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EGIPTOLOGÍA

El CSI de las momias

El egiptólogo Oliver Gauert investiga los cuerpos momificados y sus microorganismos para aplicar los resultados a la medicina actual

El experto del museo arqueológico alemán de Hildesheim empieza a colaborar con el Museu Egipci para estudiar los cuerpos del centro barcelonés

Anna Abella

La momia del faraón Ramsés IV, conservada en El Cairo.  / AFP

La momia del faraón Ramsés IV, conservada en El Cairo. 
El experto en momificación Oliver Gauert, este verano en el Museu Egipci de Barcelona, ante una de las momias del centro. 

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Sus manos enguantadas han inspeccionado con absoluto cuidado más de 40 momias, y sus conocimientos y estudios no se restringen solo a la fascinación que destilan históricamente las del Antiguo Egipto sino que tan pronto cita las peruanas como recuerda el caso de Ötzi, ‘el hombre de hielo’, como cuenta que las chinas son las mejor conservadas, descubre las guanches de los aborígenes canarios (muy semejantes a las egipcias) o evoca la horrorosa muerte por tuberculosis que sufrieron en el siglo XVIII las halladas en una cripta católica húngara. Oliver Gauert es egiptólogo y experto en momias del museo arqueológico Roemer-und Pelizaeus de Hildesheim (Alemania), donde comisarió la exposición itinerante ‘Momias del mundo’ y dirige un proyecto de investigación con el que ahora colaborará para estudiar las que se conservan en el Museu Egipci de Barcelona y cuyos resultados podrían nutrir una futura exposición en la ciudad. 

Bacterias no resistentes a los antibióticos

La ciencia de las momias no es solo un viaje "al pasado de los muertos" sino, señala, invertir en "el presente y el futuro de los vivos", pues para él es tan interesante descubrir cómo murió, cómo vivió, qué salud tenía y cómo era la sociedad de una momia, como los microorganismos que habitan aún en ellas, causa de enfermedades y de los que se puede extraer información para la medicina moderna. "Las enfermedades infecciosas son hoy el más grande problema del mundo junto con el cambio climático –avisa Gauert, que este julio ha impartido un curso de verano en el Egipci-. Según la OMS, cada año mueren 700.000 personas por la resistencia a los antibióticos y la estimación es que en 5 años la cifra aumente a 7 millones". Por ello, su equipo multidisclipinar pone especial énfasis en estudiar "los microorganismos de las momias, que son de una época en la que, como no había antibióticos, no habían aún desarrollado resistencia a los mismos. Podemos extraer la secuencia de ADN de esas bacterias y compararla con patógenos contemporáneos para reconstruir cómo se hicieron resistentes y contrarrestar o invertir el proceso".   

El experto Oliver Gauert, este verano ante varias de las momias del Museu Egipci de Barcelona / JOSEP GARCIA

Es en el Museu Egipci donde Gauert ha empezado a estudiar, vía tomografía computerizada, una momia con el cráneo fracturado (habrá que esperar, avanza, para saber si fue por un accidente o resultado del mal trabajo de los embalsamadores, y también para conocer su sexo). De todas las que ha analizado en su carrera, es la única que conservaba en su interior el corazón, revela. "Es raro. Para ellos era un órgano importante, pero en la momificación, los egipcios extraían los órganos internos y los guardaban en los llamados vasos canopos. Sin embargo, a principios del siglo XX a la mayoría de descubridores y coleccionistas solo les interesaba el recipiente y tiraban las vísceras a la basura... Hay pocos con contenido. Y como la mayoría de enfermedades se manifiestan en los órganos, en muy pocos casos es posible reconstruir cómo murieron esos egipcios momificados. No podemos saber si uno tenía cáncer de pulmón si no tenemos su pulmón". En otras civilizaciones, añade, sí han hallado pruebas de que el cáncer o la arterioesclerosis eran males tan comunes como lo son hoy. 

El niño de la columna quebrada

Más claro está si la causa de la muerte es un trauma, como el que presentaba la momia de un niño egipcio. "Le faltaba el brazo derecho y tenía la columna vertebral quebrada. Podemos teorizar si pudo ser víctima de un animal, que solo pudo ser un cocodrilo o un hipopótamo. El primero se lo habría comido entero y el segundo lo habría aplastado con su cuerpo. Así que nuestra teoría es que lo atropelló algún carro".

Un científico estudia la momia de Ötzi, 'el  hombre de hielo'.  / Ap

Traumática, pero intencionada, fue la muerte de Ötzi, que vivió hace más de 5.000 años y fue hallado en el hielo de los Alpes. "Es la momia más explorada del mundo. Se encontró un trozo de flecha en la espalda, pero si no hubiera muerto por eso lo habría hecho días más tarde de un ataque al corazón -aventura-, porque sabemos que tenía una arterioesclerosis progresiva en las arterias coronarias". Se ha podido, explica, hasta reconstruir por ordenador sus movimientos y su voz "gracias a las mediciones de los componentes cartilaginosos de la laringe".  

