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La política es un desgobierno

La irrupción de nuevos partidos, el crecimiento de los discursos populistas y la fragmentación del voto conduce a los parlamentos europeos al bloqueo.

Juan Fernández

Después de medio año de negociaciones, el miércoles Angela Merkel logró al fin formar un nuevo Ejecutivo de coalición e inaugurar su cuarto mandato. Va camino de igualar el récord de Helmut Kohl, que llevó las riendas de Alemania durante 16 años –de momento, Merkel suma 13–, pero lo que ya nadie le quitará es el dudoso honor de haber sido la canciller que estuvo más tiempo en funciones en un país particularmente alérgico a la inestabilidad política.

La formación del Gobierno alemán coincide en el tiempo con los comicios italianos, que hace 15 días alumbraron el parlamento más fragmentado e ingobernable de su historia –hasta 13 partidos tendrán voz y voto en la Cámara de Diputados, aunque los antagonismos que les alejan dificultan los acuerdos–, y cuando se cumplen nueve meses desde que Theresa May perdiera la mayoría absoluta en las elecciones de junio del 2017 y se viera obligada a formar gobierno en minoría, fórmula que genera pocas simpatías en Reino Unido.

"Las nuevas formaciones sirven para gestionar la protesta, pero ni plantean soluciones factibles ni saben negociar"

Daniel Innerarity

Filósofo político

Aunque coquetearon con la idea, al menos los alemanes se han librado de tener que repetir elecciones, trance que sí vivió España en el 2016 tras fracasar, por ingobernable, el parlamento surgido de los comicios de diciembre del 2015 y convertir a Mariano Rajoy en el presidente en funciones más longevo de nuestra democracia. En Catalunya, a estas horas, los desacuerdos entre los partidos soberanistas mantienen abierta la posibilidad de repetición electoral.

En Holanda, el líder racista Geert Wilders, considerado hasta hace poco un 'outsider' de la política con más ardiles para provocar que para gobernar, estuvo a punto de ser el más votado en las elecciones celebradas hace justo un año, pero en Austria sí logró colarse en el gobierno el partido de ultraderecha FPÖ tras los comicios del pasado 15 de octubre. Dos semanas más tarde, Islandia sacó de las urnas el parlamento más variopinto de su historia: hasta ocho partidos obtuvieron escaño, en un país de 250.000 habitantes.

Un paisaje inimaginable

Como si una corriente sísmica hubiera sacudido Europa, el paisaje político del continente presenta en el 2018 un grado de combustión que habría resultado inimaginable hace apenas una década. Parlamentos tradicionalmente estables muestran de pronto un fraccionamiento inaudito; partidos surgidos de la nada se erigen en opciones de gobierno a las primeras de cambio; formaciones de perfil populista con vocación antisistema e implantación marginal reúnen de repente tantos apoyos que logran bloquear la formación de gobiernos enteros. Las mayorías absolutas sucesivas y el bipartidismo, otrora patrón oro de la vida política de los estados europeos, hoy parecen marcas de un tiempo lejano con poca pinta de poder regresar.

"El político ha perdido la 'autoritas' que tenía en el pasado y el votante ha dejado de ser fiel al partido de toda la vida"

Fernando Vallespín

Politólogo

"Y que no regresarán. Debemos ir acostumbrándonos a este panorama inestable de parlamentos fragmentados, dificultades para formar gobiernos y partidos que nacen y mueren con rapidez. La política se ha acelerado, y esto ha llegado para quedarse", pronostica el politólogo Pablo Simón. ¿La crisis económica ha desembocado en una crisis del modelo democrático y de gobernabilidad en Europa? "No, la democracia no está en crisis. Lo que está en crisis es el sistema tradicional de partidos, que ha saltado por los aires tras la pérdida de confianza de la ciudadanía. Se acabó la fidelidad a las siglas de toda la vida. La gente prefiere apoyar a una formación antisistema o a un líder nuevo y desconocido antes que volver a votar a los viejos partidos”, interpreta el politólogo Fernando Vallespín.

"La gente es hoy tan de izquierdas y de derechas como antes, pero ahora tiene más dónde elegir. Ha cambiado la oferta, no los votantes"

Adolf Tobeña

Psiquiatra experto en psicología social

Si el Partido Verde alemán necesitó varias décadas de resultados frustrantes en los comicios para llegar a pisar las moquetas del poder, al Movimiento 5 Estrellas italiano le han bastado nueve años y dos elecciones generales para convertirse en la formación más votada en su país. Si hasta ahora los partidos nacidos en la Transición española se habían mantenido intratables en las urnas, Ciudadanos ha necesitado 11 años de existencia para reunir más papeletas que nadie en las últimas elecciones catalanas y acaparar ahora mismo las simpatías mayoritarias en las encuestas en toda España.

Crisis de autoridad

Tras esta volatilidad, los que se dedican a desentrañar la señales demoscópicas apuntan a un cambio de paradigma en el sistema de representación política y también a un acusado malestar anímico instalado entre la población. "El político ha perdido la 'autoritas' que tenía en el pasado. 'Representar' significa 'hablar en nombre del ausente' y ahora la gente se siente más presente que nunca. La distancia con el líder, con el que incluso puede interactuar en las redes sociales, se ha reducido, y esto ha afectado al respeto que le profesaba en el pasado, facilitando la infidelidad a la hora de votar”, explica Vallespín.

