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Un camarero en una terraza parisina.

Un camarero en una terraza parisina. / AFP / Martin Bureau

Enric Bonet

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Considerados un símbolo de la capital francesa, los cafés de París han cambiado de fisonomía en los últimos años. La herencia de la pandemia del covid-19 en la vida parisina no solo ha sido el teletrabajo, sino también la multiplicación de las terrazas. Las exenciones que se hicieron en el verano del 2020 para permitir a los bares y restaurantes que instalaran un mayor número de clientes en el exterior desembocaron en una política perenne: las llamadas “terrazas efímeras”, autorizadas cada año entre principios de abril y finales de octubre. Han sido todo un éxito comercial. Hasta el punto de que aumentan las críticas por los problemas de ruido y gentrificación.

Cuando uno se paseaba por París en las últimas semanas del verano, rápidamente veía terrazas que ya no se limitan a estar justo al lado de su establecimiento, sino que ahora ocupan una parte de la calle en que se ha limitado la circulación. Suelen estar llenas de gente. Y si coinciden con un partido del Mundial de rugby de la selección francesa, entonces literalmente rebosadas. Han dejado de ser la norma las típicas mesas pequeñas, con apenas dos sillas, que parecían concebidas para que los parisinos se mostraran a la calle. Varios puntos de la capital francesa destacan ahora por sus grandes espacios de mesas al aire libre. Un aspecto más bien familiar al del barrio de Gracia en Barcelona o la Latina en Madrid.

Así sucede con la plaza de Aligre, situada entre la zona de la Bastilla y la de Nación, en el este de la capital francesa. Antes de la pandemia, era un lugar solo conocido por el mercado cubierto Beauvau, de finales del siglo XVIII y que lo animaba durante las mañanas. Pero cuando el mercado cerraba al mediodía, se convertía únicamente en un lugar de paso, desangelado. Eso, sin embargo, cambió con la irrupción de las “terrazas efímeras”. Cada tarde la plaza de Aligre se llena mesas y de unas 500 sillas. Y ahora se trata de uno de los puntos frecuentados del animado distrito de la Bastilla.

Dinamizar espacios

“Ha cambiado el aspecto del barrio. Antes era solo una zona de mercado y circulación y ahora se ha convertido en una plaza donde los padres vienen a tomar el apéro (aperitivo) y sus niños a jugar al fútbol”, explica a EL PERIÓDICO Adel Hammouche, de 20 años, que junto con su padre gestiona el bar La Grille. Este local familiar estaba a punto de cerrar durante la crisis sanitaria. Pero la nueva terraza ha dado un impulso al negocio y han contratado a una decena de nuevos trabajadores. “El hecho de poder acoger a 150 clientes más —antes su aforo en el exterior era de unos 50— nos ha ayudado”, reconocía Hammouche durante una tarde de septiembre. 

Habían pasado las cuatro de la tarde cuando llegó un anticuado camión Renault. De su interior, sacaron las sillas y mesas que constituyen el espacio “efímero” de la Grille. El mismo ritual repiten todas las tardes, así como los otros bares de la zona. Unas horas más tarde, las mesas ya estaban llenas de franceses y turistas, brindando con sus vasos de vino o degustando surtidos de queso. “Me parecen una idea fantástica estas terrazas efímeras. La naturaleza tiene horror del vacío y antes aquí en Aligre había jóvenes traficantes de droga durante la noche. Ahora es un lugar más animado, pero también con menos delincuentes”, afirma Samir B., de 34 años, un vecino que trabaja como policía, mientras toma un café con unos amigos.

“Eran gratuitas estas terrazas durante la pandemia, pero ahora debemos pagar unos 15.000 euros —una cifra que depende en función de cada local—, explica Frédérik, de 43 años, y empleado en Chez Charlette, otro de los bares de Aligre. “En cierta forma, el cambio climático nos ha ayudado”, afirma con ironía este camarero sobre las elevadas temperaturas que se han registrado en la capital francesa a finales de agosto y principios de septiembre.

“Invasión del espacio público”

Durante el verano de 2020, hasta 14.000 espacios efímeros de este tipo irrumpieron en París. Ante las críticas por el ruido y por privatizar el espacio público, el Ayuntamiento de la socialista Anne Hidalgo intenta encontrar un punto de equilibrio. Las condiciones resultan más exigentes y se las obliga a cerrar a las diez de la noche, a diferencia de las mesas normales al aire libre que pueden abrir hasta las dos de la madrugada. Este año hay más de 4.000 terrazas “efímeras”, lo que representa una cantidad significativa en una ciudad que cuenta con 13.000 todo el año.

“Queremos que esta invasión del espacio público se acabe de una vez”, pedía Éric Durand, el portavoz de Droit au sommeil (Derecho al sueño), un colectivo de vecinos parisinos que denuncian la contaminación sonora, en declaraciones al New York Times. Los representantes municipales de Los Republicanos (LR, derecha) —principal fuerza de oposición en el Ayuntamiento— también denuncian que París “no puede ser solo una gigantesca terraza”. “La falta de sanciones y de control han provocado una pesadilla para bastantes parisinos”, criticó Aurélien Veron, de LR. Agrupados a través del colectivo y la etiqueta #SaccageParis, los detractores de Hidalgo también tienen entre ceja y ceja estas terrazas a las que acusan de haber afeado las elegantes avenidas parisinas.

Pese a estas críticas, la municipalidad defiende estas terrazas “efímeras”. No solo ve en ellas un reflejo del “arte de vivir a la francesa”, sino también forman parte del urbanismo táctico aplicado en los últimos años, la llamada “Ciudad de los 15 minutos”. Es decir, la apuesta para que deje de haber barrios especializados en el ocio nocturno —el Barrio Latino o los Grandes Bulevares— y que cada distrito cuente con una zona animada. Una política que corre el riesgo de morir de éxito.