"Como los egipcios extraían los órganos internos en la momificación es difícil reconstruir cómo murió la mayoría: no podemos saber si uno tenía cáncer de pulmón si no conservamos el pulmón" 

Los investigadores pueden "saber si un humano pasó mucho tiempo al lado del fuego, si estaba mucho al aire libre o bajo techo, si trabajó duramente…". No fue el caso de la momia guanche de una mujer. "Tenía 30 o 40 años y no mostraba ninguna degeneración en la columna, lo que indicaba que en esa sociedad canaria había mujeres que eran excluidas del trabajo duro".   

"Comparable a un muerto actual por lo bien conservados que están sus órganos internos" es la momia de otra mujer, china, de unos 50 años y que vivió hace 2.000. "Se la conoce como Lady Dai. Fue enterrada en una pirámide invertida con el pico sobre su cuerpo, y la base de la pirámide es la superficie del suelo. En su estómago se encontraron semillas de melón, que solo necesitan una hora de digestión, así que sabemos que comió melón una hora antes de morir", revela. No tuvo mucha suerte: "Tenía una enfermedad de la vesícula biliar, la comida hizo que una de las piedras biliares bajara hasta el duodeno causándole mucho dolor, el colapso de los vasos sanguíneos y un ataque al corazón". 

Estudio de la Dama de Kemet, una de las momias del Museu Egipci / FERRAN NADEU 

Pero Gauert siente debilidad por la historia de Idu, un egipcio de la dinastía VI, hace 4.200 años, alto funcionario del faraón Pepi II, a quien en el museo Hildesheim reconstruyeron la cara y casi toda su biografía. "Descubrimos que era el responsable de organizar la importación de madera en barcos, era alguien importante. Era diestro, tenía escoliosis y era poco deportista", explica tras ver cómo sus músculos alteraron sus huesos. "Su cuerpo también desveló que comía poco, algo normal en las clases bajas, con lo que quizá ascendió socialmente. Pero creíamos que eso era imposible en esa época. Así que, o ascendió o bien la clase alta no tenía suficiente para comer".   

TCs y holografías

Las modernas técnicas científicas ya no ponen en peligro las momias, celebra el egiptólogo. "Hoy ya no abrimos o cortamos una momia como se hizo durante años. Por eso la mayoría están destruidas. Ahora usamos tomografías computerizadas (TC), la técnica de la estereotaxia o incluso la holografía, que permiten prácticamente hacer una autopsia sin tocar la momia, ver cada órgano, la musculatura, los huesos, las arterias y venas…". Han sobrevivido miles de años: "Debemos conservarlas".        

¿Objetos o personas? El debate ético 

¿Qué pensaría un antiguo egipcio si viera su cuerpo momificado hoy expuesto en un museo o manipulado y desvendado por sus descubridores para descubrir sus secretos? El debate ético sobre el respeto a los cuerpos de los difuntos está vivo entre los arqueólogos y científicos, admite el egiptólogo y experto en momias Oliver Gauert. "Hay quien dice que son objetos y que todo vale para estudiarlos. Otros, que no se puede tocar ninguna momia porque son personas. Yo también creo que eran personas y que tienen todo el derecho a que se trate sus cuerpos con respeto -considera-. Pero asimismo opino que como no podemos preguntar a esos difuntos podemos tratar de imaginar cuál habría sido su deseo y usar para ello nuestros conocimientos de su sociedad de origen".


Y pone ejemplos. "Lo más importante es tratar las momias con dignidad, no como objetos sino como sujetos. Los egipcios momificaban a sus muertos para evitar que fueran olvidados y si exploramos las momias, contamos su biografía y repetimos su nombre, perpetuamos su figura y hacemos exactamente lo que ellos querían lograr, esa inmortalidad", explica, puntualizando que debe hacerse con técnicas no invasivas. 


"En la cultura inca de Perú -continúa- no escondían sus momias en tumbas sino que las tenían en casa y las exhibían en las calles porque creían que debían participar del mundo de los vivos. Si pudiéramos preguntarle a un inca creo que diría 'exponme, no quiero ser olvidado'".


En cambio, en Nueva Zelanda es lo contrario. "En el siglo XVIII y principios del XIX hubo mucha demanda de cabezas momificadas como trofeo por parte de europeos, sobre todo coleccionistas ingleses, que llegaron a tener hasta 20 o 30. Mataban a gente para obtenerlas y venderlas. Evidentemente esas víctimas no deseaban ese final. Y, lógicamente, sus descendientes reclaman que no sean expuestas y que sean devueltas a Nueva Zelanda".   


Los católicos, concluye Gauert, no son muy partidarios de que se moleste a sus muertos. Pero está el caso de unas momias en una cripta de una iglesia en Hungría, en la ciudad de Vác, muy bien conservadas por las condiciones ambientales. "Se descubrió que habían muerto de tuberculosis y se halló el diario de uno de ellos, un profesor que escribió que le habría gustado poder hacer cualquier cosa para evitar a otras personas la agonía de aquella muerte horrible que él estaba sufriendo".