22 oct 2020

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El refugio de los mayores en su último hogar

Ambientes hogareños con zonas comunes son cada vez más presentes en residencias para mayores, y en apartamentos con servicios compartidos que casan autonomía, convivencia y tranquilidad para los hijos

Carme Escales

Espacios para la lectura en las zonas comunes de los apartamentos con servicios de Cugat Natura, una alternativa a la residencia tradicional. / ROBERT RAMOS

Espacios para la lectura en las zonas comunes de los apartamentos con servicios de Cugat Natura, una alternativa a la residencia tradicional.
A mediodía, el comedor comunitario congrega a los usuarios de los apartamentos con servicios que prefieren no cocinar.

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Cuántos años tendremos cuando seamos mayores es algo cada vez más incierto. Tanto como la autonomía y compañía con la que contaremos. Prever dónde vivir, qué necesitaremos y de qué ayudas dispondremos es parte del camino hacia el tramo más maduro de la vida. El aumento de la esperanza de vida despliega desafíos para todos: políticos, profesionales de la salud y los servicios sociales, investigadores, empresarios, arquitectos… Pero son los hijos, y padres en esa primera línea de senectud, quienes tienen en sus manos el mayor hándicap: el cuidado a distancia, en manos de terceros, bajo otro techo, el reto de vivir lo mejor posible cualquier grado de dependencia, con la compañía intermitente de los seres queridos.

Luis Marín hace 25 años ya pensaba en ello. Con su esposa programaron que cuando casasen al último de sus hijos, dejarían su casa y buscarían un buen lugar para ir a vivir ellos dos solos. “Mi futuro lo tenía planificado con ella. Iríamos a un lugar con muchos servicios para que ella no tuviera que ocuparse de nada”, explica. Pero hace cinco años, en muy breve tiempo, una enfermedad le arrebató a Luis a su compañera de futuro. Después del tiempo más duro, tomó la decisión de ir en busca, igualmente, de ese lugar para tenerlo todo sin molestar a sus hijos. “Marcharme de casa fue una decisión difícil”, confiesa.

Pero acertó en su elección. Luis vive en un apartamento de alquiler con servicios (médico, enfermera, trabajadora social, terapeuta ocupacional que organiza actividades, lavandería, parking, trastero y conserje de 9 a 21 h). Todo incluido en la cuota, en un complejo residencial que ya fue concebido pensando en las necesidades de los mayores. Es un modelo con todo previsto. Incluso un eventual empeoramiento de los inquilinos, pues junto al de viviendas los mismos promotores levantaron otro edificio que es una residencia asistida. “Cada persona vive en su apartamento, equipados con cocina, totalmente libres como cualquiera en su propio domicilio, y participan de las actividades con el resto de usuarios en la medida en que lo deseen”, precisa Helena Aranyó, directora de los apartamentos con servicios Cugat Natura. Normalmente, la comida de mediodía la hacen todos juntos. Se agrupan por afinidad en diversas mesas. Durante el día cada cual puede hacer su plan, fuera o dentro de las instalaciones. Hay gimnasio y espacios para compartir actividades interactivas -algunas propuestas desde el Ateneu de Sant Cugat-; recibir visitas, leer o descansar. “Yo soy un lobo solitario”, dice Luis. “A las 6 de la mañana ya estoy despierto y me preparo un buen café en el apartamento. Desayuno y cena, si quieres te lo suben. Yo me hago el desayuno y después me echo una pequeña siesta, antes de afrontar el día”, explica. “Lo importante del dinero no es gastarlo o guardarlo, sino gastarlo bien”, opina. A sus 80 años, todavía conduce. Visita a sus hijos y a su hermano y ellos también a él. “Aquí he encontrado confort emocional. Nuestro destino es traspasar, pues traspasaremos de la mejor manera posible. Este es el espíritu que predomina aquí. Las instalaciones acompañan, pero sin el grupo humano que lo lleva no funcionaría”, dice.

