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UN ICONO DE LAS ARTES ESCÉNICAS

Los perfumes de Lindsay Kemp, en Porta Ferrada

El bailarín y coreógrafo británico, que fue maestro de David Bowie y Kate Bush, trae sus 'Kemp dances' al festival de Sant Feliu de Guíxols

Jordi Bianciotto

Lindsay Kemp, en Sant Feliu de Guíxols.

Lindsay Kemp, en Sant Feliu de Guíxols. / XAVIER CASALS

Aparece en la sala sonriendo con expresión traviesa, vistiendo un traje estampado que le da un aire entre simpático y excéntrico, y la conversación comienza evocando los cinco años que pasó en Barcelona, tras su estreno de ‘Flowers’ en el Teatro Romea. “Viví en la plaza Reial y Barcelona me abrió las puertas a mí y a mi compañía”, recuerda Lindsay Kemp. “Me sentí inmediatamente en casa. Aquí experimenté muchos placeres, tantos que es un milagro que siga vivo”.

El bailarín, actor y coreógrafo británico está en Sant Feliu de Guíxols para escenificar, este sábado en el Festival de Porta Ferrada, su obra ‘Kemp dances’ (Teatre Auditori Municipal (21.00 horas), que lleva como subtítulo “inventos y reencarnaciones” porque reúne nuevas creaciones así como piezas reconocidas de su trayectoria. En ‘Kemp dances’ nos sirve “un buqué de diferentes perfumes, siete flores conectadas a través del tema del… ¡adivine! ¡El amor, que hoy necesitamos más que nunca!”, explica delicada teatralidad.

Lenguaje silencioso

Su propósito es, como siempre, “hacer posible que el público, cuando salga, se sienta iluminado, liberado”, apunta este icono de las artes escénicas. Kemp sigue valiéndose de la danza, su “lenguaje silencioso, del corazón” para expresarse “por encima de todo como un ‘entertainer’ que da placer al público”.

Lindsay Kemp, en una imagen promocional de 'Kemp dances'.

Así fue ya hace 40 años, cuando Barcelona le cautivó pese a que los fantasmas del franquismo aún coleaban. “Sí, Franco seguía ahí, en el aire, y hubo que seguir luchando un tiempo contra las fuerzas oscuras”, recuerda Kemp. Tiempos de efervescencia en torno, por ejemplo, al movimiento de liberación gay. “Absolutamente. ¡Yo fui parte de aquello! Fui vecino de Ocaña. Cada noche, al terminar la obra, se la dedicaba a Albert Boadella y a la libertad”.

Más atrás en el tiempo, Kemp recibió en su camerino a un jovencito cuya cabeza bullía de ideas. “Conocí a David Bowie cuando era David Jones. Tenía 19 años. Abrí la puerta y me dije: ‘¡es el arcángel Gabriel!’. ¡Y yo era Santa María! No me arrodillé en aquel momento ante él… Eso sería más tarde”, evoca con humor. “Él estaba desencantado de la música, pensaba meterse en un monasterio budista. Pero nos enamoramos: ‘entrégate a Dios si quieres, pero también a mí', le propuse. Comenzamos a trabajar en ‘Pierrot in turquoise’ y fuimos felices durante un tiempo”.

Lindsay Kemp y David Bowie.

En 1972, Bowie le llamó para pedirle que dirigiera un espectáculo en torno a ‘Ziggy Stardust’ en el teatro Rainbow, de Londres. “Compuso algunas canciones para mí, para que las bailara”, explica, y cita el estribillo de ‘Starman’, y ‘Queen bich’. Aunque desde que Bowie murió le llueven los cuestionarios sobre el cantante, dice estar encantado de hablar de él. Pero ha sido “incapaz” de escuchar su disco póstumo, ‘Blackstar’. “Demasiado doloroso”.

Otra figura del pop que llamó a su puerta fue una adolescente Kate Bush. “Era muy tímida: se  ponía al fondo del aula. Pero cuando comenzó a hacer su música pensé: ‘¡esta chica es salvaje!”, explica. “No tenía ni idea de sus aspiraciones como cantante y un día llegué a casa y me encontré su primer álbum, ‘The kick inside’, con una canción, ‘Moving’, dedicada a mí. Fue una gran sorpresa”.

Su colaboración con Bush en la película corta que esta dirigió en 1993, ‘The line, the cross and the curve’, entroncó con sus primeras motivaciones artísticas: basada en su disco ‘The red shoes’, a su vez se inspiró en la película del mismo título, de 1948, que, confiesa, le cambió la vida. “Siempre quise hacer ese papel de zapatero desde que mi madre me llevó a verla”, revela. Se suponía que él debía seguir la tradición familiar y hacerse marinero. “Por eso al principio ella se arrepintió de haberme llevado al cine ese día”. Contrariedad efímera: “con el tiempo se dio cuenta de que esto era a lo que quería dedicar mi vida”.

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