquesta y en el que Belkin consiguió un gran triunfo.

El programa se abrió con los enigmáticos 'Valses Pushkin', también de Prokofiev, interpretados con humor y sentido del ritmo, con una OBC entregada ante el venerable maestro que, con 82 años, demostró buen pulso, claridad en el gesto y suficiente energía.

Boris Belkin introdujo la obra de su influyente compatriota con un sonido brillante y de exquisita afinación, características constantes durante toda su interpretación, siempre cuidando la especial y fracturada línea melódica de este Prokofiev que desconcierta por su factura, a ratos todo pasión y en otros pura experimentación. Belkin se movió con soltura en ambos mundos y si en algunos pasajes del último movimiento –en el que las melodías de solista y 'ripieno' van al unísono– no todo estuvo siempre en su lugar, las aguas volvían rápidamente a su cauce gracias al golpe de batuta del maestro, permitiéndole al solista la comodidad suficiente como para explayarse en el discurso más virtuoso. A pesar del éxito, no hubo propina, sobre todo porque la pieza de Prokofiev no acaba en una explosión efectista.

La famosa 'Pavana para una infanta difunta' de Ravel abrió la segunda parte en una sólida versión, decorada eso sí con una nota terrible de la trompa rápidamente superada ante una lectura en general cuidada y muy matizada. El final de fiesta llegó con esos “esbozos orquestales” que fue como Debussy llamó a esa sinfonía breve e inmensamente bella que es 'La mer'. La obra, complemento ideal de la 'Pavana' raveliana, llegó servida entre algodones, muy bien defendida por una OBC dúctil, maleable, brillante Ashkenazy consiguió crear esas atmósferas tan necesarias en el lenguaje del compositor francés, en un incesante juego de colores orquestales.