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MIRADOR

Los Grammy, en su propio mundo

Juan Manuel Freire

Los Grammy han logrado, otro año más, ser noticia por los méritos equivocados. Por ejemplo, por defender el pasado frente al futuro: nada que objetar a las esencias pop y de R&B retro bien dispuestas de Bruno Mars, pero antes que al reciclador, se imponía premiar al innovador, Kendrick Lamar.

El orgullo de Compton barrió en la categoría hip hop, pero por tercera vez se ha quedado sin premio al disco del año. "Coge los premios del rap, Kendrick", parecen decir los votantes, "pero no creas que vas a poder dominar sobre todo". Demasiado innovador, demasiado intenso, demasiado poco blanco en muchos sentidos.

Los premios continúan negando la realidad y el futuro y apostando por la música más blanca posible

Mientras el artista country Chris Stapleton, tradicionalista de pura cepa, se llevaba tres de tres, Jay-Z se llevaba cero de ocho: quizá un castigo moral por haber confesado musicalmente lo que todos ya sabíamos, su infidelidad a Beyoncé. La honestidad tampoco le ha ido bien a SZA, cantante-compositora R&B conocida por su desnudez emocional y su nulo interés en prorrogar clichés sobre la femineidad. Parecía fácil pensar que se llevaría el premio a la artista revelación, pero esa distinción ha recaído en Alessia Cara: de nuevo, la artesanía mainstream sin complicaciones ganando el concurso a la expresión personal feroz.

Algunos dirán que el 'Ctrl' de SZA solo ha sido disco de oro, mientras que 'Know-it-all' de Alessia Cara llegó a platino y que a fin de cuentas los Grammy son premios de la industria a la carrera comercial. Esa argumentación no se sostiene si nos fijamos en el fracaso de 'Despacito', canción que dominó el verano del 2017 y que perdió uno de sus tres posibles Grammy a manos de un tema ('Feel it still', de Portugal. The Man) tan solo conocido por su clip interactivo. La gala pudo estar salpicada de llamadas pro-inmigración, pero, a la hora de dar premios, los Grammy siguen construyendo muros.

Incapaces de aceptar nuevas energías, nuevos nombres, fuerzas sociales rompedoras. Casi orgullosos de su irrelevancia. Así son los Grammy, siempre en su propio mundo, confortable y conservador.

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