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ENTREVISTA CON EL ACTIVISTA Y ESCRITOR BELGA

Colaborar, o no, con los nazis

Jeroen Olyslaegers, cuyo abuelo y tía abuela fueron colaboracionistas en la Bélgica ocupada, rescata en 'Voluntad' la ambigüedad moral de aquella sociedad

Anna Abella

El escritor belga Jeroen Olyslaegers, en Barcelona, durante la presentación de Voluntad. 

El escritor belga Jeroen Olyslaegers, en Barcelona, durante la presentación de Voluntad.  / RICARD FADRIQUE

Cuando el escritor belga Jeroen Olyslaegers (Amberes, 1967) se asoma a la ventada de su estudio en la calle Kruik de su ciudad natal y mira hacia la casa del número 8 no puede evitar pensar lo que pasó allí en 1941: durante un pogromo en el barrio judío, ordenado por los ocupantes nazis, cuando un policía llamó a la puerta, el judío que les abrió se cortó el cuello ante él; en el interior hallaron a toda su familia; se habían suicidado para evitar ser deportados. De estos hechos, que incluye en su novela ‘Voluntad’ (Seix Barral / Amsterdam), se enteró casualmente este también activista, filólogo y autor de teatro gracias al informe que escribió el propio agente que fue testigo de primera mano de aquella redada en la que participó.   

Aquel “documento excepcional” cayó en manos de Olyslaegers en una charla con historiadores. La historia, con la que ha ganado varios premios en su país y en Holanda, vino a buscarle, confiesa. “Mi madre me llamó mientras veía por la ventana el número 8 y le conté que iba a escribir sobre ello. Y me dijo: ‘mira hacia la casa del otro lado de la calle’. Y recordé que de niño allí vivía un familiar. ‘Cierto’, me confirmó. ‘Era la hermana de tu abuela, que había trabajado de criada para la familia judía que vivía allí. Cuando los deportaron, ella se quedó a vivir allí y fue amante de un oficial de las SS’”. El autor, confiesa, no se ha atrevido a visitar a sus vecinos. 

El reflejo de su tía abuela, que tras la guerra “tuvo una aventura con un oficial polaco”, en la novela lo encarna Emma, cuyo sobrino es el protagonista de ‘Voluntad’, Willfried Wils, un joven de 20 años, policía de Amberes durante la segunda guerra mundial, que permite a Olyslaegers hablar “de ambigüedad moral y de colaboracionismo y burocracia en una ciudad ocupada por los nazis”. “Me interesaba ver qué pasa cuando un alcalde, un cuerpo policial, un estado... se desvían y hacen cosas terribles”. 

Soldados alemanes en la Bélgica ocupada, en 1940 / ARCHIVO

Para todo ello indaga en la propia historia familiar, pues además de su tía abuela, también su abuelo fue un colaboracionista. “Lo problemático no es distinguir lo bueno de lo malo, porque solo los psicópatas no son capaces de hacerlo -reflexiona el escritor-. Todos sabemos muy bien qué está bien y qué está mal, lo difícil es pasar de la teoría a la práctica. Tomar una decisión, hacer algo por no perder el trabajo, para proteger a alguien, por no querer buscarse problemas... por eso hacemos las cosas. Aquí no hay ningún gran héroe ni un gran malo. Son las circunstancias las que dictan si cometerás un acto de maldad o uno de resistencia”. 

Su abuelo, explica, fue “un nacionalista flamenco” que en junio de 1944, al final de la ocupación, dejó Bélgica y fue a luchar con los alemanes contra los aliados. “Tras la guerra, en 1945 –añade-, volvió a la vez que los supervivientes de los campos nazis, que eran muertos vivientes, en plena ola de furia. Estuvo dos años en una prisión y retomó su vida pero se quedó anclado en 1947 hasta que con 90 años, al ver la miniserie de Steven Spielberg ‘Hermanos de sangre’, se dio cuenta de que se había pasado toda la vida en el bando equivocado. Le quiero mucho, pero la novela es una venganza contra su manera de pensar”. 

Odio pero sobre todo avaricia

Explica Olyslaegers, casado con la cantante del grupo tecno Lords of Acid, Nikkie van Lierop, que “la mayoría de los colaboracionistas no han cambiado”. Todo lo contrario, “se han convencido de que lo que hicieron era moralmente correcto y hoy son de extrema derecha”. En la novela, y en la realidad, casas, bienes y comercios de judíos deportados pasaron a manos de nazis y colaboradores, que no siempre actuaron por ideología. “Había una mezcla de odio y de avaricia, pero al final el motivo principal era lo segundo, el dinero. El odio era lo que justificaba la violencia”, señala. Y tras la guerra, “en la sociedad belga no hubo sentimiento de culpabilidad. La gente solo tenía ganas de retomar su vida, de volver a la normalidad”.     

La ambigüedad la representa Willfried, el protagonista de ‘Voluntad’, jugando con los dos bandos, dividido entre su mentor pronazi y su amigo y futuro cuñado, al que ayuda a ocultar a un judío. “Todos tenemos algo de esquizofrénicos. No somos la misma persona en casa que en el trabajo, o con la familia que con los amigos. Él dialoga con Angelo, su voz interior, su voz real, la personalidad más extrema, que en situaciones extremas se pone de manifiesto”.
  
Y ahí surge la inevitable pregunta: ¿Qué habría hecho uno en una situación así? “Desde luego, también yo me lo he preguntado. La segunda guerra mundial plantea casi exclusivamente este dilema. Abrió la caja de Pandora de la responsabilidad individual ante estas tragedias y quiero que el lector se sienta interpelado ante ello. Hoy parece una pregunta inocente, pero estamos en una época muy difícil y conflictiva y creo que las generaciones venideras nos pedirán cuentas a nosotros y harán un juicio moral de por qué no hicimos esto, de por qué no nos resistimos... Es muy cómodo preguntarse por la guerra en lugar de afrontar que hoy tenemos tantos conflictos que afligen el mundo y retos como el cambio climático”, advierte quien opina que “los europeos aún vivimos obsesionados por el siglo XX y por la segunda guerra mundial”.  

"Hoy no parece que nos demos cuenta de que estamos en una sociedad próspera y rica casi al borde de la guerra y la extinción"

“Creemos que es casi imposible entender cómo pudo empezar, cómo la gente pudo odiarse tanto. Y hoy no parece que nos demos cuenta de que estamos en una sociedad próspera y rica casi al borde de la guerra y la extinción”, lamenta dando rienda suelta a su activismo. “¿Cómo es que la población del mundo, de Europa, no se ha radicalizado contra sus líderes, cómo es que no increpamos a los políticos por sus comportamientos irresponsables, por el desastre medioambiental, por traicionar nuestro futuro? El barco se hunde y no nos damos cuenta de que nos hundimos con él”.

La intención de Olyslaegers era llegar con su novela a la generación de su hijo, de 23 años (“aún no la ha leído”, admite). De ahí que en la ficción el protagonista, ya anciano, se sincera sobre su pasado en una carta a su bisnieto. “En la vida real callaría para siempre y nunca miraría a sus demonios a la cara. Sobrevivir a cosas terribles y callar está en la naturaleza humana”. Y eso hicieron, recuerda, durante años tantos supervivientes del Holocausto, que como Primo Levi e Imre Kertész, volcaron en sus obras el conflicto entre explicarlo o guardárselo.      

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