LIBRO DE LA SEMANA

El peso muerto de los vivos

En su nuevo libro de relatos, Ruiz Sosa sigue catografiando un mapa de las emociones íntimas

Una imagen del cementerio de Montjuïc, en Barcelona. 

Una imagen del cementerio de Montjuïc, en Barcelona.  / RICARD CUGAT

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¿Cómo habría que explicar el vacío, lo que queda, los restos del naufragio? ¿De qué modo un escritor podría dar cuenta del peso que dejan los muertos para los vivos? ¿Cómo nombrar la ausencia? ¿Qué significados convoca la vejez? ¿Cuánto de los muertos queda en sus objetos cotidianos? ¿Qué papel, si cabe, debería jugar en todo ello la melancolía por lo definitivamente perdido? ¿Es literariamente posible nombrar el intersticio que conecta la vida y la muerte, la presencia de lo que no está y de aquello que está latente? ¿Existe un lenguaje para la muerte? ¿Es el desasosiego una interrogación metafísica mortífera?

Tras ese libro portentoso que fue 'Anatomía de la memoria' (2014), y que aquí aplaudimos a rabiar,'Anatomía de la memoria' Eduardo Ruiz Sosa (Culiacán, México, 1983) vuelve sobre aquellos meandros que ahora convierten "la memoria de una incompleta felicidad"en esas preguntas que en 'Cuántos de los tuyos han muerto' se formulan con una sobriedad estilística más que notable y que ya es marca de la casa. ContinúaRuiz Sosa cartografiando un mapa de las emociones íntimas con un lenguaje situado en el vórtice de un esplendor comedido, pero poderosísimo. Y una tendencia continuada por el feliz aforismo: "... pensar en la ceguera como en una forma de ver lo invisible del mundo".

Texto especular

Los once cuentos que componen este libro pueden leerse como un solo cuento. Nótese el orden interno que visto en su conjunto sitúa al lector en una suerte de texto especular y de continuas aristas que configura un espacio donde un cuento encuentra su configuración más completa -y más compleja- en la lectura de otro. Se facilita de este modo la construcción mental de un libro como si fuera una caja de resonancia. Y esto porque tanto aquella primera novela como este libro de cuentos pueden ser leídos como un texto de largo aliento poético. Sucede porque en aquella primera novela como en este libro de cuentos la vida que se cuenta, aquello que Ruiz Sosa llama "la experiencia", está en otra parte.

La vejez, los recuerdos o la muerte configuran los intersticios de “los hechos” que a menudo se sitúan en un espacio de extrañamiento, la escritura convertida en “la consistencia del pasado como una premonición nunca dicha”. Estos cuentos son capaces de reformular la “variedad de lo perdido” dilatando el tiempo interno de la narración diseminando para ello una fecunda imaginería continuada por lo perdido y se leen como un misterio que siempre está latente, una suerte de suceso extraño que se configura gracias a estructuras recurrentes, dobles sentidos, evocaciones y analogías que tratan de decir que “la muerte domestica”, que no cabe vivir una vida “al margen de la muerte”.

Sobrevive en este libro una experiencia que tiene que ver con lo que se abandona, con aquello que parece perdido irremediablemente, una suerte de inercia constante por alcanzar el tiempo exacto donde la ausencia se configura como un espacio en el que no “hay salvación posible, como si la falta fuera indispensable en la muerte en el cuerpo de lo perdido somos lo que se enferma y hace falta".

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