GALARDÓN INSTITUCIONAL

La poeta Francisca Aguirre gana el Nacional de las Letras Españolas

La autora alicantina pertenece por edad a la generación de los 50 pero solo ha sido reconocida en los últimos años

Francisca Aguirre, en una imagen de archivo.

Francisca Aguirre, en una imagen de archivo.

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Elena Hevia

Lamentablemente la poeta Francisca Aguirre (Alicante, 1930), ganadora del Premio Nacional de las Letras Españolas, necesita presentación. Felizmente, a ella no le importa. Porque aunque escribió su poesía calladamente a la sombra de un poeta con mucho más reconocimiento (que no valía), Félix Grande, fallecido en el 2014, no lo ha hecho por obtener honores, sino por “una necesidad íntima de escribir”. Como tantas mujeres de su generación dedicadas a la creación, antepuso la familia a la publicación, de ahí que su primer poemario ‘Ítaca’ esté datado en 1971, cuando recibió el Premio Leopoldo Panero.

Además la siguiente década, la de los 80 no fue demasiado fructífera para ella. Fue bien cumplidos los 60 años cuando empezó a publicar continuadamente y ha sido en los últimos años cuando, con sus obras traducidas al francés, italiano, portugués y árabe, ha tenido un reconocimiento más amplio que ahora culmina con el premio del ministerio de Cultura, dotado con 40.000 euros. La distinción le llega, a los 87 años, siete después de haber logrado el Nacional de Poesía con su poemario ‘Historia de una anatomía’.

El jurado, presidido por la también poeta Olvido García Valdés, directora general del Libro y Fomento, ha destacado la obra de esta autora “por estar su poesía (la más machadiana de la generación del medio siglo) entre la desolación y la clarividencia, la lucidez y el dolor, susurrando más que diciendo palabras situadas entre la conciencia y la memoria”. Paca, como todo el mundo la conoce, se mostraba este martes muy alegre y en declaraciones a EFE aseguraba que Antonio Machado es para ella “el primero entre los dioses literarios”. Su método confeso para levantar el ánimo frente a los achaques de la vejez es buscar al poeta sevillano.“Leo a Machado durante media hora y ya estoy como una rosa”, ha explicado divertida. 

La conciencia y la memoria

También se mostró complacida con la descripción del jurado respecto a los puntales de su poesía, “la conciencia y la memoria”, como bien demostró en uno de sus escasos libros de prosa, ‘Espejito, espejito’, recuerdos de infancia centrados en los años de la guerra civil en los que ella intentó trasmitir “piedad y verdad sobre una triste experiencia para que nos ayude a vivir un poco más compasivamente”. La triste experiencia fue la muerte de su padre, el pintor Lorenzo Aguirre, que fiel a la República se exilió a Francia tras la guerra civil. En 1940 empujado por la invasión alemana decidió regresar a España con su familia y fue apresado en la frontera. Dos años más tarde fue ejecutado en la madrileña cárcel de Porlier. Esa experiencia alimentó especialmente el poemario de su hija ‘Trescientos escalones’, que ganó el Premio Ciudad de Irún de 1976. “Sé que una vez, cuando era niña, / el mundo fue una tumba, un enorme agujero / un socavón que se tragó la vida, / un embudo por el que huyó el futuro”, escribió.

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Otra de sus obras en prosa, ‘Que planche Rosa Luxemburgo’ (Premio Galiana, 1994) vertía su pensamiento feminista en unos relatos en los que se traslucía la falta de oportunidades de las mujeres y su reclusión en estereotipos falsos.

Aguirre pertenecería  por nacimiento a la Generación de los 50 o del medio siglo con figuras como Jaime Gil de Biedma, José Angel Valente, Francisco Brines y Claudio Rodríguez, todos ellos poetas reconocidos cuando ella empezó a publicar, pero fiel a su querencia por Machado suele decir, bromeando, que ella es más bien de la Generación del 98.