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Generación 8-M: hablan las más jóvenes del movimiento

Generación 8-M: hablan las más jóvenes del movimiento

Núria Marrón

Sin duda, una de las noticias del histórico 8-M de hace un año fueron los cientos de miles de chicas jovencísimas que se sumaron en tromba a la huelga feminista y desfilaron por las calles con el nervio y la alegría de sus 14, 16, 18 años. «El feminismo es una cosa que te pasa», suele decir la pensadora Judith Butler. Y precisamente desde que 'les pasó' a las protagonistas de este reportaje –Rubia Naz, Iona Crusat, Emma Adam, Júlia Feixas y María González de Aspuru– coinciden en que ya no ven de igual modo ni las películas, ni la rabia acallada, ni por supuesto las discriminaciones y violencias cotidianas que hasta hace poco no identificaban.

► Así te afectará la huelga feminista del 8 de marzo

«Ya no somos las mismas. De hecho, creo que ni siquiera soy la misma persona que hace un mes», dice María en esta charla en la que estas cinco chicas de entre 17 y 20 años hablan de sororidad, de relaciones abusivas y de sus planes de rebelión contra el mundo heredado. Abran paso, pues, al futuro en marcha.

María González de Aspuru es de Vitoria, tiene 20 años, y estudia en la Escola Superior de Música de Catalunya (Esmuc). Explica que, de adolescente, empezó a tomar conciencia sobre el feminismo y la violencia de género al detectar una relación abusiva tras la ruptura de una pareja de 'youtubers' famosos. Participa en la asamblea del 8-M de Ca la Dona. / ELISENDA PONS

«Y descubres que hay cosas que no solo te pasan a ti»

¿Qué clase de cortocircuito ha representado el 8-M?
Rubia: Para mí ha supuesto un proceso de aprendizaje y de conciencia. Cuando llegué a la universidad, había un grupo de mujeres que se reunían, que hacían pintadas... Yo las miraba con curiosidad. «¿Por qué hacen esto?», me preguntaba. Hasta que te das cuenta de que cosas que crees que solo te pasan a ti –como sentirte inferior o que te acosen por la calle– nos pasa en realidad a todas y en todos los ámbitos. Ya sea en la familia, el trabajo o la universidad.

"Yo no me quiero ir sin sentir que he luchado y que lo he intentado, que no me he quedado en el sofá", afirma María González de Asparu

Júlia: Es que de golpe abres los ojos. Es muy fuerte el momento en el que empiezas a hablar con mujeres que te rodean de, por ejemplo, abusos cotidianos que antes veías normales. Te pones a leer. Vas a charlas. Te das cuenta del trabajo que queda por hacer. Y entonces es cuando, de repente, te empiezan a decir que si te cabreas por todo, que si tienes la piel muy fina...

María: Es significativo que la ira y la rabia sean emociones que solo se les han permitido a los hombres. Y eso se ve claramente, por ejemplo, en las películas de amor romántico, con los arranques de celos e ira que tienen mayoritariamente los chicos y que además se venden con música de fondo y como algo bonito. En las mujeres, la rabia, más que un reflejo de poder, es síntoma de que algo te está oprimiendo y destrozando por dentro. Es una herramienta de superviviencia. Pero si te enfadas o expresas furia, enseguida eres una histérica, la loca del ático. ¿A quién no han llamado loca alguna vez?

Iona: O 'perrofla', okupa, feminazi... 

Rubia Naz tiene 19 años y estudia Derecho y Ciencias Políticas. Colabora en la asociación PakMir, que trabaja en favor de la inclusión de las mujeres paquistanís, y le interesa el feminismo decolonial. / elisenda pons

Emma: ¡Feminazi nunca falla! Sí, yo también veo que están pasando cosas importantes, pero creo que igual no se están abordando de forma correcta. Se intenta encauzar el movimiento hacia el feminismo liberal [la agenda que tradicionalmente han defendido mujeres blancas de clases medias y altas], y las empresas se están aprovechando del movimiento y de que la gente se implica. Por todas partes hay camisetas con lemas feministas, Frida Kahlo y el 'Love yourself'... Está bien que nos concienciemos, pero no sé si de esta manera. 

