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CRÓNICA DE DANZA

El Mariïnsky ilumina Peralada

Pablo Meléndez-Haddad

Ballet del teatro Mariinski, la noche del jueves en Peralada. 

Ballet del teatro Mariinski, la noche del jueves en Peralada.  / SHOOTING / MIQUEL GONZÁLEZ

La noche del Empordà y de la Costa Brava ha vuelto a cubrirse de estrellas, esta vez de las del Ballet del Teatro Mariïnsky de San Petersburgo que anoche inauguró con éxito la 33ª edición del Festival Castell de Peralada gracias a una conseguida versión coreográfica de Ilya Zhivoi inspirada en los populares conciertos barrocos de Vivaldi, las ‘Cuatro estaciones’, tamizados eso sí por la música electrónica de Max Richter. Antes de que se levantara el telón tanto el público como los selectos invitados al arranque de este certamen en el que la danza, la lírica y la música clásica tienen una presencia fundamental, compartieron con los anfitriones, la presidenta de la Fundación organizadora, Isabel Suqué Mateu, y del director del evento, Oriol Aguilà.

A la función inaugural acudieron representantes del mundo de la cultura, la política y la empresa, encabezados por Albert Bramon, subdelegado del Gobierno en Girona; Xavier Cester, director del área de Música del Institut Català d’Industries Culturals; Jaume Fabrega, presidente de la Cambra de Comerç de Girona; Miquel Noguer, presidente de la Diputació de Girona; Àngels Ponsa, directora de Cooperación Cultural de la Generalitat, además de los alcaldes de Peralada, Figueres y Roses y de representantes del Parlament de Catalunya.

Potencia y delicadeza

El Ballet del Mariïnsky una vez más dejó claro su absoluto dominio estilístico, aun cuando esta coreografía de Ilya Zhivoi –uno de los jóvenes coreógrafos de cabecera de la compañía rusa– no es el típico ballet blanco clásico que podría esperarse de esta entidad, conocida durante décadas como Ballet del Kirov, sino una pieza moderna, neoclásica, con puntas pero que incorpora un lenguaje contemporáneo y hasta atrevido y que se acopla a la perfección a la partitura versionada por el compositor británico Max Richter, de carácter ‘minimal’, con sugerentes texturas contemporáneas y de un férreo control rítmico que se escuchó en una banda sonora grabada. La propuesta, a nivel dancístico, combina la fuerza y el poderío de la escuela rusa de ballet con una gran sutileza en los detalles expresivos y en la gestualidad, ya que los bailarines, de acrobáticos cuerpos, también proyectaron una gran capacidad dramática.

Los miembros de la compañía –un cuerpo de baile de ocho bailarines, incluyendo a la suiza de ascendencia española Laura Fernández– estuvieron encabezados en esta ocasión por una impresionante Ekaterina Kondaurova y por un eficaz y atlético Roman Belyakov; todos brillaron por su solvente dominio técnico, con un gran trabajo en piernas, torso y brazos, con giros impecables y un gran trabajo de parejas. Aunque la obra –sin un hilo narrativo concreto– convenció por su estructura, por la espontánea sencillez con la que interpreta y arrancó calurosos aplausos, a las 'Estaciones' de Zhivoi, sin embargo, se les echó en falta momentos de particular brillo teatral, de algunos clímax como colofón que hicieran vibrar al público y que estructuraran el discurso que, por su brevedad, nunca alcanza a caer en el tedio.

El moderno vestuario de Sonya Vartanyan ayudó a dibujar los cuerpos de estos auténticos atletas de la danza neoclásica, incluyendo unos gráciles tutús que aportaban plasticidad. La propuesta teatral, con una simbólica escenografía del propio Ilya Zhivoi, contó con el adecuado apoyo de los diseños de iluminación de Konstantin Binkin, vital para ayudar a crear atmósferas y para resaltar, más todavía, la línea de los cuerpos de los intérpretes. La elongación de los solistas, la poesía visual del montaje, la fuerza de la pareja protagonista y la evidente metáfora de la vida reducida a estas ‘Cuatro estaciones’ acabaron de convencer a un público con ganas de disfrutar.