Montserrat Ibañez, de 72 años, también vive, hace un año, en un apartamento con servicios. Después de enviudar, hace 3 años, empezó a visitar diferentes equipamientos. “Una residencia ni me lo planteé. No estoy preparada para un geriátrico. Aunque estoy en esa etapa del ‘si no fuese por’, no necesito tantos cuidados”, explica. “Y buscando otras opciones en internet vi los apartamentos con servicios. Miré unos en Barcelona, en Sabadell y en Girona, pero el que más me gustó y con un precio que se ajustaba a mi pensión fue este, en Terrassa”, dice. Es el conjunto residencial Las Liras, un proyecto de hábitat sénior obra del arquitecto Juli Capella. “Son pequeñas viviendas de un dormitorio, sala de estar y pequeña cocina, y en la planta baja hay servicios comunes donde poder jugar a cartas o al ajedrez, tomar un café…”, describe Capella. “En el comedor se sirve cocina especializada en personas mayores, sin grasas, con proteínas y poca sal, y a un precio cooperativo, aunque cada cual puede cocinar si quiere en su casa, que es más caro y siempre sobran cosas”, apunta. Tiene consulta para las visitas médicas semanales. No es un hospital, son espacios muy domésticos y confortables pensados para mayores de 65 años hasta que sean dependientes, de compra o alquiler. “Recuerdo a una usuaria que me dijo: esto me ha salvado la vida”, explica Capella. “Psicológicamente es brutal que un espacio ayude a gestionar la soledad. La arquitectura no es inocente, diseñando con cuidado puedes contribuir a ello”, precisa.

“Yo siempre he sido muy autónoma. Ni por un momento me planteé ir a vivir con uno de mis dos hijos. Cada uno está en su casa y nos vemos cuando queremos. Yo aquí tengo mi espacio y mis cosas”, explica Ibáñez. “Después de desayunar, salgo a pasear con mi perro –un terrier escocés llamado Bren-, que no en todos los apartamentos que visité admitían mascotas”, puntualiza. “Aprovecho el paseo para hacer las compras. A la una y media comemos y por la tarde vuelvo a dar una vuelta al perro y aquí nos distraemos con sesiones de quintos. Luego, ya en casa, ceno y miro la tele”, dice. “El fin de semana veo a mis hijos y hacemos actividades. Sobre todo me siento segura y muy tranquila, tenemos servicio de enfermería 24 horas. La mayoría somos mujeres, pero también hay parejas, y todos hablamos con todos. Después de más de 40 años de vivir en pareja, se echa en falta. Me puedo sentir en algún momento sola pero no abandonada, incluso hay momentos en que necesito estar sola”, concluye.

La alternativa del cohousing

“La solitud no deseada es el gran drama”, apunta Josep Maria Ricart, miembro de la Cooperativa Sostre Cívic y uno de los impulsores del proyecto Walden XXI, la compra y rehabilitación de un antiguo hotel en Sant Feliu de Guíxols para convertirlo en 31 apartamentos en cooperativa de vivienda sobre el modelo de uso. “Es una alternativa a las residencias mercantiles para quien, con 80 años, no querremos vivir solos”, explica. “Somos la última generación que nos hemos encargado de nuestros padres y la primera que no queremos que se encarguen de nosotros”. Hace siete años, cuando Ricart tenía 63, con unos amigos empezaron a planear la vivienda que esperan ocupar dentro de tres años. “Primero creamos el grupo y luego buscamos la ubicación”, explica.  “Trabajamos para los que vengan detrás, un modelo de convivencia con espacios privados y zonas comunes, cocina industrial, lavandería, comedor y espacios para talleres de bricolaje u otros, con servicios previstos para cuando lleguen las dependencias a través de una mutua creada entre nosotros”, describe Josep Maria Ricart.

Importar los modelos nórdicos

En el estudio arquitectónico de Marc Trepatespecializado en personas mayores y sus condicionantes vitales, trabajan seis proyectos residenciales para séniors potenciando estímulos positivos desde la propia construcción: espacio, luz natural, silencio y colores que transmitan energía y confort. Inspirados en modelos daneses, suecos y noruegos, “el objetivo es crear ambientes que borren miedos como la soledad, más domésticos, alejados del concepto de hospital, adaptando cada zona para dar solución a cualquier circunstancia”, explica. Se suaviza el trauma de entrar en una residencia agrupando por similitud a los usuarios en unidades de convivencia de 12 a 16 personas. “Son unidades pensadas como viviendas, con una cocina doméstica. Se mantiene la privacidad, con rellano y puertas con timbre, muy diferente a las residencias tradicionales, lugares asépticos donde todos entran y salen”, dice. Las unidades de convivencia intentan reproducir la vida en una casa normal, con zonas comunes, como la cocina, que invitan a participar en actividades como preparar un pastel entre varios. “Los modelos más avanzados centran la atención en la persona respetando su historia de vida, preferencias y autonomía, polivalentes para responder a todo grado de dependencia”, afirma el gereontólogo que preside la Fundació Salut i Envelliment UABAntoni Salvà. Advierte que “los pronósticos demográficos nos dicen que cada vez más gente mayor precisará algún tipo de equipamiento especial, más recursos asistenciales y a domicilio”.