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CRÓNICA

Delicioso Molière en el Maldà

Enric Cambray y Ricard Farré bordan una reducida versión de 'Les dones sàvies'

Marta Cervera

Ricard Farré (izquierda) y Enric Cambray en Les dones sàvies, de Molière. 

Ricard Farré (izquierda) y Enric Cambray en Les dones sàvies, de Molière.  / MAY ZIRCUS

Enric Cambray y Ricard Farré han convertido la comedia 'Les dones sàvies' de Molière un apasionante desafio teatral en el Maldà. Ellos dos se bastan para encandilar al público con una versión reducida y llena de chispa en la que cada uno interpreta a cuatro personajes. El montaje concentra en una sola hora la comedia de cinco actos en la que el autor francés deja en evidencia a la pedantería de ciertos intelectuales reflejados en la figura de un personaje que el público de 1672 enseguida supo identificar.

En la versión de Cambray y Farré, con dramaturgia de Lluís Hansen, los dardos se concentran en la figura del Sr. Cunill, a quien el público identifica con facilidad con un famoso rey de las tertulias televisivas. La estelar canción que se marca Cambray en la presentación del personaje, constituye uno de los momentos álgidos de un espectáculo tan austero como inaginativo. 

Pese a los guiños a nuestra época, el texto es bastante fiel al original pese a los recortes sufridos. En esta versión catalana muestra la obsesión exagerada de Filaminta por los trabajos de Pompeu Fabra que para desesperación de su marido se ha convertido junto a su hija mayor Armanda y su hermana Belisa en adicta a las letras y al buen uso del lenguaje. Tanto es así que ha despedido a Martina, única criada que cocinaba bien en casa, alegando su incapacidad para hablar con propiedad. Solo Enriqueta, la hija pequeña del matrimonio se ha rebelado contra la tiranía de las letras y ha declarado su deseo de casarse con Clitandre, antiguo pretendiente de su hermana mayor. El padre acepta de buen grado al chico pero la madre quiere casarla con el hombre que más admira, el sabelotodo Señor Cunill.      

Aunque no está en verso, la adaptación de Lluís Hansen es bastante fiel al orginal y los actores se esfuerzan por mantener el ritmo de la pieza con rápidos cambios de personaje. El vestuario unido a la gestualidad y tono de voz que identifican cada rol permiten disfrutar de un interesante juego con cambios de vértigo. Un trabajo impresionante. 

Cambray y Farré han superado con nota su ambiciosa apuesta y merecieron los calurosos aplausos del público que abarrotó la pequeña sala del Gótico el pasado lunes.

Temas: Teatro

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