24 oct 2020

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ESTRENO EN LA SALA MUNTANER

La sinrazón de una madre asesina

Pep Molina recrea en 'Yo maté a mi hija' la historia real de Hildegart

IMMA FERNÁNDEZ / BARCELONA

«El escultor, tras descubrir la más mínima imperfección en su obra, la destruye». Lo dijo, a modo de justificación de su ominoso crimen, Aurora Rodríguez Carballeira, una madre culta, inteligente, anarquista, liberal. El 9 de junio de 1933, en Madrid, destruyó su obra. Le pegó cuatro tiros a su hija, Hildegart, de 19 años, a quien había concebido con un donante biológico con el único propósito de seguir sus ideas: convertirse en abanderada de la revolución de la mujer. Una historia de película (Fernando Fernan Gómez la llevó a la pantalla bajo el título Mi hija Hildegart y ha inspirado muchas obrasque conmocionó a la sociedad de la recién nacida segunda república. Ahora, el director Pep Molina recrea los hechos, a partir de la obra de Carmen Domingo, en Yo maté a mi hija, que acoge la Sala Muntaner con Teresa Vallicrosa, Neus Pàmies y Jordi Llordella.

Tras cometer el crimen y entregarse a las autoridades, Aurora concedió una única entrevista con el diario La Tierra que este publicó en entregas y que ha servido como hilo conductor del montaje. En escena, un periodista (Llordella) visita en la cárcel a la asesina (Vallicrosa), mientras la hija muerta (Pàmies) es convocada cual fantasma como contrapunto de las reflexiones maternas. «Es una historia tremenda, potentísima, un auténtico Frankestein. Aurora, de la que quedó fascinado el periodista, era una mujer de ideas brillantes que se reveló como un monstruo; un ejemplo de cómo las grandes ideas llevadas al límite pueden conducir a actos inconcebibles», argumenta Molina.

REVOLUCIÓN SEXUAL / El director intenta explicar lo inexplicable: «La mató porque abandonó la misión para la que fue engendrada: redimir a las mujeres. Aurora pensaba que no podía haber revolución socialista si antes no se producía la liberación de las féminas, consideradas, según decía, simples paridoras». Esa era la misión de la joven. Ser un modelo piloto de la mujer del futuro.

La partitura vital de Hildegart es mozartiana. Niña prodigio, a los 4 años ya era mecanógrafa; a los 10, hablaba varios idiomas y a los 17, acabó Derecho. Un aprendizaje muy férreo encaminado al mesiánico destino dibujado por la madre. «Cuentan que lo primero que le regaló a la cría fue una máquina de escribir», revela el director. El guion se torció.

La joven llegó a ser una de las mayores activistas de la reforma sexual femenina en España y publicó 14 obras, la mayoría sobre esa temática -Molina sospecha que a cuatro manos con su madre-. Pero fue labrando su propio camino, alejándose del proyecto de su progenitora. Agitadora intelectual de la izquierda, entró en el PSOE, en UGT y luego en el Partido Federal; conoció al escritor H.G. Wells, que se la quiso llevar a Londres de secretaria; se carteó con Sigmund Freud...

Aurora, subraya Molina, odiaba la política y empezó a ver que su hija adquiría una propia voz, quería independizarse. Algunos dicen que se enamoró. «Empezaron a discutir mucho». Hasta la noche que la madre apretó el gatillo mientras dormía. ¿Una enferma mental? ¿Esquizofrenia paranoide? Mario Gas, que ha diseñado la iluminación, opina que sería «tranquilizador» tacharla de loca. «Lo aterrador e incomprensible es que el cerebro de una persona normal llegue a hacer eso, y es algo que no hemos resuelto aún». Tampoco lo tiene claro Molina: «No se sabe bien. A la derecha política de la época no le interesaba presentarla como una loca. La obra deja que el espectador decida».

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