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Escritor y periodista experto en temas paranormales.

J.J. Benítez: «Sé que me lo voy a pasar bomba después de morirme»

JUAN FERNÁNDEZ

Durante algo más de 40 años, el escritor e investigador Juan José Benítez ha recopilado testimonios de personas que aseguran haber mantenido encuentros con familiares y amigos fallecidos. Tras reunir casi un millar de casos, ahora ha relatado 160 de esas historias en el libro Estoy bien (Planeta). La conclusión a la que ha llegado es tan trascendente como inquietante, y abierta a la controversia: cuando morimos, no morimos.

-La muerte no suele ser objeto de estudio. ¿Qué le animó a investigar algo que no se puede comprobar?

-Empecé sin querer. En 1968, mientras trabajaba como periodista en el Heraldo de Aragón, un compañero del diario, Miguel París, que había formado parte de la División Azul, me contó que un día, en el frente ruso, logró esquivar las bombas soviéticas gracias a la indicación que le dio un compañero, con el que tuvo un encuentro en mitad de la nieve. Luego se enteró de que ese militar llevaba varios meses muerto. Me impresionó su testimonio.

-¿Nunca pensó que pudiera estar fantaseando?

-Precisamente, lo que más me intrigó de ese caso es que su protagonista era una persona muy seria y cabal, sin capacidad para la fabulación. Miguel nunca se habría podido inventar ese relato. En aquel momento no le di más importancia, pero poco a poco empezaron a llegarme historias parecidas.

-¿De qué tipo?

-Historias de personas de todo orden y condición, ricas y pobres, cultas e incultas, y de todos los rincones del mundo, que aseguraban haber mantenido encuentros personales con muertos. Cuando te llegan 10 y te cuentan lo mismo, piensas: casualidad. Cuando coinciden en ese relato 200 personas, ya te dices: aquí pasa algo. Cuando conoces mil personas que han recibido la visita de amigos y familiares fallecidos, inevitablemente tu visión de la muerte cambia.

-¿Qué piensa hoy sobre la muerte que no pensaba hace 45 años?

-Que cuando morimos, no morimos, sino que pasamos a otro estado de vida física, del cual podemos volver para mantener contactos con los que se quedan aquí. Hoy no tengo ninguna duda de que esto es así. Desconocemos los detalles, las reglas, las fases de ese proceso, pero tengo clarísimo que la vida no se acaba con la muerte, que hay otra vida después que esta. Diferente, pero real.

-Cuando uno pierde a un ser querido se ve sometido a mucho estrés. ¿No es posible que esas experiencias sean fruto de situaciones emocionales alteradas?

-Lo curioso es que yo hablé con esas personas varios años después de haber tenido esas experiencias y las recordaban con el mismo realismo. Algo pasa cuando un señor de Pittsburg describe el mismo encuentro personal con un familiar muerto que relata una señora de Barcelona o alguien de Venezuela. Es gente normal, científicos, profesores, amas de casa, sacerdotes...

-También estamos los que no hemos recibido nunca una visita de este tipo.

-Sin duda, pero otros sí la han tenido, y son ellos los que aparecen en el libro. Dudo mucho que mientan, no tendría sentido. Estas situaciones suceden más de lo que pensamos, pero a la gente le cuesta hablar de ellas. No está bien visto. Si indaga un poco y pregunta en su entorno, comprobará que al menos en cada familia hay alguien que ha tenido una experiencia de este tipo: en persona, o en sueños, ha hablado con muertos. ¿No le parece sospechoso?

-Hábleme de los casos.

-Hay historias escalofriantes. Como la de la viuda que recibió la visita de su marido muerto para decirle el número de cuenta y el banco donde tenía dinero escondido. Nadie más, aparte de él, conocía su existencia, pero cuando fueron al banco había 300.000 dólares. O la mujer que ve en sueños a su abuela, ya fallecida, que le dice: «Lo siento, he tratado de evitar lo que va a pasar, pero no he podido, es inevitable». Esa misma tarde fallecía su bebé de 14 meses. O la que sale de la consulta del médico, va a pedir cita para la siguiente revisión, y la recepcionista le dice que su marido, que llevaba tiempo muerto, acaba de hacer la reserva. Y sin posibilidad de duda: su marido era mudo y se comunicaba a través de una pizarra, como el hombre que describe la recepcionista. Hay muchos casos, y todavía me siguen llegando.

