'H DE HALCÓN', UN LIBRO DE ALTOS VUELTOS

Helen Macdonald, la escritora rapaz

La autora narra la relación entre una hija afligida y una feroz hembra de azor

Mirada de pájaro 8Helen Macdonald, durante su reciente visita a Barcelona.

Mirada de pájaro 8Helen Macdonald, durante su reciente visita a Barcelona. / DANNY CAMINAL

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ERNEST ALÓS / BARCELONA

Tras varios meses a la deriva por la muerte de su padre, el fotógrafo Alisdair Macdonald, su hija Helen acudió finalmente a la consulta de un psiquiatra. Allí respondió a un cuestionario para detectar los síntomas de la depresión y cuando llegó a la casilla en que le preguntaban si en los útimos tiempos había descuidado su aspecto, se miró a sí misma. Tenía el cabello enmarañado, los brazos y las manos llenos de arañazos, un jersey rasgado por varios puntos y los pantalones chorreantes de sangre de conejo. Entonces abrió los ojos. Vaya, efectivamente sí estaba tan mal.

Ese momento fue como si despertase de un sueño. Unos meses en los que, de forma obsesiva, se había evadido de la realidad adiestrando un azor para que obedeciese sus órdenes, se lanzase a devorar conejos y faisanes y regresara obediente a su puño. No un fiable halcón o un liviano cernícalo sino un azor, un ave de presa corpulenta y con fama entre los cetreros de indomable, huraña, huidiza y extravagante. Especialmente, decían sus libros de consulta, una hembra, como su Mabel (los patriarcales cetreros decimonónicos no entendían, dice la escritora, que de lo que se trata es de «seducir» al ave, no de dominarla o usarla como «una escopeta con plumas»).

La poeta, halconera, ilustradora y profesora de historia de la ciencia Helen Macdonald ha relatado esta historia en H de halcón (Ático de los Libros), una de las lecturas más fascinantes de este otoño literario. Un diálogo constante entre la memoria del padre que le enseñó a mirar el cielo, la hija desolada, la enigmática y feroz Mabel y otro libro que la autora siempre tiene en mente, El azor, de T. H. White. Un texto en el que Macdonald rastrea, en el nefasto trato que dio a su ave este personaje atormentado por sus tendencias sádicas y pedófilas, la personalidad oculta del escritor, aviador y naturalista que fue el autor de La espada en la piedra, la versión del mito de Arturo que Walt Disney llevó al cine.

En El azor, White no quiso escribir el típico libro de un amante de la naturaleza, sino literatura. Eso es lo mismo, en parte, que se propuso Macdonald. «Para mí la experiencia del medio natural es la historia de una pérdida, y eso entronca con la literatura y con mi historia personal», explica durante su visita a Barcelona.

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Pero antes que literatura, el adiestramiento de Mabel fue una terapia. «Fue una compulsión, una adicción, una manera muy radical de escapar de mi conciencia hasta el punto de que me identifiqué con ella». Macdonald paseaba por Cambridge con Mabel en su puño. Rehuye, como ella, a los runners nocturnos, ve coches, apetecibles palomas (y perritos) con los ojos del ave rapaz, no ve árboles sino posaderos desde donde otear presas, entra a saco en cotos llenos de faisanes. Cuando el azor se estremece también lo hace ella. Llega un momento en que lee los pensamientos de Mabel. Comer. Cazar. Matar. Hasta que llega el momento en que siente como el ave se tensa y aprieta las garras sobre el guante de cuero... cuando escucha llorar a un tierno e indefenso bebé.

El libro acaba cuando Macdonald deja a Mabel en un aviario durante unos meses para que haga su primera muda, de la que la joven y parduzca azor saldrá con su plumaje acerado y los ojos inyectados en sangre. ¿Cómo siguió la historia? «Tiene una parte feliz y una triste. Dicen que bastan tres días para que un azor vuelva a ser salvaje, pero cuando regresé Mabel me miró y me reconoció. Pero me trasladé a casa de mi madre, rodeada de carísimos cotos de caza, y la tuve que dar a un amigo. Con cuatro años murió por una infección de hongos». Juraría que a Helen Macdonald se le humedecen los ojos. Pero -cualquier lector del libro mínimamente sensible acabará deseando que Helen levante la cabeza- parece contenta. Aparte de dos premios literarios de primera fila mundial por el libro (el Samuel Johnson y el Costa), Macdonald tiene ahora un agapornis. Y un gavilán (el pariente menor del azor), pero disecado. Sacamos los móviles y nos enseñamos fotos de nuestros pájaros favoritos. El de ella ya no es una máquina de matar sino la Cercomela melanura. El colinegro común, un pajarillo que mueve la cola por los desiertos de Oriente Medio (y que se pirra por los pequeños insectos, no por los conejos, los faisanes... o los bebés).

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