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REENCUENTRO DE DOS GRANDES DE LA MÚSICA

Una voz sin arrugas

La cantante Omara Portuondo y el pianista Chucho Valdés vuelven a unirse 14 años después para grabar un disco de clásicos latinos

NÚRIA MARTORELL / Barcelona

«Aprieta, que aquí hay mujer», le suelta, coqueta, Omara Portuondo al joven cámara que le graba durante la entrevista. «¿Te gusta esta mirada pícara?», le pregunta después al fotógrafo. «Es la misma que le hago a Chucho Valdés en la foto en la que estamos juntos en la cama y que sale en mi disco». Así es la eterna novia del filin. «Me definieron así en una época en la que era la única mujer en grupos de muchos hombres», explica la que fuera diva del Buena Vista Social Club.
Está claro que a esta artista no le achica ni su edad --81 años-- ni su nuevo compañero de aventuras: el grandullón pianista Chucho Valdés, con el que hace 14 años grabó Desafíos y con el que acaba de publicar Omara & Chucho, otro exquisito disco en el que siguen revitalizando clásicos de la música cubana y latina, en general, aderezándolos con inspiradas variaciones de jazz.
En el encuentro no está presente el reclamado pianista, pero la ausencia está justificada: al día siguiente fue investido junto a su padre, Bebo Valdés, doctor honoris causa por el Berklee College Music de Boston. «Todos somos una gran familia, lo único que siento es no poder estar con ellos este gran día. Imagínate los tres: el padre, el hijo y yo, el espíritu santo», dice, entre risas.

Con Wynton Marsalis

El anterior disco lo grabaron sin ensayos previos, porque querían ver «cómo volaba la imaginación», y esta vez han repetido el reto. El encuentro fue en el mismo estudio de Silvio Rodríguez. Y de nuevo el objetivo fue no enjaular cualquier idea que apareciera. Así de libres suenan títulos como Noche cubana, Alma mía, Huesito, Me acostumbraré a estar sin ti, Si te contara, Mis sentimientos, Nuestra cobardía, Babalú Ayé y Esta tarde vi llover, con el gran compositor estadounidense Wynton Marsalis acompañándoles con su impecable trompeta. «Fue como un regalo caído del cielo. Es extraordinario, y no solo por cómo toca y suena... En realidad, parece también cubano. Le hice este chiste y él me siguió la corriente», recuerda la única artista cubana residente en la isla que ha ganado un Grammy y lo ha ido a recoger. De hecho, fue con el disco Gracias, en el que por primera vez grabó con Valdés. El pianista quiso participar en el tema que bautizó el álbum y que escribió el hijo de Portuondo, Ariel Jiménez.
Omara tenía 18 años cuando debutó en 1948 como bailarina del Tropicana: era una de Las Mulatas de Fuego. Y fue en ese cabaret donde vio por primera vez al hijo mayor de Bebo, porque su padre le llevó a uno de los ensayos. «Él tenía solo 12 añitos y ya me impresionó su presencia. Con el tiempo fui siguiendo sus progresos y nos fuimos encontrando. Después de pasar por varios grupos, el año 1967 yo empecé como solista y Chucho, con la mítica banda Irakere. Me invitó a cantar para un número de la tele», relata.
La vida de Portuondo es realmente de lo más cinematográfica. Hija de una mujer de familia española que fue repudiada por casarse con un jugador negro del equipo nacional cubano de béisbol, recuerda que su familia «era bellísima» y que le enseñó cómo se debe vivir: «Sin problemas de raza ni de dinero. Cuando no teníamos qué comer tomábamos agua con azúcar y no había ningún problema. Se trata de subsistir. De no inhibirse».