"Creo que el feminismo no acaba de acoger la diversidad cultural y racial; a veces parece que solo hay un feminismo auténtico", cuestiona Rubia Naz

Rubia: Y son las mismas marcas que luego hacen tallas pequeñas o explotan a sus trabajadores. También hay otra cuestión que me resulta problemática. Yo entiendo que el feminismo defiende valores occidentales y orientales, y participo en las huelgas y manifestaciones. Sin embargo, creo que no acaba de acoger la diversidad cultural y racial. En las fotos, tras las pancartas de cabecera, siempre veo chicas blancas, y eso duele. A veces incluso mujeres con velo sienten sobre ellas miradas que las incomodan. Como si solo hubiera un feminismo auténtico. No tienen las mismas inquietudes una chica nacida aquí y de valores occidentales que una procedente de otra cultura. Además, si el feminismo realmente quiere representar e incluir a las más vulnerables, igual se deberían cuidar y dar más protagonismo a las invisibles. 

«¿Quién no tiene una amiga que no haya sufrido violencia en la pareja?»

Hay consenso en que el #MeToo y el caso de 'la manada' han tenido un efecto multiplicador de apoyo al feminismo entre las más jóvenes, que igual no habéis vivido aún las desigualdades derivadas de los cuidados o el mercado laboral, pero sí habéis experimentado ya algún tipo de violencia.

Iona: Y desde muy jóvenes. Yo soy de Collbató y con 14 o 15 años, saliendo de una extraescolar que hacía en Igualada, cuatro chicos empezaron a seguirme. «¿Tienes novio?». «Dame un pico». Me asusté. Por suerte, cuando llegué a la estación de autobuses me encontré con una amiga y luego estuve hablando con mi padre por teléfono hasta que llegó el bus. Eran las ocho y media de la tarde.

Emma Adam tiene 17 años y estudia primero de Bachibac (título homologable en Francia) Científico. Con su compañera Iona, impulsa la asamblea feminista del Instituto Montserrat de Barcelona. / ELISENDA PONS

Rubia: Yo siento el foco general y uno en particular. Por ir vestida de forma occidental, hay chicos de origen indio o paquistaní que se creen con derecho de decirme cosas. A veces, en el metro, me dedican canciones paquistanís supermachistas, tipo reggaetón que sé que van dirigidas a mí porque soy la única que las puede entender. Me pasa también en Instagram, que abro y cierro según el momento. Y luego están las miradas fijas, esas que vuelves la cabeza cinco minutos más tarde y aún las tienes clavadas. 

"Por todas partes hay camisetas con lemas feministas, y Frida Kahlo... Está bien que nos concienciemos, pero no sé si de esta manera", afirma Emma Adam

María: Yo eso lo he vivido con chicos de todos los colores. ¡Que te pones los cascos para no escucharlos y aún oyes cómo te pita un camión! Ahora bien: si vas acompañada de un hombre no te hacen nada. ¿Por qué? Porque te consideran propiedad. Muchas veces no sirve que les digas que no quieres darles un beso, necesitan oír que tienes novio. Y si dices que algo te ha sentado mal, se disculpan con el chico que está a tu lado. Oye, perdona, que tu comentario me ha sentado mal a mí. Ahí queda muy claro que el acoso no va de querer ligar contigo ni de hacerte saber lo guapa que eres, sino que es una cuestión de poder, de dejarte claro dónde estás. Ellos saben que te pueden decir lo que quieran y que la mayoría de veces no vas a contestar.

Emma: El acoso callejero es diario. Vayas vestida normal o de fiesta. Siempre. Siempre. Siempre.

Júlia Feixas tiene 18 años y vive en Premià de Mar. Estudia teatro, forma parte del colectivo Jovent Republicà y participa en espacios feministas y LGTBI. / elisenda pons

María: Y luego está la violencia en la pareja. ¿Quién no tiene una amiga que no la haya sufrido? Todas conocemos alguna y en cambio ningún hombre conoce ningún maltratador ni ningún violador. Es absolutamente incoherente. Y ahí te das cuenta de a quién se ve en todo este asunto y a quién se tapa. Que la justicia se centre en la víctima no es más que un reflejo de la sociedad.

