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FESTIVAL INTERNACIONAL DE POESÍA

Simic hace reír a la muerte

El poeta norteamericano es uno de los integrantes del recital de poesía que se celebró ayer en el Palau de la Música . 'El monstruo ama su laberinto' y 'El llunàtic' son sus últimos títulos

ELENA HEVIA / BARCELONA

«Escribo para molestar a Dios, para hacer reír a la muerte. Escribo porque no puedo hacer otra cosa. Escribo para que todas las mujeres se enamoren de mí [...], pero al final todo se resume en lo que dijo Allen Ginsberg: 'Escribo porque puedo'». Lo dijo el poeta Charles Simic y en Barcelona, pocas horas antes de su participación en el Festival Internacional de Poesía, remachaba: «La poesía es mi vida. No me imagino mi vida sin ella».

Simic es una de las grandes y más respetadas voces de la poesía norteamericana actual. Su valía ha sido refrendada con un Pulitzer en 1990 por 'El mundo no se acaba' (en Vaso Roto, como casi todos sus traducciones en castellano; también, los brillantes y recientes aforismos 'El monstruo ama su laberinto') y ha recibido la bendición del gran pope Harold Bloom, que no suele regalarlas. En catalán están por aparecer 'El llunàtic' y 'La vida de les imatges'.

Serbio nacido en Belgrado en 1938, la segunda guerra mundial y posteriormente el comunismo dispersaron a los suyos hasta que finalmente la familia pudo reagruparse en 1954 en el Nueva York con el que tantas veces el niño Charles (entonces se llamaba Dusan) había soñado viendo películas de cine negro habitadas por Humphrey Bogart y por mujeres fatales. A golpe de voluntad, quiso ser poeta en inglés, un idioma que había empezado a estudiar en una breve estancia en París a los 15 años. «Cerca de la place Blanche, donde se apostaban las prostitutas y los cines ofrecían solo películas de Hollywood», recordó. Así que cuando llegó a Estados Unidos, él ya había estado ahí antes en su imaginación.

La poesía de Simic es realista y directa -aunque en los primeros años coquetease con el surrealismo-, y esconde una expresión mucho más profunda e inquietante de lo que una primera lectura parece ofrecer. «Cuanto más sencillo el objeto, más vasto el sueño», ha escrito reveladoramente. Para él, por su propia biografía, el realismo es más un destino que una opción. «Pocos de mis poemas tratan de la gran Historia directamente, pero es verdad que soy hijo de ella. Stalin y Hitler fueron los agentes de viaje que decidieron que mi familia debía ampliar horizontes y la enviaron a otro lugar. A mí me gusta pensar que en el centro de la Historia, por muy monstruosa y devoradora que sea, se encuentra el individuo».

Felicidad en el horror

Narrativos y autobiográficos es fácil encontrar en sus poemas a Dusan pateando las calles de Belgrado durante la guerra, mientras sus padres apenas tenían tiempo que perder en él. «Yo era casi un delincuente, como tantos otros niños de entonces, y sorprendentemente era feliz». Pero también hay en ellos una caterva de familiares, de anécdotas iluminadoras del exilio europeo en América, del goce de los sentidos. Simic conoció la miseria, pero allí donde otro se derrumbaría, él puso en marcha su proverbial sentido del humor que impregna la mayor parte de su trabajo. «Recuerdo los refugios en Belgrado durante los bombardeos, primero de los alemanes y luego de los aliados. Nunca he oído más chistes que entonces. El sonido de las bombas se mezclaba con las risas».

 

Décadas más tarde, durante la guerra de Bosnia, Simic se vio obligado a regresar al horror. Concentra la respuesta en la sensación que le produjo un libro de fotografía que le pidieron reseñara. «Junto a las caras consternadas de los adultos, volví a ver las de los niños confiados y alegres frente a la aventura. Fumaban y alardeaban de ello.  Reconocí mi niñez en ellos».

Temas: Libros