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CRÓNICA DE TEATRO

'El poema de Guilgamesh, rei d'Uruk', un autohomenaje en toda regla

Oriol Broggi abre el Grec con un amplio catálogo de su reconocido hacer teatral

El montaje ofrece momentos de gran belleza en una propuesta de ritmo irregular

José Carlos Sorribes

Un momento de la representación de El poema de Guilgameish, rei dUruk

Un momento de la representación de El poema de Guilgameish, rei dUruk / CARLOS MONTAÑÉS

Al final hasta el caballo Juguetón trotó por la arena. Es el de Bodas de sangre y uno más en el autohomenaje, más que merecido, que Oriol Broggi se ha dado, y también a la gente que le ha acompañado en su exitoso periplo teatral, para inaugurar el Grec. Porque la magnífica epopeya iniciática de El poema de Guilgamesh, rei d’Uruk le sirve al director de La Perla 29 para desplegar el catálogo que ha hecho de su trabajo un referente del teatro catalán. ¿Acaso alguien se esperaba algo distinto?

Además, a Broggi las andanzas del todopoderoso monarca Guilgamesh y de su hermano y antes enemigo Enkidu le encajan a la perfección para ofrecer un montaje que aprovecha, sobre todo en su segunda parte, un marco tan especial como es el anfiteatro del Teatre Grec. La luz crespuscular, la iluminación y las proyecciones proporcionan imágenes impactantes, de gran belleza, como pocas veces se ha visto en ese formidable escenario y la no menos imponente roca de que le da fondo.

 Broggi también recurre, cómo no, a otro elemento que define su teatro: esa arena que tanto juego le ha dado en su casa, la Biblioteca de Catalunya, y que aquí resulta igual de efectiva. Por ejemplo, cuando una proyección de olas convierte el anfiteatro en una maravillosa orilla de playa. Sucede en el camino de  Guilgamesh en busca del venerable Uta-Napixtim, a quienes los dioses concedieron el don de la inmortalidad. Es él quien explica el diluvio universal, uno de los temas de este formidable relato que se ha comparado a la Odisea.

Secundarios de fuste

Un relato que está muy bien contado, a veces hasta demasiado, en un espectáculo solemne e irregular, con alguna bajada de ritmo, en el que prima la oralidad, el movimiento de acompasada coreografía de sus principales intérpretes y ese aroma de Peter Brook que tanto practica Broggi. Màrcia Cisteró, Toni Gomila, David Vert, Sergi Torrecilla y Ernest Villegas componen un quinteto polifónico para dar voz a Guilgamesh y narrar la historia. Villegas es también Enkidu. Dentro de un correcto tono general es él quien despliega mayor profundidad y una fuerza imprescindible en un teatro tan grande. Les acompañan secundarios de tanto fuste como Clara Segura, Marta Marco, Ramon Vila o Lluís Soler, que encarna a Uta-Napixtim. Su lección de vida y muerte es otro de los grandes momentos del espectáculo.

Y es que todos tienen páginas escritas en el libro de oro de La Perla, como un nutrido pelotón que viene a ser un coro sin voz del montaje o Joan Garriga, y su acordeón, que secunda en el cierre a Yannis Papaioannou, intérprete de la música. Una música de indudable tono mediterráneo para esta gran epopeya mecida en las orillas del Tigris y el Eufrates. 

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