"Los nuevos partidos tienen las redes sociales, no necesitan a los viejos medios para llegar a sus votantes"

Pablo Simón

Politólogo

El nuevo reparto de cartas tiene más efectos: "Los partidos de reciente creación no necesitan a los medios de comunicación tradicionales, que hoy están en crisis, para llegar a sus potenciales votantes, porque ahora se comunican con ellos por las redes sociales. Fundar un partido y ganar adeptos nunca fue tan fácil como ahora", advierte Simón.

Que la distancia entre gobernantes y gobernados se acorte debería ser saludado como una buena noticia, pero que el sentir generalizado de estos últimos sea de descontento, cuando no de cabreo, ya invita menos al optimismo. "Las encuestas, al menos en Catalunya y en el conjunto de España, revelan insatisfacción, enfado y lo más preocupante: un profundo resentimiento. Ahora la gente no se decanta por un partido para que gane, sino buscando que pierda el contrario. Se vota por despecho, no por ilusión. Se respira un clima social raro, y esto tiene un claro reflejo en las simpatías políticas", alerta Àngels Pont, directora de la firma de estudios demoscópicos Gesop.

Patada al tablero político

El modelo elegido para salir de la crisis, marcado por una acentuación de la desigualdad y una precarización de las condiciones laborales y de vida de grandes sectores de la población, explicaría la patada que quieren darle los electores al tablero político. "Por primera vez en la historia, una recuperación económica no está suponiendo una mejora de los salarios y del empleo. La subida del PIB no está trayendo progreso social, y esto genera malhumor, irritación y rencor entre la gente", interpreta el economista Antón Costas. "Y ese descontento, que antiguamente podía ir a la abstención, ahora opta por nuevas propuestas políticas que de pronto se les presentan", añade Pont.

"La recuperación económica no está trayendo progreso social, y eso genera un malestar que se expresa en la calle y las urnas"

Antón Costas

Economista

Parece haber calado la idea de que hoy se vota más con las tripas que con la cabeza, pero la psicología social desmiente este principio. "Las emociones, tanto las positivas como las negativas, cuentan a la hora de elegir una siglas, pero también cuentan los intereses, las expectativas y los cálculos que se hace el votante. La única novedad es que ahora hay más opciones donde elegir, pero no ha cambiado el votante, solo ha cambiado la oferta, que hoy es más variada", apunta el psiquiatra Alfons Tobeña.

Su último libro, titulado 'Neuropolítica', lleva dibujados en la portada dos cerebros, uno de izquierdas, asociado a términos como "igualdad, rebeldía, fraternidad", y otro de derechas, identificado con los conceptos "jerarquía, orden, individuo". ¿Es posible hablar en esos términos ante un panorama político tan fraccionado y efervescente como el actual? "Hoy la gente no es más de izquierdas ni de derechas que antes. Los estudios de laboratorio demuestran que esas inclinaciones tienen que ver con la personalidad y no suelen cambiar. Lo novedoso es que ahora estamos expuestos a nuevas realidades, como la postverdad. Está comprobado que la mentira causa más atracción que la verdad, y unas cuantas mentiras bien presentadas pueden acabar inclinando un resultado electoral", aclara el psiquiatra.

Mandar o prometer

A mayor sofisticación de la sociedad, mayor dificultad para interpretar sus intenciones. "Al clásico eje izquierda-derecha, ahora hemos de añadir otro: el que distingue a los partidos con vocación de gobierno de los que irrumpen haciendo promesas sabiendo que no las tendrán que cumplir porque nunca van a mandar", explica el catedrático de filosofía política Daniel Inneranity, quien pone como ejemplos de esta nueva figura política al UKIP, el partido nacionalista británico que alentó el sí al 'brexit' sobre postulados que luego reconoció como falsos, o el partido ultra alemán AfD, que propone medidas xenófobas que chocan con los principios democráticos de la Unión Europea.

Y es que este es, al final, el mayor reto que presenta el nuevo escenario político en términos de gobernabilidad: "Las nuevas formaciones sirven para gestionar la protesta que hay en la sociedad, pero no plantean soluciones factibles para arreglar los problemas de la gente. Ni tienen cultura de la transacción, porque manejan principios absolutos, ni es posible negociar con ellos. ¿Quién se sienta a pactar con el Movimiento 5 Estrellas italiano, que pide cosas tan dispares como las que lleva en su programa?", plantea el filósofo vasco.

"Hay resentimiento, la gente vota por despecho, no con ilusión. No busca que gane su partido, sino que pierda el contrario"

Àngels Pont

Experta en demoscopia

Habrá que atender, pues, a los problemas que subyacen en el disenso que expresan los resultados electorales. "Hay que volver a reconciliar el capitalismo con el progreso social mediante políticas de redistribución de la riqueza que reduzcan la desigualdad. Tanto los gobernantes como los CEO’s de las grandes empresas deberían incorporar la sostenibilidad social a sus objetivos económicos. Si no, el malestar seguirá creciendo y continuará expresándose en las urnas y en la calle", advierte Antón Costas.

La alternativa, sugerida entre dientes por todos los expertos como quien mienta al diablo, apunta en un único sentido: el populismo y la involución democrática. "Lo peor que nos puede pasar es que ese enfado social lo aproveche un 'hombre fuerte' que llegue prometiendo soluciones fáciles y acabe poniendo en peligro nuestras libertades. En Estados Unidos, Trump tiene contrapesos que le frenan, pero en Europa no. En Hungría y Polonia ya estamos viendo síntomas preocupantes", advierte Pablo Simón.

Las democracias europeas se enfrentan al reto de sobrevivir a sus propias contradicciones.

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