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CRÓNICA TEATRAL

'Frankenstein': el monstruo es el 'bueno'

El gran potencial de Joel Joan y el carisma de Àngel Llàcer dan impulso en el TNC al resultón montaje dirigido por Carme Portaceli

José Carlos Sorribes

Àngel LLàcer (izquierda) y Joel Joan, el Dr.Frankenstein y su criatura, en una escena de la obra.

Àngel LLàcer (izquierda) y Joel Joan, el Dr.Frankenstein y su criatura, en una escena de la obra. / DAVID RUANO

Es el curso teatral de grandes figuras de la literatura universal: Frankenstein ya acompaña a Moby Dick en la cartelera barcelonesa. La maravillosa novela de Mary Shelley se ha instalado en la Sala Gran del TNC en una versión del cineasta Guillem Morales dirigida por Carme Portaceli. El gancho, el reclamo, para el reto de llenar la enorme platea está en sus protagonistas: Àngel Llàcer como el doctor Victor Frankenstein y Joel Joan como la Criatura a la que dio vida. El resultado es el esperado, el previsible: grandes aplausos para un Frankenstein apto para todos los públicos. 

No supone ningún spoiler decir que Morales se ha alejado de la idea de dibujar un monstruo terrible, sin dobleces, como el de las versiones cinematográficas. Pero también le ha proporcionado un meneo al original de Shelley. Es decir, ha mezclado situaciones, ha eliminado personajes y ha dado vuelo a otros. Es el caso del anciano ciego De Lacey (Lluís Marco), convertido en el maestro instructor que vela por los primeros pasos de la Criatura, el que le acompaña en su azaroso viaje iniciático a la vida. En la novela, su papel es similar, pero mucho más testimonial.

Tampoco desprende al cien por cien esta versión teatral el irresistible arrebato poético y romántico del original narrativo, con ese epílogo final de los dos personajes en el fin del mundo, en las aguas heladas del Ártico. Aquí se produce en el laboratorio de su gestación. Digamos que se simplifica todo un poco, que esa ligereza puede facilitar la salida hacia la teatralidad, que comporta un entorno lógicamente distinto al narrativo.

Vídeo para crear atmósfera

Portaceli propone así una puesta en escena resultona, con potente iluminación y música que a los oídos más atentos les sonará a la de las películas de Steven Soderbergh. El montaje se apoya en una enorme proyección de vídeo que crea la atmósfera, por ejemplo la del bosque donde se refugia la Criatura de los humanos. El dinamismo se busca con un continuo y entrar y salir de los personajes. Hay momentos, sobre todo en la primera parte, en que el ruido llega a ser excesivo, entre entradas, salidas y abuso de los gritos.

La adaptación teatral también renuncia a buscar el equilibrio entre el doctor y su creación. El monstruo, vamos, es el bueno de la película, o el menos malo. La oscuridad se cierne básicamente sobre el padre de la Criatura. La profundidad de Victor Frankenstein en la novela queda limitada y la intepretación de Àngel Llàcer, cuyo carisma y poderosa dicción son incuestionables, contribuye a hacer algo repelente el personaje.

Joel Joan, mientras, sí juega constantemente con esa humanidad frustrada de la Criatura, en una interpretación compleja y a la altura (no solo física) del mítico monstruo, huérfano de cariño y comprensión por su fealdad y aspecto temible. Su sed de venganza llegará por el abandono al que se ve sometido, cuando se queda sin la compañía de De Lacey, un soberbio Lluís Marco en otra muestra de la sabiduría actoral de un veterano. Es con Joan el triunfador de esta oportuna mirada teatral a una obra cumbre de la literatura que cumple 200 años.  

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