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Andrew Roberts: "Churchill rompía a llorar con facilidad"

José Luis Roca

ENTREVISTA

Andrew Roberts: "Churchill rompía a llorar con facilidad"

Juan Fernández

Si hubiera que reunir alrededor de una mesa camilla a la media docena de personajes más determinantes del siglo XX, sin duda entre ellos estaría Winston Churchill. Se comprende, pues, que alguien que se dedica a desentrañar los laberintos del pasado para entender el presente, como hace Andrew Roberts (Londres, 1963), sienta la devoción que declara hacia su figura. 

Se ha escrito mucho sobre el estadista que guió los pasos del Reino Unido durante la segunda guerra mundial y cuyo tesón resultó clave para liberar a Europa del yugo nazi. Lo hizo él mismo, que dejó firmadas unas pormenorizadas memorias, y también el propio Roberts, que ya publicó un estudio sobre su modo de entender el liderazgo enfrentándolo al que desprendía Hitler.

Ahora, tras acceder a documentos privados nunca antes revelados, el historiador ha compuesto la que se anuncia como la biografía definitiva del político inglés: 1.300 páginas traducidas al castellano por Crítica que, aparte de retratar al hombre de Estado, desnudan a la persona que había bajo su rostro impertérrito.

–Le propongo un juego: ahora mismo entra por esa puerta sir Winston Churchill y se sienta en esta mesa. ¿Qué le preguntaría?
–Churchill se sintió toda su vida predestinado para guiar la Historia. En sus memorias confesó que el día en que lo nombraron primer ministro, en plena guerra mundial, sintió que toda su vida había sido una preparación para ese trascendental momento. Si lo tuviera delante, le preguntaría por ese sentimiento, cuándo empezó a tenerlo y por qué. Creo que tuvo que ver con su infancia, pero me gustaría que me lo aclarara. Daría mi dedo meñique por mantener ese encuentro.

–Ha mencionado su infancia, a la que presta mucha atención en su libro, y que describe con gran crudeza.
–Churchill fue un niño infeliz. Era hijo de un duque, nació en un palacio y siempre estaba rodeado de sirvientes, pero su infancia fue muy desgraciada por el nulo afecto que le ofrecieron. Su padre fue un político brillante, pero jamás tuvo una muestra de cariño hacia su hijo. Su madre fue una gran belleza norteamericana que solo se interesaba por el romance que mantenía con el príncipe de Gales, pero que descuidó a su hijo, a pesar de las cartas que él le mandaba desde el internado suplicándole amor. El día de su muerte, Churchill dijo que la adoraba, pero que la veía como la estrella del atardecer: brillante pero distante.

"Afirmó que los niños con infancias difíciles solían alcanzar mayores metas en la vida. Sin duda, se refería a su experiencia"

–Sin embargo, la seguía idolatrando.
–Sí, sí. A pesar de aquellos desprecios, Churchill continuó admirando y amando a sus padres toda su vida, infinitamente. Diría más: su vida fue un continuo intento para impresionar a su padre, incluso después de su muerte.

–Con esa infancia y esas carencias afectivas, Churchill podría haberse convertido en el mayor criminal de la historia.
–Absolutamente. Podría haber acabado vengándose del amor que no le dieron o haciendo las mayores heroicidades para ganarse la atención de sus padres. Eligió lo segundo, por suerte para todos. Un día afirmó que los niños con infancias difíciles solían alcanzar mayores metas en la vida que los mimados. Sin duda, se refería a su experiencia personal.

–La impronta que ha perdurado de él es la de un señor mayor de oronda figura y aspecto flemático sentado en un sillón. Sin embrago, usted le describe como un hombre ágil, de fuerte carácter y habituado a la acción.
–Las fotos del Churchill de la segunda guerra mundial dan una imagen errónea de su personalidad. En realidad, era tremendamente apasionado y emotivo. Rompía a llorar con facilidad, en contra de la tiesa educación victoriana que recibió, y tenía una gran fortaleza física. De joven fue un exitoso deportista, ganó trofeos de esgrima y polo, y siempre estaba dispuesto a entrar en acción.

Winston Churchill, en 1941. /Archivo

–¿Por eso se alistó en el Ejército?
–Su carrera militar fue otro intento más por llamar la atención de sus padres y subir un peldaño más en su camino a la política, que es lo único que a él le interesaba. En sus años de periodista, fue el corresponsal de guerra mejor pagado del momento, pero no era lo bastante rico como para comprar un escaño en el Parlamento, que es lo que se solía hacer en esa época. Su forma de conseguirlo fue hacer grandes demostraciones de coraje en el frente de guerra. 