"De golpe abres los ojos, es muy fuerte el momento en el que empiezas a hablar de todo con mujeres que te rodean", afirma Júlias Feixas

Júlia: Yo ahora soy de «no es no». Y punto. Pero nos socializamos con esa idea, que está por todas partes,  de que deberíamos estar agradecidas de la atención que nos dan los chicos. De más joven, por ejemplo, si estaba bailando y un chaval se me acercaba por detrás en la discoteca, a menudo me quedaba un poco, le daba un beso y me iba. ¡Lo veía normal! Una vez incluso conocí a un chico, me gustó y me lo llevé a casa. Pero estaba cansada y no quise seguir. Él era de otro pueblo y empezó a decirme que había venido al mío expresamente. ¡Y yo me sentía culpable, pensando que le debía algo! Hubo un momento en el que dije basta. Me costó incluso que se apartara, pero luego volví a caer en su juego mental: tú debes seguir porque yo he venido por ti. Durante mucho tiempo sentí culpa y me pregunté cómo había dejado que pasara aquello. Luego, gracias a otras mujeres, he aprendido que él debería haber respetado mi voluntad y que aquello fue un abuso. Me ha costado mucho ponerle este nombre. Y lo fuerte  es que, seguramente, para el chico todo aquello fue normal. 

Emma: Es que, al final, todo siempre acaba siendo culpa tuya. 

Iona Crusat, de 17 años, forma parte, con Emma Adam, de la asamblea feminista del instituto. / elisenda pons

«La educación sexual y afectiva es cero» 

El mejor antídoto para prevenir las relaciones abusivas y la LGTBfobia es la educación sexual y afectiva. ¿Qué aprendisteis?

Rubia: En el instituto hicimos algo. Poco, pero algo.

Iona: Pues yo nada. Cero. Como mucho te dicen todo lo que te puede pasar si no usas preservativo, como las enfermedades y los embarazos no deseados. Sin embargo, las cosas más profundas las acabas hablando con las amigas.

"La diversidad sexual y de género están un poco más normalizadas", apunta Iona Crusat

Emma: A mí, alguna amiga con pareja me ha preguntado: «¿Esto que ha hecho lo ves bien?». Hay algo que seguramente le chirría. Conozco gente de nuestra edad coon relaciones tóxicas, pero creo que las trampas del amor romántico [el chico malote, el eres mía, el amor puede con todo] ahora se ven más.

María: Y luego está la pornografía 'mainstream', que se ajusta a las fantasías sembradas en las mentes de mucha gente. Es un producto que se vende mucho y  banaliza cosas tremendas. Por ejemplo, es muy típica una categoría titulada 'sexo no consentido', que directamente son violaciones. Además, son escenas muy falocéntricas en las que a menudo las mujeres gritan, no se sabe si por postureo o de puro dolor. Y eso también hace que críos que a veces llegan al porno muy pronto y de casualidad vayan aprendiendo a no distinguir entre lo que es placer y lo que no, y a tratar a la mujer como un objeto a su disposición.

Iona: Yo creo que están pasando muchas cosas a la vez, y en sentidos contrarios. Por un lado, cuando hablas con amigas, muchas te cuentan que el sexo acaba cuando el chico termina. Pero, a la vez, y aunque aún queda mucho por hacer, también hay temas que están cambiando. Depende de por dónde te muevas, la diversidad sexual está más normalizada y también se cuestiona más todo lo que tradicionalmente se suponía que significaba ser hombre o mujer.

Emma: Yo también veo cambios,  aunque la LGTBIfobia sigue siendo bestia.

"Hasta dentro del movimiento feminista hay transfobia bajo justificaciones patéticas", afirma María González de Asparu

María: Hasta dentro del movimiento feminista hay transfobia bajo justificaciones patéticas. Hay quien ha llegado a llamar a las mujeres trans «hombres vestidos de mujer». Pues a quien ridiculizas igual sufre mucho más la presión estética que nosotras porque aún está más alejada de lo que identificamos como imagen de mujer. 

Iona:  ¿Y no creéis que a las chicas bisexuales o lesbianas les resulta más fácil explicarlo en su entorno que a los chicos gais? Yo creo que, en este sentido, estamos más liberadas.

Júlia: A mí me costó exponer mi sexualidad. Pero cuando llegué a Barcelona a estudiar Bachillerato Escénico dije que era bisexual y ya está. No sé, igual a los hombres les resulta más complicado por ese 'mandato' de virilidad unga unga.

María: Pues yo no lo tengo tan claro. Enseguida nos vienen nombres de gais conocidos. ¿Y de lesbianas? Muchas menos, ¿verdad? Igual eso es el reflejo de que cuesta más salir.

