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CRÓNICA

La eclosión de Nausicaa Bonnín

La actriz, junto a un gran reparto, brilla en 'La dama de les camèlies' de La Seca

CÉSAR LÓPEZ ROSELL
BARCELONA

Nausicaa Bonnín es una actriz en alza. Su reciente aparición en Ocells i llops, de Josep Maria de Sagarra, en el TNC no hizo más que confirmar lo positivo de una evolución que ya había demostrado, sobre todo, en el cine. Ahora, con La dama de les camèlies exhibe una gran madurez interpretativa. La producción de La Seca dirigida por su padre, Hermann Bonnín, y con dramaturgia de su madre, Sabine Dufrenoy, será sin duda un trampolín para su carrera. Pero todo eso no hubiera sido posible si la adaptación del texto de la novela de Alexandre Dumas hijo no hubiera contado con el lujoso reparto que acompaña a la protagonista.

Excepto en la desnudez escénica, bien resuelta con los movimientos y el vestuario de la decena de acompañantes, la producción tiene la ambición propia de las de un teatro público. El hecho de que intérpretes como Joan Anguera (Georges Duval), Montse Guallar (Prudence Duvernoy) o Pep Jové (Saint-Gaudens) se hayan comprometido con este proyecto no hace sino confirmar la solvencia de su planteamiento. Y que los ascendentes Albert Prat (Armand Duval, coprotagonista) y Òscar Intente (De Giray), por citar a dos representantes de generaciones más jóvenes, se batan el cobre en la defensa de sus roles reafirma el interés del proyecto.

El peso de las versiones de cine y de la ópera La traviata sobrevuela en el ambiente de la sala. En Barcelona solo se recuerda como relevante una puesta en escena con Margarida Xirgu. El empeño puesto por los Bonnín para sacar adelante la obra resulta por ello más meritorio. Nausicaa es una Margarita Gautier convincente en todos sus registros, pero donde se sale es en el último monólogo, con una bien escenificada muerte y el entramado social mostrando indiferencia, un final muy diferente al edulcorado de la ópera.

CANDOR Y SENSUALIDAD / La actriz transmite el candor, la sensualidad y el ansia de libertad de la heroína que renuncia a su verdadero amor en aras de las exigencias del padre de su amado Armand (un Albert Prat que representa muy bien la obsesión del amante). Esas exigencias no son sino el reflejo de la doble moral de una burguesía que, con el poder del dinero, cree poder comprarlo todo.

La poda de personajes que desdibujan la intensidad trágica del relato para ir a la esencia del texto de Alexandre Dumas hijo, y que permiten marcar las diferentes fases vitales de la cortesana, es otro de los reseñables aciertos de esta dura y poética dramaturgia.