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EFECTOS DE LOS INCENDIOS

El ecosistema oso-hombre

El turismo de avistamientos en Asturias, una esperanza para un territorio olvidado por las administraciones

Antonio Madridejos

Una osa con tres crías en el parque natural del Alto Narcea, en Asturias.

Una osa con tres crías en el parque natural del Alto Narcea, en Asturias. / FUNDACIÓN OSO PARDO

Cuando las llamas asomaron por la ladera, los vecinos de Tablado se lanzaron con sus precarios medios y frenaron a cubos la progresión del incendio. Amigos y conocidos de los pueblos cercanos -de Cerredo, Ibias y Degaña- les tendieron una mano. Así se salvaron las casas y las vidas. Las vacas también bajaron rápido al valle al ver el percal.

Sin embargo, este pequeña localidad de la montaña asturiana perdió muchas hectáreas de bosque y prados. "En veinte minutos, solo veinte, toda esta ladera de brezo quedó arrasada", recuerda Vitorino García, que regenta junto a su sobrino Víctor un encantador alojamiento rural en Tablado que tiene al oso como uno de sus reclamos. "Quizás ahora les cueste más venir por aquí", añade Víctor

Equilibrio

Vitorino y Víctor tienen muy claro que su futuro y en definitiva la supervivencia de su pueblo -ahora son 14 vecinos- depende del equilibrio entre hombres y naturaleza. "Este equilibrio, incluidos los osos, es lo que queremos mantener", dice Vitorino, un hombre que desborda energía e ideas. Quei Vitorino, la casa rural, se promociona como de turismo 'slow' y ofrece rutas para observación de los animales, talleres de artesanía en madera y, por supuesto, mucha tranquilidad. "Nos vienen muchos extranjeros", dice orgulloso con un marcado acento asturiano.

Vitorino, sin embargo, se siente menospreciado por las administraciones y recuerda, por ejemplo, que una cercana carretera que hace seis años sufrió un desprendimiento por culpa de un rayo sigue todavía cortada. "Si no nos ayudan aquí pronto no quedará nada", lamenta. Los impuestos y la competencia desleal los machacan. "Aquí te encuentras mucha gente que se ofrece como guía profesional para ver osos sin tener autorización", critica su sobrino.

Robledal muy afectado por el paso del fuego en el parque natural del Alto Narcea / FUNDACIÓN OSO PARDO

En el parque natural de las Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias, creado en el 2002 y actualmente catalogado como Reserva de la Biosfera, vive una de las mayores poblaciones de oso de todo el Cantábrico. Los avistamientos han dejado de ser excepcionales. A diferencia de lo que se piensa, los animales no viven en las cimas de las montañas, sino que frecuentan sobre todo los bosques de hayas y robles, donde encuentran abundante alimento, y a menudo bajan también a comer de cerezos, manzanos y ciruelos cercanos a las poblaciones, explica Fernando Ballesteros, biólogo de la Fundación Oso Pardo (FOP).

Los peligros de una frecuentación excesiva

En su opinión, el problema podría surgir de una frecuentación humana excesiva. "No es bueno que los osos crezcan en la proximidad de los hombres y mucho menos que se los alimente porque acabarían acostumbrándose y eso sí podría ser peligroso para ellos y para nosotros", sintetiza Ballesteros. Es necesario legislar sobre el negocio de las rutas y las observaciones.

En cualquier caso, los daños ocasionados sobre el ganado son muy escasos, en parte porque las explotaciones en Asturias suelen ser de vacuno, unas presas demasiado grandes. De vez en cuando, los osos rompen ramas de algún árbol cuando se encaraman en busca de los frutos, pero poca cosa más. No obstante, quien más sufre las embestidas del oso son posiblemente los apicultores, aunque algunos entienden incluso la actitud de los animales.

Sin flores para las abejas

Uno de ellos es Alberto Uría, vecino de Ibias, que dispone de 200 colmenas repartidas por la zona y produce, según explica, una miel totalmente natural. Sin ningún procesado o aditivo. "De la colmena va al envase directamente", presume, mientras enseña un restaurado cortín, un tradicional cercado de piedra construido para evitar que los osos lleguen a las colmenas. La puerta, eso sí, ha sido forzada por un plantígrado, como atestiguan los zarpazos visibles en la madera. Ahora, sin embargo, los incendios han arrasado parte de las flores de las que se alimentan sus 'abelles', se lamenta Uría. "Estos castaños los plantó mi tatarabuelo", concluye señalando unos árboles tocados por las llamas.