«Los cánones de belleza hacen que te acabes odiando»

¿Cómo lleváis el tango con los mandatos estéticos?

Emma: Los identificamos y cuestionamos, pero no cumplirlos cuesta. Vivimos en una contradicción constante.

Iona: Y luego están las 'influencers',  con sus vida y sus cuerpos perfectos. Influyen mucho en las más jóvenes. Te puedes llegar a comer mucho la olla y acabar odiándote a ti misma y avergonzándote de tu cuerpo.

"A mí me cuesta mucho luchar contra los cánones estéticos, es algo con lo que combato cada día", admite Júlia Feixas

Rubia:  Los cánones son muy distintos en oriente. Allí se está muy obsesionado con el color blanco de la piel. Desde niñas, se empiezan a poner mascarillas de cúrcuma para blanquear el cutis. Incluso es un aspecto, el de la blanquitud, que se detalla en  los matrimonios pactados, junto con los ingresos, los estudios y la edad.

Júlia: A mí me cuesta mucho luchar contra los cánones. Es algo que debo trabajar. Cuando estoy con una chica, todo esto no me importa, me siento libre, más cómoda. Pero cuando quedo con un chico, de golpe se me gira la cabeza y empiezo a pensar que debo adelgazar, depilarme y estar perfecta. Entonces me digo: «Ostras, Júlia, deja de hacerlo». Es algo con lo que combato cada día. Y me da rabia.

María: Yo cuando estoy con una chica y veo que va sin depilar ¡incluso me da un subidón!

«Hay muchos chicos que no se quieren poner en el tema» 

¿Y cómo están viviendo estos cambios en la bancada masculina?

Júlia: Muchos chicos de mi entorno se están empezando a abrir y a cuestionar cosas.Preguntan. Se informan. Tienen claro que la transformación también va con ellos, y es algo necesario, porque si no acabaremos chocándonos contra un muro.

"A veces queda muy bien decir: 'Oh, el feminismo es una mierda' entre el grupo de amigos machotes", apunca Emma Adam

Emma: Pues nosotras, por ejemplo, colgamos en el instituto un cartel que decía «Apreneu a tocar el clítoris» y apenas duró una hora. Muchos se hacían los superofendidos. Lo recuperamos de la basura, volvimos a ponerlo y duró ¡media hora! Llegan incluso a decirte: «¿Y cuándo es el día del hombre?». ¡Se sienten insultados! No se quieren poner en el tema. También a veces queda muy bien decir «Oh, el feminismo es una mierda» entre el grupo de amigos machotes.

María: Yo creo que hay hombres que tienen la misma conciencia de deconstruirse que nosotras y otros que son palabrería, que lo hacen para ligar. Y luego están los que empiezan con el yo: «Yo no lo hago», «yo también sufro». Es que no va de ti, lo que tú hagas da igual. Es una cuestión colectiva. Veo muchísimo egocentrismo, muchísimo narcisismo.

«Queremos realidades vivibles para todos» 

Y a todo esto, ¿qué esperáis del futuro?

Rubia: A mí me gustaría dejar una huella positiva como mujer. Pero, de momento, también agradecería que me dejaran de explicar más las cosas, pensando que igual no las entiendo por ser de fuera. Siento que a veces se me infantiliza por ser inmigrante.

"A veces siento que se se me infantiliza por ser racializada, que se me explican más las cosas", critica Rubia Naz

Emma: Es que una transformación no es justa si no es feminista, pero también antirracista, de clase, climática... Estamos en un momento en que se están haciendo presentes los desastres que la humanidad ha ido creando, y  te pueden las ganas de cambiarlo todo.

Júlia: Yo siento un poco de miedo, pero no estoy cagada. No es un miedo de los que te deja atrás.

María: Es cierto que si piensas en el futuro te vienes abajo, de ahí ese «vive el presente» tan extendido. Aun así, a mí me gustaría que las generaciones futuras accedieran a un mundo mejor que el que nos hemos encontrado nosotros, con realidades vivibles para todo el mundo, que dice una profesora mía. Igual no lo logramos –es evidente que las fuerzas reaccionarias se están rearmando como reacción, y que los derechos, tal como vienen, también se pueden ir–. Pero si eso pasa, que no sea porque nos hayamos quedado en el sofá. Quiero haber peleado y haberlo intentado. Yo sin eso no me quiero ir.