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interferencias

Un hombre de frontera

Najat El Hachmi

De nuevo un creador en la frontera de varios mundos ha conseguido un galardón de prestigio. Los titulares le definen como libanés, francés, árabe, europeo o francófono. Cuando quieren ajustar la etiqueta le dicen francolibanés o libanés residente en Francia. Todos mienten y todos dicen la verdad, porque Amin Maalouf es todas estas etiquetas y ninguna de ellas en exclusiva.

Si por algo vale la pena destacar su trayectoria es precisamente por la hibridación de su literatura y su pensamiento, a caballo entre un Oriente que intenta desexotizarse y un Occidente que se afana por digerir su propia diversidad. Con la transformación que realizó de la noción de identidad en Identidades asesinas nos hizo entender que la condición humana no tendría que permitir enclaustramientos hechos de definiciones estancas, que «ser» no implica necesariamente que el otro no sea, que todos somos un compendio de elementos de diferente procedencia.

Pero es también en su producción novelística en la que nos ha aportado esa visión conciliadora del mundo, enlazado el pasado con el presente, el Oriente con el Occidente. En la búsqueda de los propios orígenes, en las ficciones históricas y en la narración de los conflictos de un territorio desgarrado por las guerras, ha buscado también la frontera, el punto de división y de encuentro.

Que ahora sea reconocido su trabajo en momentos no muy dados a la concordia es, cuando menos, esperanzador.

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