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CRÓNICA DE ÓPERA

Mágico pacto del Liceu con el diablo

Egil Silins y Asmik Gregorian triunfan en el estreno de 'Demon', obra del injustamente olvidado Anton Rubinstein

César López Rosell

Eglis Silins, en un momento de Demon.

Eglis Silins, en un momento de Demon. / MAITE CRUZ

El Liceu pactó finalmente con el diablo de Anton Rubinstein. Lo hizo como colofón a la diada de un Sant Jordi pletórico. 'Demon', uno de los clásicos de la ópera romántica rusa, llegó por fin a Barcelona 143 años después de su estreno en San Petersburgo en 1875. La 'première' en el Gran Teatre, dejando de lado dos irrelevantes funciones de la obra en italiano ofrecidas en el Novedades en 1905, permitió saldar una deuda con el injustamente olvidado compositor y pianista ruso, del que solo se había programado 'Nerón' en 1898. Ha sido muy oportuna la recuperación de esta pieza sobre las obsesiones amorosas de un humanizado maligno, basada en el poema dramático de Mijail Lérmonov considerado sacrílego en su época.  Esta rareza fue recibida con unánimes aplausos de un público seducido por la belleza melódica de la partitura y por su gran calado poético.

El demonio campa a sus anchas sobre el escenario para conseguir el amor de la bella Tamara, aunque ello suponga la eliminación de su prometido, el príncipe Sinodal. La peripecia se desarrolla sobre un espacio dominado por una estructura cilíndrica. En el interior del túnel se despliega el universo de los humanos. Por él entra y sale el protagonista procedente de su mundo demoniaco. Una esfera situada al fondo, sobre la que se proyectan imágenes del planeta y otras simbólicas, representa el ojo que todo lo ve de Demon.

El bien iluminado artefacto crea una aureola mágica y permite interesantes composiciones grupales, además de focalizar las acciones de los personajes, especialmente en el último acto. La ausencia del ballet original la suple el director escénico Dmitry Bertman con pobres coreografías de demonios/lobos y otros pueriles movimientos que perturban la emoción que transmite el lirismo de la pieza. La tibia dirección musical de Mijail Tatarnikov, al frente de la orquesta de la casa, merma en parte los resultados aunque el brillante exotismo folclórico caucásico de la partitura acaba imponiéndose.

Un demonio cansado del mal

La recortada estructura de esta ópera permite agilizar el relato. El bajo-barítono Egil Silins, recordado por su 'El holandés errante' del pasado año, ha tomado el relevo del inspirador de este proyecto, Dmitri Hvorostoski. La caracterización de su figura como la de un diablo viejo y cansado de expandir una maldad que ya se desarrolla sin su concurso nos remitió a la de un 'alter ego' del desaparecido. El letón respondió con fuerza dramática al reto de este rol, brillando en sus líricas primeras arias y mostrando poderío al final.

La soprano lituana Asmik Gregorian confirmó todas sus pregonadas virtudes. Transparencia y belleza de su bien proyectado timbre, rutilante expresividad  y una cautivadora presencia escénica. Igor Morozov  (Sinodal) se ganó el aplauso en el aria del segundo acto; el contratenor Yuriy Mynenko fue el Ángel, siempre dispuesto a impedir los desmanes del demonio y a frustrar su propósito de conseguir el redentor amor de la protagonista, aun a costa de su muerte; Alexander Tsymbalyuk cumplió en el doliente papel de Padre de Tamara, y lo propio hicieron la niñera Larisa Kostyuk, el mensajero Antoni Comas y el sirviente de Sinodal (Roman Ialcic). El coro estuvo a la altura de esta apuesta cantando en ruso con buena afinación y mostrando equilibrada homogeneidad en los movimientos colectivos.

Temas: Ópera Liceu

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