–Lo retrata como un hombre valiente.
–Y lo era. En alguna ocasión dijo que no hay nada más excitante en la vida que ser disparado sin que te den. Vio morir a decenas de soldados a su alrededor, estuvo a punto de saltar por los aires en un búnker bombardeado por los alemanes; a los 11 años casi lo mató una neumonía, en el colegio lo apuñalaron en el estómago, por poco se ahogó en el lago de Lausana, escapó por los pelos de arder en un incendio doméstico y sufrió dos accidentes de avión y tres de tráfico. Uno de ellos, el de la Quinta Avenida de Nueva York, fue casi mortal.

"Habría sido un gran tuitero. Sus mejores pensamientos caben en 280 caracteres"

–¿Se sentía invencible?
–En algún momento confesó que llegó a sentir la presencia de un ángel protector. Esto alimentó su conciencia de hombre predestinado para hacer Historia, pero los inmensos errores que cometió como político en tiempos de paz le pusieron los pies en la tierra. Su lista de pifias fue tan grande que, sin la urgencia de la guerra mundial, jamás habría llegado a primer ministro. 

–Lo que manejaba como pocos era la oratoria. ¿Cuál era su secreto?
–Tenía tres: 1/ hacer frases cortas que contuvieran un único mensaje; 2/ usar palabras directas que resultaran familiares a la gente, y 3/ apoyarse de vez en cuando en términos del inglés antiguo que dieran empaque a su discurso. Habría sido un gran tuitero, sus mejores pensamientos caben en 280 caracteres.

–¿Suficientes para explicar su ideología?
–Él la denominaba 'democracia conservadora'. Creía que el partido conservador británico tenía el deber moral de cuidar a los pobres, pero siempre desde el libre mercado. De forma parecida, pensaba que el imperio británico estaba obligado a mejorar la vida de los nativos de las colonias, pero desde una perspectiva paternalista. Defendía la supremacía británica, es cierto, pero hay tener en cuenta que nació en la época de Charles Darwin. Hoy nos parece obsceno, pero entonces se creía en la jerarquía de las razas.

–¿Cómo alguien de su inteligencia pudo oponerse a que las mujeres votasen?
–En ese momento, el sufragio femenino no llevaba en el debate público ni 20 años. Piense en el cambio climático. Hoy nos parece obvio luchar contra él, pero hace 20 años solo los más formados veían su importancia. 

–Se enfrentó con coraje a Hitler, pero apoyó a un dictador fascista como Franco. ¿No es contradictorio?
–Churchill temía que España cayera bajo la influencia soviética. Ante esa amenaza, Franco le parecía un mal menor. Su anticomunismo lo cegaba. Para asegurar la neutralidad de España en la guerra, no le importó sobornar a los militares de Franco con grandes cantidades de dinero. En 1945, los norteamericanos trazaron un plan para desestabilizar al dictador. Churchill se opuso porque habría supuesto iniciar una nueva guerra civil de resultado incierto.

–¿Era europeísta?
–Sí. De hecho, tras la guerra, fue uno de los impulsores de la unión de estados europeos. Decía que no quería volver a ver a los teutones luchando contra los galos. Pero él nunca habría metido al Reino Unido en esa organización. Como aliado de la UE, sí, igual que lo era de Estados Unidos y los países de la Common-wealth, pero jamás como estado miembro. 

"Él nunca habría metido al Reino Unido en la UE. Sin duda, habría dicho 'sí' al 'brexit'"

–¿Habría votado 'sí' al 'brexit?
–Sí, sin duda.

–¿Qué pensaría de los espectáculos que ofrece hoy el Parlamento británico?
–Estaría horrorizado. Quién sabe, igual aprovechaba este momento para volver a postularse como primer ministro. Lo cierto es que ya no hay políticos como él. La última figura que se le acerca fue Margaret Thatcher. Por supuesto, Boris Johnson no se le parece, aunque ha escrito mucho sobre Churchill y tiene su sentido del atrevimiento. Ojalá aprendiera de su ejemplo.

–¿Qué lección aplicable a nuestros días nos deja la figura de Churchill?
–Que la política no va sobre las emociones. Él tenía un carácter muy emocional, pero sus discursos dejaban siempre a la razón por encima del corazón. A esta Europa presa del populismo, le iría bien prestar atención al mensaje racional, lógico y calmado de los discursos de Churchill.