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Quién fuera las yemas de los dedos de Warren Beatty

Ramón de España

Su identidad ha tardado unos pocos días en conocerse, pero ahora ya sabemos que el responsable de la gran metedura de pata de la ceremonia de los Oscar de este año se llama Brian Cullinan y trabaja -o trabajaba, pues parece que su destino aún no está del todo claro- para la consultora PwC (Pricewaterhouse Coopers), que lleva la friolera de 80 años controlando todo el tinglado de los premios de la Academia de Hollywood para que todo salga como es debido. Lo que no ocurrió este año, cuando el señor Cullinan -al que se acusa de pasarse la noche tuiteando y de no estar por lo que tenía que estar- le pasó el sobre equivocado al provecto seductor Warren Beatty, que es quien tuvo que tragarse el marrón en directo. Sea cual sea el destino profesional del señor Cullinan, esto no se le hace a una leyenda de Hollywood.

Una leyenda, todo hay que decirlo, un pelín especial, ya que el señor Beatty (Richmond, Virginia, 1937) es más admirado por su profusa y variada vida sentimental que por las películas que ha protagonizado y dirigido. De él llegó a decir Woody Allen que le gustaría reencarnarse en las yemas de sus dedos, y no es de extrañar, pues por las manos del hermano de la gran Shirley McLaine -de la rama mística de la familia, como demuestran sus epifanías durante el Camino de Santiago, convenientemente recogidas en un libro que se vendió la mar de bien- ha pasado un material de primera y hasta de segunda, pero en una gran cantidad: hubo quien contabilizó sus conquistas en 12.000, una cifra a todas luces impresionante y que tal vez explique el hecho de que en más de 50 años de carrera solo ha rodado -como actor, director y ambas cosas a la vez- unas 20 películas, lo que lo sitúa más cerca de Leonard Cohen, que no se mató grabando discos, que de Georges Simenon, cuyo falderismo galopante no le impidió escribir más de 200 novelas, entre las del comisario Maigret, que se pulía en una semana, y las llamadas psicológicas, a las que dedicaba dos.

DEBUTÓ CON ELIA KAZAN

Warren Beatty entró en el cine por la puerta grande, protagonizando 'Esplendor en la hierba', de Elia Kazan, en 1961, y triunfando por todo lo grande en 1967 con 'Bonnie & Clyde', de Arthur Penn. Dos grandes películas, sí, ¿pero contribuyó especialmente nuestro hombre a su grandeza? Yo diría que no demasiado, pero es que a mí el señor Beatty siempre me ha parecido un actor correcto que jamás ha ofrecido una interpretación memorable. En esta vida no hay tiempo para todo y nuestras prioridades marcan el destino que nos espera: todo parece indicar que beneficiarse a 12.000 mujeres te quita tiempo para convertirte en un genio de lo tuyo. Para eso hay que ser un poco más selectivo -véase el caso de Sinatra- y no puede ser -o sí, quién sabe- que te dé lo mismo Diane Keaton que CherMaria Callas que Daryl Hannah o Brigitte Bardot que Jane Fonda. Todos le envidiamos, incluyendo a Woody Allen, pero, aunque solo sea por rencor, no le incluimos en la lista de actores preferidos ni que nos maten.

RETIRADO DE LA SEDUCCIÓN

Como director, por lo menos, es responsable de una película magnífica, 'Bulworth' (1998), sátira tronchante de la política norteamericana que pasó bastante desapercibida, tal vez porque, pese a proceder de Hollywood, tenía una carga revulsiva y transgresora muy notable (es un caso parecido a 'Ciudadano Bob Roberts', de Tim Robbins, o 'Idiocracy', de Mike Judge). Ni 'El cielo puede esperar' (1978) ni 'Rojos' (1981) tenían excesivo interés, aunque podrían considerarse obras maestras en comparación con su adaptación del cómic de Chester Gould 'Dick Tracy', una película tonta no, lo siguiente, pero que le permitió conocer a Madonna e incluirla en la lista de las 12.000.

El actor es más
admirado por 
su profusa vida 
sentimental que 
por sus películas

Nuestro hombre lleva retirado de la seducción compulsiva desde 1992, cuando se casó con la actriz Annette Bening. Tienen cuatro hijos y el mayor ha sido una fuente de problemas y disgustos para el amigo Warren: nació como Kathlyn Elizabeth Beatty el mismo año en que se casaron sus padres, pero ahora se llama Stephen Ira Beatty y es un feroz activista transgénero -se las tuvo con Chas, el hijo trans de Cher- al que el gran seductor intenta entender, pero parece que no con mucho éxito. El hombre va para los 80 y ha tenido una vida mucho más sencilla que la de su hijo transexual: su presencia en la última ceremonia de los Oscar podría haber sido una entrañable despedida de no ser por el metepatas de Cullinan, al que, como la Academia rescinda el contrato de PwC, le auguro un futuro infernal.