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CONCIERTO EN LA CATEDRAL

Un Luis Pastor vibrante en una acogedora Mercè

El cantautor desplegó su canto dulce y su verbo comprometido en un sugerente recital en el que lamentó que el Madrid oficial no le deje cantar

Jordi Bianciotto

El cantante Luis Pastor, en la Avenida de la Catedral.

El cantante Luis Pastor, en la Avenida de la Catedral. / Jordi Cotrina

Pisar el escenario de la avenida de la Catedral activó la máquina de la memoria a Luis Pastor, cuya carrera discográfica comenzó en Barcelona a principios de los 70, acogido por el sello Als Quatre Vents. “En Madrid no nos querían grabar, como ahora no nos dejan cantar”, espetó el cantautor levantando aplausos acogedores. “Parece mentira que pasen los años y vivamos situaciones que se repiten”, añadió en alusión al reciente veto político a su recital en el barrio madrileño de Aravaca (donde terminó actuando pese a todo, y entre multitudes, en un festival organizado por las asociaciones de vecinos).

Voz de convicciones innegociables y canto dulce, con hondura y sensualidad, Pastor tuvo suficiente con poco más de una hora para meternos en su mundo hecho de memoria obrera, bálsamo poético y amplios horizontes, con vistas al Atlántico y la lusofonía. Si bien en los 80, en su anterior recital ante la Catedral, vino ampliamente acompañado, “ahora ya no tenemos bandas”, nos hizo saber, pero él es de los que hacen arte con casi nada: su misma caja torácica, que usó como percusión sorda en la primera canción, ‘Mariposa de noviembre’.

En primera persona

Ante todo, el recuerdo a los orígenes, a la caravana de la pobreza que le trajo de Berzocana, Cáceres, a Madrid, en el sentido recitado del poema ‘De un tiempo de cerezas’, y la autobiográfica ‘Soy’, con fragmentos en catalán yunaestrofa puesta al día: “Yo también / comí queso amarillo / bebí leche en polvo / y canté el ‘Cara al sol’… ¡como los de Vox!”. Lourdes Guerra, “alma y musa”, se le sumó con esa segunda voz que es como un eco hospitalario, así como una segunda guitarra, la de Álvaro Navarro, del grupo de Pedro Pastor, el hijo de Luis.

Es como si tras escribir su libro de memorias en verso, ‘¿Qué fue de los cantautores?’ (2017), Luis Pastor si se sintiera de nuevo cerca de aquel crío crecido en un mundo de “mano de obra barata”, y del muchacho que hará casi 50 años vino a cantar “a una parroquia obrera de Santa Coloma reventada de inmigrantes”. Le duele que toda aquella memoria quede en nada, ahogada por los cambios de paradigma. “Hemos olvidado quienes somos”, lamentó. “En las escuelas no estudian ni la República, ni la Guerra Civil, ni el franquismo, ni el posfranquismo, ni la Transición… Y hay cuatro o cinco generaciones que van a ser utilizadas por el populismo y la demagogia”.

Simpatía portuguesa

Cantautor como los de antes, o los de siempre, habló casi tanto como cantó, y sus músicas calaron en un recinto abarrotado con la delicadeza de ‘Aguas abril’ y las citas aquel alto ciclo de álbumes que en 1996 abrió su disco-libro ‘Diario de a bordo’, editado por ‘El Europeo’. “Ahí fue donde aprendí a contarme y a escribirme”, confesó. La violoncelista Tamara Gómez se le unió en ‘Lluvia de mayo’, que en su día cantó Dulce Pontes, y en ‘Tiempo y silencio’, que adoptó Cesária Évora.

Luis Pastor, en la senda de la cultura portuguesa (el guiño a Saramago de ‘En esta esquina del tiempo’) pero capaz de parodiar el alma madrileña en ‘Dama cañí’, un chotis que haría sonreír a Javier Krahe. Al fin y al cabo, en su juventud se sintió “más vallecano que extremeño”, reveló, y de ahí salió un ‘Vengan a ver (Vallecas 75)’ a tumba abierta, ‘bluesy’ y alzando el tono. Y aunque el tiempo apremiaba (“me he pasado diez minutos”), pudo despedirse con ‘En las fronteras del mundo’, un reggae soleado, cantando a las penas, a los “esclavos del nuevo siglo / obligados al destierro”, con buen humor y rubricando un regreso victorioso a esa Barcelona a la que tantas cosas le unen.