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TESTIMONIO DE LA GUERRA CIVIL Y LA POSGUERRA

Memoria viva de los campos de concentración de Franco

A sus cien años, el barcelonés Josep Sala ofrece su testimonio como prisionero republicano para que "aquel horror no vuelva a pasar"

Superviviente de la guerra, cayó preso en enero de 1939 y ha aportado su testimonio al ensayo 'Los campos de concentración de Franco'

Anna Abella

Josep Sala, a sus 100 años, este viernes en Barcelona. 

Josep Sala, a sus 100 años, este viernes en Barcelona.  / JORDI COTRINA

Día 3 de enero de 1939. Josep Sala aún no ha cumplido 19 años. Es sanitario del Ejército republicano. Comparte trinchera con un capitán, al lado de Cubells, un pequeño pueblo de La Noguera, en el Montsec (Lleida). De repente aparecen soldados del bando nacional y apuntan con un arma al capitán. “Pensé que primero lo matarían a él y que luego me dispararían a mí. Pero entonces vino un brigada y dijo ‘¡Alto! Bastantes muertos hemos tenido ya hoy’”. Aquel día Josep Sala, nacido en la calle del Hospital de Barcelona, en pleno Raval, y que hoy a sus cien años conserva una memoria envidiable y privilegiada, se convertía, tras nueve meses en el frente, en uno de los cerca de un millón de prisioneros de los 296 campos de concentración que Franco fue improvisando por toda la península durante la guerra civil.

Aquel día se salvó de ser fusilado. “Suerte que poco antes de que me capturaran hice un agujero en la tierra y escondí el carnet del PSUC. No es que lo fuera pero mi hermano me había aconsejado que me afiliara”. Y empezó su vía crucis. “‘Para ti se te ha acabado la guerra’, me dijo un soldado antes de quedarse con mis botas y darme unas alpargatas”, evoca. “Nos metieron en vagones de ganado de tren. Íbamos hacinados, 40 en cada vagón, no podíamos ni sentarnos. Sin comida ni agua. Tardamos dos días en llegar a Miranda de Ebro, en Burgos. Pero en ese campo solo paramos y seguimos hasta el de Santa Ana, en León, que era un pequeño matadero”. 

"Éramos parias"

Sentado ahora cerca de su hija Montse, recuerda cómo se vieron obligados a hacer sus necesidades por una rendija del vagón, en los gorros de algunos y al final en un rincón. Unas condiciones higiénicas que se repetirían en Santa Ana y luego en el campo de San Marcos, donde no había letrinas suficientes. “Éramos parias. No teníamos nombre ni número”.

«Yo no vi fusilar a nadie. Pero de noche venían con las listas de los denunciados, les llamaban por el nombre y no volvías a verlos», evoca de las ‘sacas’

Sala continúa con su testimonio flanqueado por el periodista Carlos Hernández de Miguel, quien recoge su experiencia en el exhaustivo ensayo de investigación ‘Los campos de concentración de Franco’ (Ediciones B). “Nos obligaban a cantar en el patio el ‘Cara al sol’ una y otra vez y los curas nos decían que no teníamos nada que temer nada si éramos buena gente y no teníamos las manos manchadas de sangre. Yo no vi fusilar a nadie pero de noche venían con unas listas y llamaban por el nombre a algunos. Eran los que habían denunciado. Se los llevaban y no volvías a saber de ellos. Hubo muchas denuncias, sobre todo en pueblos pequeños, donde todos se conocían”, explica sobre las temidas ‘sacas’. 

“En la guerra no tenía miedo a morir, si mueres ya está, se acabó. Pero sí a que me hirieran, no quería perder un brazo o una pierna”, confiesa poniéndose en el pensamiento del chaval que fue, antes de recordar que “en la guerra, o matas o te matan”, sin explicarse cómo esquivó más de una bala, incluso de fuego amigo.  

En San Marcos, un cucharón aguado con patatas, un trocito de chocolate por la noche, mejunjes que les provocaban disentería, palizas con vergajos -“Yo me libré. Y no me puse nunca enfermo”, sonríe-, el miedo a La Carbonera (donde encerraban y torturaban a algunos presos), el hacinamiento... 

Muertos sobre sacos

“Había 15 claustros. Al llegar vi que si me quedaba en uno, durmiendo en el suelo en enero, con lluvia, en León... me moriría de frío, así que me colé y logré meterme en la Iglesia. Dormíamos como sardinas. No podías darte la vuelta porque estábamos encajados. Si tenías que ir a las letrinas pisabas al resto”. Y apostilla: “Desde allí cada día veíamos cómo sacaban a los que habían muerto sobre unos sacos. Cuando eres joven te acostumbras a todo. Creo que yo aguanté por la juventud”.

A finales de marzo su familia logró enviar el aval exigido por Franco para ser liberado. Debía ir firmado por alguien afecto al régimen que respondiera por él (fue un amigo de su tío que era representante de una marca de cava y le conocía desde los 15 años). Salió del campo en abril pero ahí empezó otra estación del vía crucis pues, como otros miles de liberados, fue destinado a los batallones disciplinarios de trabajadores y tras pasar por A Coruña, Sevilla y Málaga acabó en Argelia. “Al principio era peor que los campos: trabajos a pico y pala a 53 grados bajo el sol, hambre, maltrato…”. Allí pasó cuatro años, hasta 1942, con algún permiso. Tras volver a Barcelona, sin embargo, en plena segunda guerra mundial, estuvo año y medio movilizado en el cuartel de Lepanto. 

“Quiero que mi memoria y mi testimonio sean un homenaje a toda la gente que sufrió tanto, no solo en la guerra y los campos sino también en la posguerra. Para que no vuelva a pasar –dice con voz contundente y sin acritud-. Fue horrible. No entiendo hoy a los políticos, no entiendo tanta crispación. ¡Pero si todos somos personas!”.