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EN BILBAO

Un mescalínico Michaux engancha en el Guggenheim

El Guggenheim dedica integramente una exposición a la faceta plástica del reconocido escritor que usó la mescalina como fuente de inspiración para sus dibujos

Natàlia Farré

Un visitante observa una de las aguadas de Michaux con aparición figurativa. 

Un visitante observa una de las aguadas de Michaux con aparición figurativa.  / EFE / LUIS TEJIDO

Es una figura extremadanamente conocida y reconocida como escritor. También valorado como artista plástico pero menos. Tanto menos que las exposiciones dedicadas a su obra gráfica, ingente, siempre han ahondado en la convergencia de lo visual y lo literario. Como si los dibujos tuvieran un carácter de acompañamiento de su lado poético. Y no. Henri Michaux (Namur, 1899-París, 1984) fue un grandísimo escritor, no hay duda, pero fue también "un verdadero artista plástico". Lo afirma Manuel Cirauqui, admirador de toda la obra del belga, además de conservador del Guggenheim y comisario de 'El otro lado', la exposición que el museo bilbaíno le dedica al creador. 

Rechazó todas las vanguardias y afirmaba que lo suyo era el 'fantasmismo', la búsqueda de espectros

La muestra trata a Michaux como creador visual y huye de toda verbosidad. Ni una cita ni una cronología. Y sí mucha obra: 220 piezas, algunas inéditas, y representación de todas sus series fundamentales: los fondos negros, los 'frottages', las grandes tintas y, por supuesto, los dibujos mescalínicos, los más valorados y los que más curiosidad despiertan. Los ejecutó bajo los efectos de la mescalina y otras sustancias, como la psilocibina y el LSD 25. Fue un ejercicio de investigación. "Él siempre insistió en que no tenía un perfil de drogadicto ni de 'hippy' o yonqui. Y no era para nada un místico en busca de sensaciones fuertes sino que exploraba el territorio psíquico y las posibilidades de la percepción", apunta Cirauqui. Lo hacía científicamente y con ayuda del neurólogo Julián de Ajuriaguerra. Y lo hizo solo durante una década, de 1955 a 1965. De hecho, se definía sí mismo como un "sobrio bebedor de agua" nada interesado en los paraíso artificiales.

Una de las 'grandes tintas' de Henri Michaux realizada en 1979. 

Todo eso aparece en su obra. Una obra que podría calificarse de muchas maneras: manchista, tachista, expresionista, informalista... Pero todos son estilos que Michaux rechazaba. "No le interesaban ninguno de los ismos, y afirmaba que de tener que sumarse a una vanguardia sería la del fantasmismo". Término que responde a su inclinación a la búsqueda de la figura a través del accidente, a través de las formas que tomaban por sí mismas el agua y los pigmentos de la acuarela.

La revelación de Klee, Ernst y De Chirico

Aunque la inclinación a la aparición inesperada de rostros o elementos corpóreos se repite a lo largo de toda su trayectoria, también en los dibujos mescalínicos. En estos manda un puntillismo hecho con plumilla extremadamente intenso, rápido y repetitivo, y las figuras (los fantasmas, los espectros) emergen por la acumulación de puntos.

Viajero (a los 20 años se enroló en la marina mercante para conocer mundo) y escritor desde el minuto cero, la inclinación por el arte le llegó más tarde. Era completamente ajeno a la tradición naturalista de la pintura occidental y no fue hasta que conoció el trabajo de Paul Klee, Max Ernst y Giorgio de Chirico que decidió pasar al "otro lado", dejó escrito en 'Pensando en el fenómeno de la pintura'.  De ahí el título de la exposición.

La muestra recorre cinco décadas de producción y empieza en los años 30. De antes, si la hubo, no se conserva apenas nada pero es que Michaux vivió en hoteles hasta 1938 y su trabajo serio empezó a mediados de los 40 coincidiendo con la trágica muerte de su esposa. A partir de ahí no paró. Su obra gráfica suma 10.000 piezas.