-¿Sí?

-Hace poco estuve en México y un señor me contó que a un amigo suyo, que trabaja en una funeraria, le pasó algo parecido. Un día apareció en su local un hombre pidiendo un servicio. Una hora más tarde, cuando llegó a la vivienda con el ataúd, comprobó que el muerto era el mismo que había solicitado el funeral.

-¿Por qué ha titulado así el libro?

-Porque esa exclamación, «estoy bien», es la que suelen repetir los muertos. Según lo que cuentan, el más allá es un lugar real, donde los muertos trabajan, o al menos se dedican a la tarea que más les gusta, e incluso existe el dinero. Todos tienen buen aspecto y se muestran jóvenes, como si se quedaran permanentemente en una edad de entre 25 y 30 años.

-Resulta tranquilizador.

-Este libro aporta un mensaje de esperanza que viene muy bien en tiempos duros como los que vivimos. Sobre todo, puede ayudar a los que han perdido a seres queridos. No tienen motivo para sentirse tristes, sus familiares están tranquilos y felices en otro lugar, en otra dimensión, a la cual hoy no podemos ir para volver, pero estoy seguro de que algún día dispondremos de la tecnología necesaria para hacer ese viaje.

-¿Cómo se ha preparado para responder a los que lean esto y piensen que a J. J. Benítez se le ha ido la cabeza?

-Hace tiempo que aprendí la lección y ya no trato de convencer a nadie. Yo me limito a presentar 160 casos de personas que han tenido contactos con muertos. A partir de aquí, que cada cual saque sus conclusiones. Yo tengo las mías, pero no las impongo.

-¿Cómo se compagina su teoría con la fe religiosa?

-Las personas que entrevisté no me hablaron nunca de religión. Se puede creer, o ser ateo, y asumir que los muertos no se mueren cuando se mueren, sino que siguen vivos en otro lugar. Esto no tiene nada que ver con la fe.

-Bueno, el mensaje sí que suena religioso.

-No en el sentido como lo entienden normalmente las religiones. Las iglesias se han aprovechado de la muerte para meterle miedo a la gente. La han convertido en una herramienta de poder, pero en realidad no tiene nada que ver con ese uso. Cuando te mueres, sigues viviendo en otro lugar, en otra dimensión, ya seas cristiano, musulmán o ateo.

-¿Usted es creyente?

-Profundamente, pero también soy apóstata. En el 2005 conseguí abandonar el catolicismo y desde entonces huyo de todas las doctrinas religiosas. Creo en Dios, pero no sigo ningún dogma.

-¿Qué es hoy para usted la muerte?

-Uno de los mejores inventos que existen.

-¿Perdón?

-La muerte es un malentendido con muy mala prensa. Es un breve tránsito, rápido, como un sueño dulce, a través del cual pasamos de un estado a otro, de una dimensión a otra. Como invento, hay pocos que le superen en eficacia. Logra lo que persigue a la perfección. Desde luego, el que la inventó es un genio.

-Deduzco que no le tiene miedo.

-En absoluto. Veo la muerte como una vuelta a casa, al origen, al lugar del que venimos. La vida no es nuestra casa, aquí estamos de excursión durante un tiempo, pero luego volvemos a lo nuestro. Pienso mucho en la muerte, pero sin miedo, con tranquilidad, con normalidad.

-¿Cómo imagina su muerte?

-Como entrar en un ascensor. Le das al piso 37, sin preocuparte de nada, él te lleva hasta allí. La imagino como una transición dulce hacia otra vida.

-Oyéndole, casi entran ganas de morirse.

-Le confieso que siento una enorme curiosidad por morirme y ver qué sucede después. No solo no me da miedo, sino que lo veo como algo positivo. Y a mi edad, más todavía. En el peor de los casos, puede ocurrir que la muerte sea ese simple final que algunos anuncian. Si es así, mala suerte, pero no creo que ese sea mi destino. Sé que me lo voy a pasar bomba cuando me muera. En serio, no tengo ningún problema en morirme mañana, ¿dónde hay que firmar? La muerte es trágica para el que se queda, no para el que se va. H