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DISTINCIÓN

Mario Cuenca Sandoval al rescate de Olivier Messaien

Su novela 'El don de la fiebre' ha ganado el Ciutat de Barcelona, en la categoría de Literatura en Castellano

Elena Hevia

Mario Cuenca Sandoval, este lunes en Barcelona. 

Mario Cuenca Sandoval, este lunes en Barcelona.  / DANNY CAMINAL

A veces los premios nos regalan la posibilidad de encontrarnos con un autor alejado de las grandes promociones, más atento a su trabajo -a la vez secreto y ambicioso- que al propio mercado. Es el caso del Ciutat de Barcelona que ha puesto el foco en Mario Cuenca Sandoval, nacido en Sabadell hace 44 años, pero crecido y formado en Andalucía. La novela galardonada, ‘El don de la fiebre’, que Seix Barral publicó la pasada primavera, está también en sintonía con esa cualidad de escritor riguroso y exquisito, y pone en el centro de su trama la biografía novelada del compositor francés Olivier Messiaen, uno de los grandes nombres de la música clásica contemporánea, empeñado en transcribir el canto de los pájaros, y un hueso duro de roer para los amantes de la armonía y la melodía. Es decir, para el común de los mortales. El francés fue también, y sobre todo, un hombre de fe que intentó encajar su figura en la de San Francisco de Asís, a quien dedicó una ópera en la que trabajó durante casi un década.

Cuenca Sandoval, agnóstico convencido, llegó a él por una carambola. Intentaba escribir sobre la sinestesia, una rareza neurológica que hace que percibas colores asociados a la música. Messiaen se jactaba de disfrutarla. "En un momento dado me vi escribiendo sobre él y preguntándome qué rara fascinación despertaba en mí un tipo ideológicamente tan distinto a mí, alguien tan conservador y religioso", se preguntó el autor en sus inicios. Pero Messiaen es también -y eso es un pozo de petróleo para cualquier escritor- un nido de contradicciones, porque el buen burgués que durante 60 años actuó como organista en la Iglesia de la Trinidad de París fue también uno de los creadores más vanguardistas y rupturistas. Si al principio los fieles domingo tras domingo no podían asumir aquellas disonancias, finalmente acabó convertido en una atracción turística.

Nacido en 1908 y fallecido en 1992, la vida del compositor le sirve a Cuenca Sandoval para colocar los grandes hitos del siglo XX en el telón de fondo del relato. Pero hay un momento en el que el personaje y la gran historia se hacen inseparables. Fue durante la segunda guerra mundial en el barracón número VIII-A, del campo para prisioneros alemán de Görlitz, donde el autor, un recluso más, escribió y pudo estrenar junto a tres compañeros su mítico ‘Cuarteto para el fin del tiempo’ tras haber hallado la protección de un oficial nazi (ese tipo de amistad que hemos visto tantas veces en ficciones bélicas).

Construcción del propio mito 

El libro, que reproduce en cierta forma la estructura rítmica de Messiaen, sigue los vaivenes contradictorios del músico, empeñado en crearse un aura de santidad cuando en privado fue particularmente mezquino con sus dos esposas. "Messiaen construyó su propio mito, apuntalándolo en unos episodios supuestamente milagrosos. Llegó a decir que aprendió a leer música él solo cuando tenía 7 años, lo que es falso porque tuvo profesores. También exageró con el público del estreno de su obra en el barracón de prisioneros. Allí no cabían más de 400 personas y él llegó a decir que eran 5.000 y al final de su vida, 20.000". Más sombras. Cuando regresó a París, consiguió una plaza en el conservatorio gracias a la depuración de profesores judíos y se negó a ayudar al padre del clarinetista judío Henri Akoka (uno de intérpretes originales del cuarteto) que murió en un campo de concentración. "En los últimos tiempos en Francia hay una revisión de su figura, en la que se destaca su papel timorato frente a los alemanes. No rechazó a los judíos explícitamente pero sí evitó su contacto para no ponerse en riesgo".

Hay aspectos del viejo músico, con una fe inquebrantable en su trabajo pese a la incomprensión circundante, en los que Cuenca Sandoval, con todo, se siente identificado, algo que expresa muy bien su prosa emocionante y exaltada. "Creo que en mi obra hay una preocupación por la búsqueda de la trascendencia, aunque esta no sea religiosa. También me reconozco en el ensimismamiento que produce la creación". El escritor se detiene a pensar si realmente Messiaen es para él un personaje simpático pese a su mezquidad. ¿Le cae bien?  "Por momento siento compasión".